¡Cuando llegué a la sección de visas, válgame dios!

Todo empieza con el deseo inocuo de viajar a Estados Unidos. Si ya tiene su pasaporte, bien, ya tiene la primera mitad que es fácil, donde todo es risa y diversión.

Viene la segunda parte, donde todo es llanto y tristeza que es sacar la visa. Esto se compone de varios pasos que sólo equipararía con el trámite para pedir el uso de material radioactivo o para pertenecer a las fuerzas armadas del Mosul y que a continuación enumero:

 Uno: hay que visitar la página de la embajada, pero yo aconsejo buscar en Google “embajada americana” “visas” y ya con eso tenemos. Si se pone uno a buscar el enlace en la página principal, puede pasar más tiempo del que gasta jugando Candy Crush, buscando el chingado enlace.
Dos: ya que encontró la página, hay que leer las instrucciones con cuidado. En caso de que no domine el idioma de Shakespeare, hay versión en español. Deben llenar la solicitud, esa no está en español, así que mejor tener a la mano el Google Translate, o se corre el riesgo de declarar que es traficante de blancas.
También tengan el pasaporte a la mano (o al menos el número) porque lo piden y no se pueden saltar secciones.
Tres: Ya que llenó la solicitud y declaró que usted no es terrorista, no ha participado en tráfico de personas, armas y/o drogas, ya puede pasar a la página donde se hacen las citas (porque son dos). Deben pagar el moche de 2, 400 pesos y hacer las dos citas (la de las huellas en un lugar llamado CAS y la entrevista con el cónsul).

 ¿Llegó a este punto? Felicidades, viene lo peor: ahora debe presentarse a la entrevista con el cónsul, que es, prácticamente, una ruleta rusa. Hay como diez mil mitos sobre los documentos que hay que llevar, y otros diez mil sobre cómo es la entrada a las oficinas. La verdad es que todo es muy sencillo:

  •  Lleguen 15 minutos antes de la entrevista, no media hora, ni una hora, ni cinco minutos antes.
  • Llegará el coordinador y pedirá los papeles. Lo único que hay que presentar es el pasaporte y la hojita que parece que tiene una credencial con un código de barras y que le sellan a uno en el CAS. Solamente y nada más.
  • Van a pasar a un túnel con una paquetería como la del supermercado. Ahí quitan celulares, perfumes, antibacteriales, memorias USB, tarjetas de memoria, cargadores, etcétera. Les dan su pase para recogerlos a la salida y listo.
  • Pasarán por un cuarto que parece filtro de aeropuerto. Dejen su bolso y chamarra en la charolita de plástico y listo. (Mejor no lleven mochila porque esa sí se las van a retener en la entrada).
  • Ahora deben pasar a una mesita con una señorita que depende de la hora puede ser sonriente o no. Validará los mismos papeles que les pidieron en la entrada. (Dejen en paz ese fólder). Les dirá en qué fila deben sentarse para esperar a que la marrana ponga.

 ¡Viene la parte intensa! Después del mucho (o poco) tiempo que esperen, les asignarán una ventanilla para ver al cónsul. Así es, una ventanilla como del banco (para los que creían que era una oficinita en la que pacientemente interrogan a uno).

En este punto quiero hacer una acotación: aunque suene horrible, la máxima “como te ven, te tratan” se aplica más que nunca. Al cónsul no le va a interesar todo lo trabajador que sea, buena gente u honesto; lo primero (y casi único) que verá es lo que trae puesto.
Neta vayan bien vestidos, como si fueran a ver a su padrino.

 Llegan las preguntas y donde viene la ruleta rusa, porque las dudas dependerán del humor en que esté el cónsul, del calor, del mes, de la hora, de si ya se quiere ir, de si lo agarró el tráfico y llegó emputado, de si tiene diarrea… O sea, es COMPLETAMENTE impredecible.
Eso sí, lleven todos los papeles que constaten que no se quiere ir a trabajar a la pizca de algodón y que tiene intensión de regresar a México. Si les hace sentir más seguros llevar acta de nacimiento, papeles de la escuela, título profesional y cartilla de vacunación, llévenlo. Puede que se los pidan, puede que no.

 A mí, la verdad, me fue la mar de bien. Traté de pensar que era como hacer cualquier otro trámite y que todo saldría bien (aunque tenía taquicardia y una alberca en las axilas). Me la aprobaron y salí bailando chachachá hasta casa de mi hermana.
Escribo esto porque espero que alguien lo lea y se salve de todas las contrariedades que pasé por nerviosa. Chance se los cuento otro día.

O no 🙂

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Historias tinderescas de la vida real

Hay una realidad muy fea a la que el segmento de los adultos jóvenes que llevamos una vida laboralmente ajetreada, nos enfrentamos: no tenemos tiempo de conocer a nadie, dígase, para llevar una relación amistosa que trascienda y se convierta en noviazgo o lo que sea.

Por eso, alguien con suficiente cerebro, que seguramente también era un forever alone, tuvo la suficiente paciencia para inventar una aplicación en la que el soltero adicto al trabajo común y corriente, pudiera registrarse (a través de su Facebook, ¡vean la practicidad!) y seleccionar las fotos de quién te gusta y quién no. Si a la persona que le diste like también te dio like, entonces se abre un chat para que puedan contarse la vida (o las pecas de la espalda, según lo requiera la situación).

Si están en la mismas pinchitas circustancias que yo, entonces saben que estoy hablando del Tinder.
Sí señores, caí en sus garras 😦

Mientras que mi hermana lo ve con recelo, mi prima me dice que eso es para forever alone (hellouuu!!) y mis amigos dicen que es buena oportunidad, yo lo veo como una forma de tentar al destino. No creo que vaya a encontrar al amor de mi vida ni mucho menos, (pensar de esa forma sería demasiado candoroso) pero he sido testigo de relaciones, ahora estables y exitosas, que no pudieron haberse dado nunca si no fuera por los internets (yo misma estuve en una, nada afortunada como otras, pero tan fue importante que duró tres años de dolor-amor).

Pero bueno, no soy nueva en esta cuestión, he descargado esta pinche aplicación tres veces:

Intento 1: después de varios matches, me interesé en uno en específico. Platicábamos mucho y la verdad, teníamos chingos de cosas en común. Incluso teníamos trabajos similares y hasta gente que ambos conocíamos del medio. Tanta fue la “química virtual” (porque una cosa es la química virtual y otra la química en persona) que decidimos que no había razones para no conocernos en persona.

Y ahí voy a conocer a un desconocido. No estuvo mal, me divertí, pero la verdad es que la famosa chispa no trascendió a la realidad. Y tampoco ayudó que ese coolness que el muchacho en cuestión tenía en la “virtualidad” no la tenía en la realidad (era bastante tímido).

Me sentí mal, pero no volvimos a salir, a pesar de que sí se dio la posibilidad de repetirlo. No había química, ni siquiera amistosa.

Intento 2: creo que gran parte de la falla de este intento, es que la piedra angular de esta aplicación, o sea, el chat que se abre cuando hay un match, es bastante chafa. A veces tenía una buena plática con algún tipo y se arruinaba porque los mensajes llegaban dos días después. No salí con nadie de ese intento, me desesperé y la desinstalé.  La moraleja de esta ocasión, es que si te interesa la persona, de inmediato hay que trasladarse al whatsapp, no hay pierde ahí; además tiene otro acierto importante: en la foto que normalmente está ahí, (que es como la de diario, no la de impresionar) se puede comprobar si las fotos de Tinder mienten (en mi experiencia, un 70% de las veces).

Recuerden, si el vato (o vata, según la preferencia) les gusta en esa foto, es como 50 por ciento probable que les guste en la vida real (aunque claro, hay sus deshonrosas excepciones).

Intento N: A veces Tinder me da flojera y borro mi cuenta y desinstalo todo. A veces me aburro y la vuelvo a instalar. La verdad es que no he tenido amistades o relaciones tan importantes a raíz de esta app, salvo una quizá que sí me interesaba mucho y a la que, por primera vez en todo el tiempo que he usado esta coshina aplicación como que le empezaba a ver futuro.

Pero como nada es infalible y yo no entiendo a la gente, el vato en cuestión se desapareció. Digo, atrás hay toda una historia que sería demasiado balconeo contar aquí, pero la verdad es que me gustaba mucho y creo que en mi afán de no hacerla de pedo, la hice mucho de pedo y pues meh, se esfumó.

Sólo diré que si ese individuo que se dedica al mundo de la música todavía quiere salir o algo, sería más que lindo tomar un café y escuchar Radiohead 🙂

 

Capítulo 7 (¡y final!): Madrid, en México se piensa demasiado en ti

¿Creían que se me había olvidado que dejé (¡hace un año!) pendiente el último capítulo del viaje a Europa? ¡Pues se equivocan! (y hasta yo misma estoy sorprendida).

Haré copy-paste de lo último que escribí y que pueden rememorar en el post “París era una fiesta”.

Y en el siguiente (y último) episodio…
Regresamos a Madrid para la última parada antes de regresar a México, conocemos a unos tíos muy guay, vamos al Museo del Prado y al Reina Sofía (¡de a grapa!) y una gitana intenta estafarnos en el Chapultepec madrileño 😦

Pues así. Llegamos a Barajas, un poco tristes de que ya se nos estaba acabando el veinte, pero igual contentas de conocer Madrid. Puedo decir que es una ciudad muy bonita, al estilo de la Ciudad de México. El tráfico normalazo, como el de aquí. El metro igual de lleno, caro pero eficiente. La gente es neuroticona, pero como la de México, o sea, anda uno con mala cara, pero si le preguntan algo, de inmediato ponen sonrisa, le dicen a uno lo que necesita saber y vuelven a poner su cara de malhumor al irse.

Realmente nosotras estuvimos muy pocos días como para dar un juicio, pero hice los mismos recorridos que podría haber hecho en México: fuimos a “El Rastro”, un tianguis de pulgas (y allá le dicen “mercadillo”) que es exactamente igual a La Lagunilla pero sin las caguamas con gomitas y chile piquín; los museos, el Parque del Retiro que es como Chapultepec… Digo, lo disfruté mucho, pero dados los lazos de hermandad e historia compartida, la Ciudad de México es como una extensión de Madrid, nomás que allá te hablan golpeado aunque no estén enojados.2013-09-21 14.27.53Nos hospedamos en el hostal de Alberto, un argentino guapetón como de 40 años que gastaba su tiempo en abrir hostales cuando se aburría del lugar donde estaba. En lugar de mudarse y buscar trabajo, se mudaba, conseguía un departamento muy grande y lo volvía hostal. Buena estrategia.
Ahí conocimos a los parroquianos  del lugar: dos chavitos catalanes que no tenían casa y mientras encontraban “piso” vivían ahí, un chicano de Texas cuya mamá era mexicana, un gringo de NY y una italiana flaquita con la que fuimos al Rastro. Fue la primera vez en todo el viaje que convivimos con otras personas y nos fue muy bien; al ser todos extranjeros, como que caes en una sociedad en la que todos se ayudan y se protegen.

Este lugar en cuestión estaba en la calle de la Montera, a una cuadra de la plaza Puerta del Sol. No había pierde para llegar, pero nuestro cansancio era tanto que confundimos todo y en lugar de buscar el Hostal San Juan, cuyo dueño se llamaba Alberto, buscamos la calle San Juan del hostal Príncipe Alberto, o alguna pendejada así.
Después de una llamada al hostal todo quedó claro y llegamos dos horas después.

En Puerta del Sol, que es básicamente como el centro histórico, todo quedaba muy cerquita: los museos, los restaurantes buenos, los parques, el Palacio Real… todo. Tanto así que no tuvimos la necesidad de subirnos otra vez al metro (y qué bueno, porque está muy caro). Así que caminamos y caminamos durante dos días.

Como estuvimos ahí el fin de semana, corrimos con la suerte de que esos días los museos son gratis a partir de cierta hora. Y para el turista mochilero, es un parote porque las entradas son caras.
Así entramos al Museo del Prado, cuya entrada es libre a partir de las 5, lo que te da como una hora y media efectiva para ver un lugar que se recorre en 4. Ahí lo más práctico es sólo ver las obras maestras: los Goya, echarle un ojo a La meninas… recorrerlo rápido pero efectivo.

En el Reina Sofía hay más chance porque a partir de las 3pm es gratis, y cierran a las 7. Entonces da tiempo perfecto de admirar con calma los Dalí, los Miró, los Picasso y por supuesto, sentarse a reposar mientras le ve uno todos los detalles al Guernica, que es un cuadro grandísimo y sumamente emocional.

Después eso, sólo queda caminar toda la Gran Vía y al final se encuentra uno con La Puerta de Alcalá (que efectivamente, está ahí viendo pasar el tiempo). Ir al Retiro a echarse un rato y POR FAVOR, no le den cuerda a las pinches gitanas.
No tengo nada en contra de ellas, pero sí estoy en contra de que le quieran bajar su dinero a los turistas que, casi siempre, llevan presupuesto limitado. Si van a este bonito lugar, lo mejor es entrar con bajo perfil, como si supieran a dónde van, y no como si acabaran de entrar a la fábrica de Willy Wonka, o sea, desparramando la vista con cara de “qué bonito es todoooo”.

Nosotras íbamos como turistas idiotas y nos interceptó una gitana a la que yo intenté evadir, no así Lucía, a la que le brillaron los ojos cuando la gitana le dijo que casi casi se iba a sacar la lotería. Cuando terminó su numerito nos quería cobrar 20 euros, ¡O SEA 20 EUROS! Yo me puse perra y le dije que si quería, le daba 5. Aceptó de mala gana y nos “regaló” unos ramitos de romero, que yo tan supersticiosa que soy, dejé en el parque no sin antes limpiarme y pedirle a mis santos que me protegieran de la maldad. Horror.
Después de eso, no echamos un rato en el pasto y comimos chicharrones de harina sin salsa Valentina 😦

Hablando de comida, en España yo comí de maravilla, tanto en Barcelona como en Madrid. Si algo tienen los españoles, y con lo que personalmente me siento conectada gracias a mi abuela Leona, es su deliciosa gastronomía. Acá encontramos varios lugares que tenían muy buena comida: callitos a la madrileña, empanadas gallegas, paella, fabada, vino, cañas… de todo. Para mí, España es un lugar safe en cuanto a comida, no hay nada que no me guste o que no haya probado, y es comida que siempre me hace sentir como en casa ❤

Dos días en Madrid y teníamos que regresar a casa. Extrañábamos los tacos, el pozole, las tlayudas y todos los antojitos mexicanos que se nos cruzaban por la mente. Al final nuestro vuelo se retrasó como cinco horas y tuvimos que comer de malas y rápido en el aeropuerto. Pero me dio tiempo de traerme las más increíbles revistas de modas que haya visto.

Diez horas después pudimos decir: ya llegué, mi México.

Mi cuerpo no le queda a Inditex

Y eso me frustra.

Es hora de aceptarlo: me gusta mucho la ropa, me gusta mucho comprar ropa y me gusta comprar ropa en Inditex. Soy parte de la base de la pirámide que hizo al señor Inditex, el hombre más rico del mundo.

También tengo mi parte banal y bobalicona, pues qué se le va a hacer.

Bueh, y pues eso me lleva al problema que últimamente me está friendo el cerebro: mi cuerpo ya no cabe en la ropa que Don Inditex hace.

La historia está así: en 2014 yo solía pesar 72 kilos, es decir que estaba pasada con 10 kilos y como mis caderas no mentían, era talla 11. Un día dije: “no quiero ser gorda” (con el puño alzado al cielo) y me puse a dieta en lo que fueron los seis meses más largos de mi vida.

Por fin lo logré y llegué a la talla 7 (que no usaba desde mis anoréxicos tiempos preparatorianos). Y así me mantuve hasta que, con el estrés y frustración que tenía en el otro trabajo, a eso súmenle la llegada de la maldita Navidad y el cambio de rutina con mi nuevo trabajo, empecé a subir y subir como la princesa Beatriz (ignoro si hay una princesa Beatriz gorda, pero rima bien). No estoy en la antigua talla 11, pero sí tuve que bajar del clóset los pantalones talla 9.

Y así es como recupero el título de esta entrada: mi cuerpo no le queda a Inditex. ¿Por qué lo digo? Pues resulta que en la bonita época de compras, por supuesto que la talla M y la S que solía usar, ya no me quedaba.

Vestidos, playeras, chamarras, pantalones, todo de la L para arriba. OK, lo acepto, tengo unos kilos de más. PERO resulta que recién me di cuenta de algo en la tienda competencia Forever 21.

Como gorda física y mental, empecé a buscar puras tallas L, ya ni me fijo en la M para no frustrarme más. Hace poco fui de compras a la tienda del bolsita amarilla y vi un vestido realmente encantador. Chin, no tenían talla L, así que la vendedora me ofreció la M. Como no la quise desairar (y también por los aires de esperanza) le acepté la mediana.

Cuál fue mi sorpresa que el vestido me quedó perfecto. 

Después, haciendo memoria, me di cuenta que gran parte de las cosas que compro en ese lugar, son talla M. Es decir, ¿los de F21 se basan en otros maniquíes para hacer su ropa? No estoy justificando mi gordura como en Doug (“yo tengo huesos anchos, yo tengo músculo grande…”) o sea, sé mi verdad, pero el hecho de que cambie radicalmente la parte de las tallas de una tienda a otra, me hace pensar que en verdad que el señor Inditex no sólo controla el mundo de la ropa Fast Fashion, también controla nuestras mentes y la percepción que tenemos sobre nuestros cuerpos.

Si eres talla grande, eres gorda, si eres mediana, pues ahí vas, gordita. Si eres chica, bien. Si eres extra chica, perfecto, te ganaste el cielo de los cuerpos perfectos.

No haré un manifiesto en el que proclamaré que jamás en toda la pinshi vida le voy a comprar a esa gentuza española descarnada, porque la neta es que está difícil, pero sí me da un poco de paz en el corazón pensar que no es que la ropa no me quede. Yo no le quedo a esa marca.

Mientras tanto, si corro con suerte y la contingencia me lo permite, me pararé a correr y ya mandé mi solicitud para que la nutrióloga me atienda con calidad de urgente. Por mera salud (física y por supuesto, mental).

Adiós Makken

Hace exactamente tres años y medio salí de un trabajo en el que no era feliz y sólo duré dos meses. Además de que me cagaba, trabajaba como loca y no tenía tiempo ni de participar en el desmadre general al que llamaban convivencia (le decía “La oficina Montessori”).

Cuando a esa agencia se le cayó la cuenta en la que trabajaba y me dieron las gracias, de inmediato conseguí entrevista en otro lugar: decían que apenas empezaba el área y necesitaban gente con urgencia.

La verdad es que no me convencía ni la zona ni el trabajo (que seguía siendo publicidad), porque mi formación y pasión, es escribir hasta sangrar el teclado. De todas formas fui a entrevista y aunque advertí que no sabía nada de publicidad, me quedé. Realmente necesitaban gente.

Y así fue como inicié esta aventura que ha durado tres años y medio y que terminará el 15 de diciembre (entre un 16 de julio, casi exacto).

En esta H. agencia (como dice mi Moyas) vi, aprendí, me enojé, enfurecí, reí hasta las lágrimas, también lloré y me enamoré mil veces de todos los guapísimos de Polanco. Tuve la oportunidad de viajar y hacer muchos sueños realidad. Hice una vida, en resumen.

Laboralmente crecí mucho. De entrar como community manager que no sabía nada de publicidad, hoy me voy como líder de equipo; aprendí a tener gente a cargo, a dar órdenes, a que no se me moviera el piso por subirme a un tabique. En Makken aprendí templanza y eso me lo voy a llevar toda la vida.

También, aunque suene a cliché, encontré una familia a la que he elegido cuidadosamente, empezando por Teté, que sin su ayuda y paciencia, me hubieran corrido a la semana. Luego se fue formando el HHH Cuartel de las feas con Yola y Moyas y más adelante, Fernanda y Alex. Y los que no son del Cuartel, pero igual amo con todo mi corazón, Raquel y Fernando.

Gracias Moy, has sido mi amigo, confidente y hermano. Nos hemos reído como idiotas, comido hasta reventar, estar tristes, llorar y levantarnos del suelo para agitar la melena y seguir de pie. Decir que te amo es muy poco.

He visto pasar muchas generaciones de makkenianos. Desde los que llegaron como fuertes promesas y en eso se quedaron (como diría Moy: estrellitas marineras hemos visto subir y estrellarse en el suelo), hasta los que llegaron sólo para cubrir la vacante y en realidad se convirtieron en grandes elementos a los que muy pronto, esta agencia les quedó chica. Cuando llegué había exactamente seis personas. Hoy es un robusto equipo de 50 personas y contando.

Vi cuentas llegar, otras irse. Tuve a mi cargo cuentas que no me gustaban y otras a las que se les veía una oportunidad. En especial, llegó una marca que he amado desde el día que Hernán y Li confiaron en mí (como pasó desde el primer día que llegué) y me dieron la oportunidad y encomienda de que la formara a mi gusto y parecer. Desde ese día la alimenté, le di forma, voz y personalidad y solita se convirtió en el gigante que hoy es Larousse latam.

Tres años he trabajado con esa marca y durante ese tiempo, ha sido una de mis mejores experiencias laborales. Agradezco profundamente al equipo de Larousse (Luis de la Peña, Montserrat Cisneros y Gerardo Guerrero) que ha confiado y acepta de buena gana casi todas las demencias que les proponemos (como: ¿qué les parece que agarramos una llama, le ponemos lentes y la volvemos culta?).

Al equipo de diseño que me soportó (Gaby, la damita Nathalie , Luis Rey de mi corazón, Melissa, Andrés y Dafnet) y que me ha seguido en las locuras que no sólo a mí se me han ocurrido, también a Fernanda, Claudia y Rodrigo, en quien dejo mi proyecto más querido y al que le he dedicado trabajo, estrés y sobre todo muchísimo amor.

Nunca pensé vivir tanto en un lugar. Cada año que pasaba ponía en Facebook alguna notita conmemorativa; este año puse una foto en la que sale gente con la que he pasado más horas que con mi propia familia. Y es que es mi otra familia: son con los que río, me enojo, les dejo de hablar y luego de un rato, volvemos a reírnos como si nada pasara (y sí, te hablo a ti cabrón, Fabiola Lara).

No diré que no tengo palabras, porque llevo más de una cuartilla, pero en mi corazón sólo guardo agradecimiento y cariño infinito por la agencia que me ha visto crecer como profesionista y persona, y que sin la formación que obtuve aquí (aprendizaje, reconocimiento, chingadazos, aplausos, frustración, regaños…)  no tendría la oportunidad que hoy, a ojos ciegos, me están brindando en otro lugar.

Neta Makken, muchas gracias.

Lo que tengo que decir sobre Déjame entrar (primera parte)

Primero debo aclarar algo: éste no es el tipo de literatura que suelo frecuentar; no me gusta la sangre, la violencia (excepto en las películas de mafiosos), los vampiros ni nada que se le parezca. No me gusta violentar mi mente, vaya. Ya tengo suficiente con ver las noticias.

PERO, en diciembre, durante la fiesta de fin de año, uno de mis compañeros de la agencia, (con el que debería platicar mucho más seguido) me contó de este libro y, la verdad, logró interesarme en la trama. Así que fui a mi segundo Gandhi de confianza más cercano y desembolsé 328 pesos más 70 de la película, versión sueca, obvio. (la verdad me pareció muy caro, pero lo valió).

Hay un par de inconsistencias libro-película, pero de eso hablaré más adelante.

El resumen rapidín para que entiendan de que hablo (en caso de que no les sea conocida) es este: Oskar, un niño de 12 años, está encabronado con la vida porque sus compañeros lo agreden brutalmente. Una tarde cualquiera conoce a Eli, una niña de su edad que es igual de rara que él. Eli vive con un individuo que presuntamente es su padre.

A la par, nos cuenta la historia de Häkan, pedófilo avergonzado de su condición y sujeto a las órdenes de su amada y la del grupo de borrachines locales: Jocke, Lacke, Virginia y Gösta.

¿Hasta aquí todo bien? Sigamos:

La trama es una cosa brutal.

Nunca había leído ninguna historia que tuviera un compendio tan agresivo y explícito de temas tabú como bullying, drogas, violencia, pedofilia y asesinatos. Posiblemente no me hubiera escandalizado tanto si la pedofilia no estuviera tan claramente descrita (aún me acuerdo y me dan nauseas). Pero al final, es una de las patas que sostienen la historia.

Es curioso, pero ante tal despliegue de horror el autor, John Ajvide Lindqvist, trata (y logra) que el lector perdone a Häkan; no lo justifica, pero de alguna forma logra la compasión antes que el odio del lector. Por el contrario, sí logra el desagrado de los acosadores de Oskar, aún cuando son explicados y justificados (es curioso como, sin importar la nacionalidad, los patrones de conducta son universales).

Lo demás, es decir, la sangre, la onda del vampiro y todo eso, salen un poquillo sobrando. Hace poco me preguntaban que si tenía mucha sangre. Contesté (y sostengo), que no es fuerte por eso, sino por las acciones que suceden alrededor.

Sí, es una historia de amor. 

Claramente, el amor es el eje de toda la actividad del mundo y también lo es aquí. Lo que hacen los personajes, de una u otra forma es motivado por algún tipo de amor, ya sea a otra persona, a la familia o, paradójicamente, a la vida. También, el amor se utiliza como arma de supervivencia, motor de lucha y  moneda de cambio.

Como diría Chente Fernández, por tu maldito amor.

El universo vampírico es cosa seria 

La figura del vampiro siempre me ha parecido que tiene un perfil psicológico muy difícil: primero porque moralmente son malos (matan personas) pero pragmáticamente, sólo tratan de sobrevivir (matan para comer, algo que, básicamente, hacemos todos los que somos omnívoros), que algunos ya después lo disfruten, como los vampiros malositos andróginos de Twilight y Lestat, pues ya es otra cosa.

Hay dos cosas que me pregunto siempre sobre este tema: si están desensibilizados ante la muerte, esto significa que no tienen sentimientos, ¿entonces cómo explican su capacidad de amar a otra persona?

y dos: ¿¡cómo jodidos tienen tanto dinero?! ¿Por qué todos los pinches vampiros son ricos?

Ya para terminar la primera parte (porque en la segunda diré mis conclusiones sobre la película), creo que este libro es muy bueno, brutal, pero brillante. En forma, el autor realmente logra impactar desde el principio ya que apela muy duro al morbo del lector. Después se suaviza, pero de principio conecta un amor-odio con el que ya no se puede soltar el libro hasta el final.

Normalmente prefiero leer primero el libro y luego ver la película; en este caso creo que lo pertinente sería hacerlo al revés. La película es una cosa que debe verse como unidad aparte. Decanta casi todo lo horrible del libro, y lo convierte en una historia macabra de amor.

Pero de eso hablaremos otro día (muy pronto).

De poetas a detectives salvajes

Cuando terminé de leer el primer capítulo de ‘Los detectives salvajes’ quise olvidarme del mundo, tomar una mochila y vivir únicamente de lo que mis textos dieran. Claro, no contaba con que los gastos no se pagan solos, que sigo ahorrando para viajar y que a veces me gusta comer y vestir bonito. Es que la vida del poeta no deja, chavos (o no siempre).

Pero justo así es como arranca la historia del joven poeta García Madero: con el abandono de los estudios y una vida “frívola” para embarcarse, más que en una corriente poética, en la tarea de autentificarse como persona y pertenecer. ¿A qué? A lo que sea.

Es importante decir que esta novela es casi autobiográfica, lo que le da más peso y morbosidad. Esto queda demostradísimo con los propios protagonistas, Arturo Belano y Ulises Lima, que están basados en el mismo Roberto Bolaño y su gran amigo, Mario Santiago Papasquiaro respectivamente. De hecho, se dice que los personajes tienen manías características de estos; por ejemplo, no es casualidad que a Ulises Lima y a Mario Santiago les gustara leer mientras se bañaban.

Así como ellos son personas “reales”, los otros real-visceralistas también. Si Wikipedia no se equivoca, en el artículo podrán ver que hay una tabla de equivalencias sobre quién es quién en la novela y en la vida real.

Hablando de la sustancia, en este caso, creo que la sociedad que describe Roberto Bolaño es totalmente visionaria, pues a pesar de estar situada en los años 70, podrán encontrar miles de coincidencias a la comunidad seudointelectual defeña (y supongo que de cualquier otro lado, los mamadores no tienen nacionalidad).

No dudo que alguien ya haya inventado la corriente humanista-cerebral (o algo así) como los real visceralistas, (que por cierto, es en realidad el movimiento del infrarrealismo, creado por los propios Bolaño y Papasquiaro).  Por otro lado, los  miembros de esta corriente no saben a ciencia cierta qué se hace, cómo debe ser el estilo de un real visceralista; aspiran a ganar premios de poesía underground reservados sólo para amigos, y la búsqueda-culto desesperado de poetas que, sólo personas selectas conocen, hace que los personajes se vuelvan tan absurdos como los poemas que escriben…

¿alguien dijo hipster?

Si bien tiene ese fastidioso estigma de “libro de culto” (lo cual hace pensar que es un chorizo complicado e ininteligible), es una trama divertida, por momentos cachonda o desenfadada; a veces ligera para leer (que no para cargar, están avisados) y otras veces demasiado compleja y agotadora. La narrativa también ayuda muchísimo, pues está dividido en tres partes: la primera y la tercera con un narrador en primera persona (el poeta García Madero contando, primero, cómo conoce a los real visceralistas, la forma en la que lo impactan y luego la huída al norte junto con la absurda búsqueda de Cesárea Tinajero).

La segunda está contada desde la perspectiva de los que conocieron a Arturo Belano y Ulises Lima, (como un retrato hablado) cosa que de alguna forma, es injusta con los protagonistas pues nunca los deja explicarse; todo el tiempo son observados, narrados y juzgados por los ojos de quienes los aman o los detestan, lo que hace que el lector tenga sentimientos encontrados todo el tiempo: a veces son odiosos, adorables, desprotegidos, tristes o incomprendidos.

(exactamente igual que Roberto Bolaño, no niego que fue un gran escritor, ¡pero qué odioso era!)

Sin duda, Los detectives salvajes no queda a deber, pero tampoco es un libro que quiera volver a leer

🙂