Lo que tengo que decir sobre Déjame entrar (primera parte)

Primero debo aclarar algo: éste no es el tipo de literatura que suelo frecuentar; no me gusta la sangre, la violencia (excepto en las películas de mafiosos), los vampiros ni nada que se le parezca. No me gusta violentar mi mente, vaya. Ya tengo suficiente con ver las noticias.

PERO, en diciembre, durante la fiesta de fin de año, uno de mis compañeros de la agencia, (con el que debería platicar mucho más seguido) me contó de este libro y, la verdad, logró interesarme en la trama. Así que fui a mi segundo Gandhi de confianza más cercano y desembolsé 328 pesos más 70 de la película, versión sueca, obvio. (la verdad me pareció muy caro, pero lo valió).

Hay un par de inconsistencias libro-película, pero de eso hablaré más adelante.

El resumen rapidín para que entiendan de que hablo (en caso de que no les sea conocida) es este: Oskar, un niño de 12 años, está encabronado con la vida porque sus compañeros lo agreden brutalmente. Una tarde cualquiera conoce a Eli, una niña de su edad que es igual de rara que él. Eli vive con un individuo que presuntamente es su padre.

A la par, nos cuenta la historia de Häkan, pedófilo avergonzado de su condición y sujeto a las órdenes de su amada y la del grupo de borrachines locales: Jocke, Lacke, Virginia y Gösta.

¿Hasta aquí todo bien? Sigamos:

La trama es una cosa brutal.

Nunca había leído ninguna historia que tuviera un compendio tan agresivo y explícito de temas tabú como bullying, drogas, violencia, pedofilia y asesinatos. Posiblemente no me hubiera escandalizado tanto si la pedofilia no estuviera tan claramente descrita (aún me acuerdo y me dan nauseas). Pero al final, es una de las patas que sostienen la historia.

Es curioso, pero ante tal despliegue de horror el autor, John Ajvide Lindqvist, trata (y logra) que el lector perdone a Häkan; no lo justifica, pero de alguna forma logra la compasión antes que el odio del lector. Por el contrario, sí logra el desagrado de los acosadores de Oskar, aún cuando son explicados y justificados (es curioso como, sin importar la nacionalidad, los patrones de conducta son universales).

Lo demás, es decir, la sangre, la onda del vampiro y todo eso, salen un poquillo sobrando. Hace poco me preguntaban que si tenía mucha sangre. Contesté (y sostengo), que no es fuerte por eso, sino por las acciones que suceden alrededor.

Sí, es una historia de amor. 

Claramente, el amor es el eje de toda la actividad del mundo y también lo es aquí. Lo que hacen los personajes, de una u otra forma es motivado por algún tipo de amor, ya sea a otra persona, a la familia o, paradójicamente, a la vida. También, el amor se utiliza como arma de supervivencia, motor de lucha y  moneda de cambio.

Como diría Chente Fernández, por tu maldito amor.

El universo vampírico es cosa seria 

La figura del vampiro siempre me ha parecido que tiene un perfil psicológico muy difícil: primero porque moralmente son malos (matan personas) pero pragmáticamente, sólo tratan de sobrevivir (matan para comer, algo que, básicamente, hacemos todos los que somos omnívoros), que algunos ya después lo disfruten, como los vampiros malositos andróginos de Twilight y Lestat, pues ya es otra cosa.

Hay dos cosas que me pregunto siempre sobre este tema: si están desensibilizados ante la muerte, esto significa que no tienen sentimientos, ¿entonces cómo explican su capacidad de amar a otra persona?

y dos: ¿¡cómo jodidos tienen tanto dinero?! ¿Por qué todos los pinches vampiros son ricos?

Ya para terminar la primera parte (porque en la segunda diré mis conclusiones sobre la película), creo que este libro es muy bueno, brutal, pero brillante. En forma, el autor realmente logra impactar desde el principio ya que apela muy duro al morbo del lector. Después se suaviza, pero de principio conecta un amor-odio con el que ya no se puede soltar el libro hasta el final.

Normalmente prefiero leer primero el libro y luego ver la película; en este caso creo que lo pertinente sería hacerlo al revés. La película es una cosa que debe verse como unidad aparte. Decanta casi todo lo horrible del libro, y lo convierte en una historia macabra de amor.

Pero de eso hablaremos otro día (muy pronto).

De poetas a detectives salvajes

Cuando terminé de leer el primer capítulo de ‘Los detectives salvajes’ quise olvidarme del mundo, tomar una mochila y vivir únicamente de lo que mis textos dieran. Claro, no contaba con que los gastos no se pagan solos, que sigo ahorrando para viajar y que a veces me gusta comer y vestir bonito. Es que la vida del poeta no deja, chavos (o no siempre).

Pero justo así es como arranca la historia del joven poeta García Madero: con el abandono de los estudios y una vida “frívola” para embarcarse, más que en una corriente poética, en la tarea de autentificarse como persona y pertenecer. ¿A qué? A lo que sea.

Es importante decir que esta novela es casi autobiográfica, lo que le da más peso y morbosidad. Esto queda demostradísimo con los propios protagonistas, Arturo Belano y Ulises Lima, que están basados en el mismo Roberto Bolaño y su gran amigo, Mario Santiago Papasquiaro respectivamente. De hecho, se dice que los personajes tienen manías características de estos; por ejemplo, no es casualidad que a Ulises Lima y a Mario Santiago les gustara leer mientras se bañaban.

Así como ellos son personas “reales”, los otros real-visceralistas también. Si Wikipedia no se equivoca, en el artículo podrán ver que hay una tabla de equivalencias sobre quién es quién en la novela y en la vida real.

Hablando de la sustancia, en este caso, creo que la sociedad que describe Roberto Bolaño es totalmente visionaria, pues a pesar de estar situada en los años 70, podrán encontrar miles de coincidencias a la comunidad seudointelectual defeña (y supongo que de cualquier otro lado, los mamadores no tienen nacionalidad).

No dudo que alguien ya haya inventado la corriente humanista-cerebral (o algo así) como los real visceralistas, (que por cierto, es en realidad el movimiento del infrarrealismo, creado por los propios Bolaño y Papasquiaro).  Por otro lado, los  miembros de esta corriente no saben a ciencia cierta qué se hace, cómo debe ser el estilo de un real visceralista; aspiran a ganar premios de poesía underground reservados sólo para amigos, y la búsqueda-culto desesperado de poetas que, sólo personas selectas conocen, hace que los personajes se vuelvan tan absurdos como los poemas que escriben…

¿alguien dijo hipster?

Si bien tiene ese fastidioso estigma de “libro de culto” (lo cual hace pensar que es un chorizo complicado e ininteligible), es una trama divertida, por momentos cachonda o desenfadada; a veces ligera para leer (que no para cargar, están avisados) y otras veces demasiado compleja y agotadora. La narrativa también ayuda muchísimo, pues está dividido en tres partes: la primera y la tercera con un narrador en primera persona (el poeta García Madero contando, primero, cómo conoce a los real visceralistas, la forma en la que lo impactan y luego la huída al norte junto con la absurda búsqueda de Cesárea Tinajero).

La segunda está contada desde la perspectiva de los que conocieron a Arturo Belano y Ulises Lima, (como un retrato hablado) cosa que de alguna forma, es injusta con los protagonistas pues nunca los deja explicarse; todo el tiempo son observados, narrados y juzgados por los ojos de quienes los aman o los detestan, lo que hace que el lector tenga sentimientos encontrados todo el tiempo: a veces son odiosos, adorables, desprotegidos, tristes o incomprendidos.

(exactamente igual que Roberto Bolaño, no niego que fue un gran escritor, ¡pero qué odioso era!)

Sin duda, Los detectives salvajes no queda a deber, pero tampoco es un libro que quiera volver a leer

🙂

Capítulo 6: París era una fiesta (parte II)

Fuimos a Versalles.

Es una tontería ir hasta París y no ir a Versalles, así que después de trazar bien la ruta, comprar víveres y taparnos bien (porque el frío estaba mortal), emprendimos la ida al bonito chateau de Luis XIV.

Primero, para llegar hasta allá hay que comprar un boleto especial. En París el sistema de tren suburbano funciona exactamente igual al de México: dependiendo de la distancia es la pedrada. Nos costó como 11 euros el boleto de ida y vuelta, así que no estuvo tan mal.

Llegamos a la estación de Saint Lazare como a las 9 am. Resulta que es una estación muy grande (como Pantitlán), sólo que ahí hacen conexión unas 6 líneas de metro más el suburbano (o tren de grandes líneas).

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¿Cómo meteré mi torta y mi frucsi?

Llegamos a Versalles  y después de caminar unos 15 minutos hasta el Palacio,  nos encontramos con la novedad de que había una pinshi fila larga para entrar (digo, después de la de la Basílica de San Pedro, ya era cosa menor). Afortunadamente avanzaba rápido, así que no la pasamos tan mal. Lo único que nos tenía nerviosas es que traíamos comida en la mochila, y al parecer es de las cosas que no están permitidas en la entrada.

Por cierto, la entrada sencilla (sólo el chateau mayor, sin contar los dominios de Maria Antonieta y el petit trianon) es bastante cara y le encajan a uno la audioguía (cuesta 18 euros). Aunque uno piensa que no, la verdad es que la mentada audioguía sí vale la pena porque hay muchas explicaciones que uno se perdería solo por codos.

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No sé por qué, siempre pensé que era un edificio blanco

Total, que en la entrada hicimos el socorrido papel de turistas tontas (el más fácil, por cierto) y nos metimos con las tortas y los frucsis en la mochila sin que nadie se diera cuenta. Punto para nosotras 🙂

Paseamos y llegamos hasta el final del lago artificial. Una cosa que marcan son los tiempos que toma llegar a cada lugar, por ejemplo: desde donde inicia la escalinata, hasta donde termina es una hora; si se quiere llegar a los dominios de María Antonieta son tres.

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Todo esto nunca será nuestro 😦

 

Al principio me pareció exagerado, pero es muy buena idea porque se corre el riesgo de agarrarse caminando como imbécil por la emoción del momento  (cuando todo es risa y diversión) y no medirle, de forma que el regreso se convierta en una tortura (cuando todo es llanto y amargura).

Hay un trenecito pero cobra como 8 euros, así que hicimos la caminata de una hora.

Total que regresamos a París a cenar y seguir paseando; ese día el karma me alcanzó porque un día antes perdí 5 euros. Me dio coraje pero pensé “ojalá que se lo encuentre alguien que lo necesite”; llegando a la estación de Versalles de regreso, me encontré 10 euros.

Con eso compré de cenar para las dos 😀

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Prohibidos los besucones

Se me olvidaba, otra de las paradas fue en el cementerio de Pere Lachaise. La verdad de ahí no tengo mucho qué decir porque llegamos tarde y se nos fue el tiempo en buscar la tumba de Oscar Wilde. Yo iba con la firma intención de besar uno de los lugares más sucios del planeta (es decir, su tumba) pero me encontré con la sorpresa de que ahora tiene un vidrio alrededor y un vigilante echando ojo 😦  Sólo pudimos tomar la presente foto.

Al otro día nos fuimos. Estuvimos cinco maravillosos días en París y no sé cómo viví tanto tiempo sin conocerlo. Sin duda, más que un check en mi lista de cosas que tengo que hacer en la vida, fue un tatuaje mental que quiero conservar por siempre.

Y en el siguiente (y último) episodio…

Regresamos a Madrid para la última parada antes de regresar a México, conocemos a unos tíos muy guay, vamos al Museo del Prado y al Reina Sofía (¡de a grapa!) y una gitana intenta estafarnos en el Chapultepec madrileño 😦

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Oh, Champs Elysees!

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El fuego eterno del Arco del Triunfo

 

 

¿Los propósitos de año nuevo, qué?

Aclaro, este post lo escribí hace como un año, así que cada párrafo tendrá su respectiva glosa con la actualización de mi situación actual.

Desde que entré al demográfico del adulto joven y abandoné el candor de la adolescencia (o sea, hace casi 10 años), me di cuenta que no tenía caso hacer propósitos de fin de año, porque al final del siguiente año, ya ni me acuerdo que fue lo que me propuse, y si lo hago, el sentimiento de frustración, culpa y enojo me invade por no haberlo logrado (de hecho, creo que eso debe ser por lo que la gente se deprime tanto en estas fechas, entre otras cosas).

Glosa: Sigo sin hacer propósitos, neta, no tiene sentido. Lo único que hice parecido, fue pensar qué cosas me gustaría hacer a los largo del año, pero de esas, creo que sólo materialicé como tres. Fueron muy buenas, pero pocas.

 Además, ¿por qué los propósitos deben ser empresas titánicas que hasta a Hércules le habría dado pereza cumplir? Ya saben: bajar de peso (mientras se atasca un fruitcake), tener el cuerpo de Madonna (otra mordida a la rosca), dejar de fumar (lo juro, esta es la última cajetilla), abandonar al novio pelmazo, tener mejor trabajo (mientras ve videos de gatitos)…

¿Por qué no pueden ser cosas pequeñas? Pequeños retos a lo largo del año, más o menos como un día a la vez. No decir: “voy a dejar de fumar”, mejor “esta semana no voy a fumar”. O, sólo por hoy haré ejercicio.

Glosa: bueno, yo no tengo novio así que no aplica. Dejé de fumar (pero lo hago cuando estoy estresada) (medio check), bajé 10 kilos (check), pero aún no tengo el cuerpo de Madonna (uncheck). Sigo en el mismo trabajo, pero creo que sí he avanzado (check).

Lo de ayer ya pasó y mañana todavía no llega, es decir, hoy es la verdadera oportunidad para hacerlo.

Ahora que lo medito, creo que ese es el verdadero problema de fondo: pensar en el futuro como una cosa deforme que no termina de llegar. Porque insistimos en dejar todo para mañana, como dirían los Babasónicos: todo lo que pueda arreglar hoy, lo dejaré para mañana…

Glosa: soy bastante procrastinadora, la verdad sigo en el entendido que el futuro es una cosa rara que me da ansiedad.

Mañana empiezo la dieta, mañana termino esa relación que me hace daño, mañana termino el trabajo, mañana sí le hablaré al tipo que me gusta, mañana le hablo al contador… Todo al baúl de la postergación infinita.

Glosa: como dije, muchas de esas cosas sí las hice, otras no, otras meh.

¿Tenemos miedo a enfrentarnos con lo que nos cuesta trabajo vencer o sólo es la pitufihueva de pensar? Creo que ambas: trabajar en las cosas que nos ponen en jaque con nuestros defectos de carácter, temores y demás cosas que nos lastiman el ego o los sentimientos y la eterna procrastinación.

Bueno, creo que ya me puse muy filosófica y yo solo quería decir que me caga hacer propósitos de año nuevo y por eso me abstengo de hacerlo. Y ya.

Glosa: Sí, da hueva pensar en eso, pero da más hueva llevar a cabo las acciones que se necesitan hacer para cambiar lo que nos molesta en la vida. Pero una vez que se vence, se siente jodidamente bien 🙂

Además, es muy difícil comer las uvas, pensar en los propósitos y a eso, agregar toda la presión de las campanadas. ¿Quién diablos inventó eso? Como si fuera tan fácil pasarse esas pinches uvas gigantes con semilla que venden para la fecha (a precio de oro, por cierto).

Solo he conocido a una persona que lo ha logrado: la novia de cierto primo que en lugar de masticarlas, se las tragó como si de aspirinas se tratara.

Fue lo máximo.

Glosa: no puedo decir quién por respeto a la actual pareja de mi primo 🙂

Esto también se llama, “A él no le gustas (tanto)”

Dedicado a mis manas del HHH Cuartel

¿Alguna vez les han pedido un consejo de amor? A mí sí, chingos. Y debo admitir que, gracias a los 6 años que pasé en terapia, sé dar consejos muy buenos. ¿Los aplico a mi vida? Obvio no (siempre).

Y es que no importa cuántos artículos de Cosmopólitan o libros de Walter Riso, Gaby Vargas y Jorge Bucay hayamos leído, cuando la situación se manifiesta en nuestras vidas, es más normal cagarla que hacer lo que dicen que debe uno de hacer.

ash.

Digo esto porque últimamente he estado metida en esas danzas. Típico:  todos los días vas a la oficina sin pelar a nadie y de repente, por alguna razón, te fijas en una persona en la que no habías reparado jamás, y empiezas a notar que se cortó el pelo, que esa playera le queda muy bien, que ese tatuaje se le ve increíble, que tiene una sonrisa que le ilumina la cara y contrasta con su seriedad… y PUM! Caíste: te gusta, y te gusta mucho.

Nunca sé qué hacer en estos casos, no tengo una estrategia, me pongo toda tonta y tímida; además el mix de emociones resultantes me choca: siento alegría de verlo y estar con él, tristeza cuando veo que no soy correspondida, angustia de no saber qué hacer y enojo por sentir todas las anteriores.

Es realmente desgastante 😦

Normalmente tengo un patrón de comportamiento en estos casos, (como podrán ver aquí y aquí) pero este es un caso especial en el que las probabilidades están complicadas (edad+ lugar en común de convivencia+conflictos sentimentales= desastre total).

Después de brincar todos los aspectos anteriores con su respectivo prejuicio, consulté con el equipo SWAT de refuerzo emocional (entiéndase como Yola, Alexz, Moy y Phersoix) y saqué de conclusión que esta vida es muy corta para andar con timideces, así que dije: ‘vamos por ese mushasho’.

Entonces iba yo muy decidida por la vida creando mi estrategia de acercamiento echaperros (y medio decepcionada porque nomás no pegaba nada de lo que hacía) y empezando a pensar en recursos idiotas como escribirle una carta, una canción, decirle directamente (y otra sarta de imbecilidades que está bien hacerlas cuando uno es adolescente, no cuando ya se está arañando la treintena) cuando, en un momento de lucidez pensé, ‘tengo 29 años, debería ser más inteligente’ (y en ese momento se abrió el cielo, una luz celestial bajó y sonó La marcha de Zacatecas).

Como dije en ‘Los arrepentimientos’, definitivamente es mejor hacer las cosas que uno quiere porque, aunque es una frase trillada, la vida es muy corta para gastarla entre el “no porque me da pena” y el que “qué va a decir la gente de mí”. PERO, también es cierto que la línea en el YOLO y ser un reverendo imbécil es sumamente delgada.

Esto lo digo porque después de esa bonita frase, me puse a analizar (algo que sé hacer excelente) que las apuestas no me estaban favorenciendo a mí porque 1) el individuo en cuestión tiene cuestiones del corazón que no se acaban en uno o dos meses; 2) porque en muchas ocasiones ha dicho y hecho cosas que uno normalmente no haría con alguien que le gusta, señales (no sé si conscientes o no) de que no quiere nada conmigo, más que mandarme derechito y sin escalas al friendzone, claro (y de situaciones Alejandrezcas, no quiero padecer más, muchas gracias).

Así que unilateralmente, como normalmente hago en estas ocasiones, decidí de forma madura y adulta que debería retirarme de esa contienda. Está bien ser arriesgado y luchar batallas que parecen imposibles, pero también hay que ser lo suficientemente inteligente para saber, como el General Patton, que uno no manda a las tropas a luchar cuando se sabe que van a perder deshonrosamente, porque después uno anda chillando y citando al laureado poeta chiapaneco Julión Álvarez:

…te hubieras ido antes
no creo que merezca que
mi corazón tires a la basura…

¿Conclusión? Muy simple:

“Mi derecho a vivir y experimentar situaciones y emociones, termina donde empieza mi derecho a mantener sano mi corazón, mis sentimientos y mis emociones”.

Capítulo 5: París era una fiesta (parte I)

No sé exactamente de dónde me vino la obsesión, pero desde que tenía 12 o 13 años quise conocer París. De hecho hasta tuve la loca idea de querer estudiar en La Sorbona la carrera. Digo, estaba en camino de ser un sueño realista porque hasta me metí a estudiar francés, pero las cartas estaban echadas de otra forma.

La cosa es que París ha sido MI lugar desde hace mucho. Y cuando empezó la gesta de este viaje, casi que el único motivo para viajar 11 horas a Europa era estar frente a la Torre Eiffel antes de cumplir 30; por eso quisimos dejar París casi al final, porque era como la cereza del pastel.

En todas las ciudades anteriores el clima había sido benéfico con nosotros con temperaturas de 25 a 30 grados (salvo en Sintra, donde había ventarrones fríos y fue donde me grabaron diciendo “así se conserva la gente en Pachuca” <y no, no estaba borracha>). Llegamos a París con esa idea y bajamos del avión con un suetercito miado como dice mi papá. Pues resulta que esos días estuvieron súper fríos (11-12 grados), con lluvia y viento frío. Afortunadamente traía una gabardina (que estuve maldiciendo casi todo el viaje por el espacio que ocupaba en la maleta); eso y un suéter que compré just for the lols en Barcelona, fue lo que medio me salvó.

Debo decir que París además de ser hermoso, es caro. Los hostales por cinco días nos salían aproximadamente en 500 euros para dos personas, considerando que estuvimos en lugares ‘bien’ de 20 euros la noche, así que decidimos tomar la vía fácil: pedir asilo pagado.

Empezamos a mover las redes sociales desde días antes para que si alguien conocía a alguien que viviera en París y le quisiera rentar cuarto a dos muchachillas, nos contactara. Afortunadamente pegó, y los primeros dos días, Iván y Tanya, amigos de nuestra amiga Alma, amablemente nos asilaron en su casa, mientras que Martha, amiga de una amiga de mi hermana, podía hospedarnos los demás días. Es decir, nos quedamos con puros mexicanos 🙂

El hogar de Iván y Tanya está en Montmartre (¡donde vivía Amelie!). Después de tomar el bus, el metro y caminar, llegamos a un típico edificio parisino. Mientras comíamos unos panecitos de naranja con chocolate, nuestros anfitriones nos explicaron como estaban los usos y costumbres parisinos, que son, básicamente, cuidar de no tocar a nadie en el metro porque los franceses son súper mamones con eso.

Salimos aún con la lluvia (ni modo que nos detuviera esa pequeñez) y tomamos un bus. Me puse un poco nerviosa porque cuando nos sentamos, un tipo empezó a hablar y a señalarse la pierna; por lo que entendí, nos estaba avisando que estaba lastimado y no quería que lo tocáramos. PFFFFF

Bajamos en el Museo de Louvre (o sea, ¡¡¡en el fucking Museo de Louvre!!!) y caminamos con lluvia y neblina. Después cruzamos el Jardín de Tullerías y llegamos a Plaza de la Concordia. Y de ahí, apenitas se alcanzaba a ver las primeras luces de la Torre Eiffel iluminada.

Fue lo más bonito que haya visto.

Caminamos sobre Champs Elysees buscando algo para comer, pero no había nada ni nadie debido al clima. Con tan poco éxito regresamos a Montmartre donde encontramos una pizzería de italianos. Sorpresa, ahí sí comimos una excelente pizza.

Al otro día salimos muy temprano a la paseadera, así que tomamos rumbo al Museo de Louvre (no entramos porque los martes no abren) y de ahí caminamos hacia Notre Dame. Es un lugar impresionante, aunque creo que es más por la historia que guarda que por la arquitectura en sí. Lo que más me gustó fue el altar que tienen de la Virgen de Guadalupe, además, está adornado con una bandera de México.

Quieran o no, sí da la nostalgia.

Salimos y dimos una vuelta por el Barrio Latino que está justo enfrente de Notre Dame. Lo más notable de ese lugar son los restaurantes, hay de todísimo: indios, griegos, mexicanos (que sólo venden burritous) y claro, franceses. No quisimos comer, pero quedamos en regresar (lo que a la larga, veremos que fue un error) así que caminamos siguiendo el rumbo del Sena hacia la Torre Eiffel.

Una vez leí que París es un lugar muy divertido para crecer, y tienen razón. En la rivera del Sena hay muchísimas actividades padrísimas para niños y adolescentes; hay cafés para matar el tiempo, la gente se lleva queso y vino para compartir y se queda ahí sentada por horas, charlando, escuchando música o leyendo. Pasamos por Pont des arts, vimos los candados del amors y justo ese día estaban grabando una escena con Gwyneth Paltrow. Supongo que era una película sobre cocina porque los actores llevaban gorros de chef.

Caminamos y caminamos hasta que llegamos con los pies sangrados… bueno, no, pero la distancia entre Notre Dame y la Torre es bastante larga, como de 5 kilómetros, así que de plano compramos las entradas para subir hasta la cima sin escalas ni romanticismos de subir a pie. Por mucho, fue la mejor decisión que tomamos en todo el viaje.

Obviedades: la vista es impresionante, hay muchísima gente, me dio vértigo subir y mirar hacia arriba, nos tomamos fotos, pensamos qué haríamos si temblara, la Torre está bien altísimisimisima…

Novedades: el hecho de estar ahí, no sólo en París o en la cima de la Torre, sino el momento que estaba viviendo, me dio una sensación muy rara: entre feliz por estar ahí, triste por no poder compartirlo con mamá, satisfecha de haberlo logrado y con ganas de más experiencias así. Creo que así se siente la gente que se droga.

Como ya teníamos hambre, fuimos directo al Barrio Latino a cenar. Llegamos muy rápido y cenamos rico (fue la primera vez que comí sopa de cebolla y la amé). Nos subimos al metro (había bastante gente) y tuvimos que hacer un trasbordo. Hasta ahí todo estaba perfecto, hasta que llegamos a la otra línea y de nuestro lado estaba desierto, claro, salvo por el pequeño detalle que del otro lado había dos banditas de negros gigantescos tomando y fumando.

Ahí fue donde nos dimos cuenta de dos cosas: 1) eran las 12:00am <llegamos a cenar al Barrio Latino a las 10pm> y por eso no había ni un alma. 2) a mí se me olvidó que (otra vez) traía TODO el pinche dinero del viaje y mi pasaporte. Así que de golpe me puse transparente y me empecé a sudar frío. Afortunadamente llegamos bien, sin contratiempos y al otro día recordé dejar el dinero en la maleta.

Esa misma noche, mi hermana nos mandó la primera foto del príncipe heredero. Lu y yo nos tomamos de la mano para verla (creo que Lu lloró).

Y en el siguiente capítuloooo

Ahora sí entramos al Louvre, metemos tortas a Versalles y nos dirigimos de vuelta a Madrid para la última parada turística.

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Día 1 de lluvia y frío

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La morenita en la tierra del croissant

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¡Los franceses son unos loquillos!

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Caminamos 4.9 km 😦

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Barrio Latino!

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¿Qué haciendo Frida?

Roma se recorre a pie (parte II)

Como recordarán de la entrega anterior, a pesar de que estábamos emocionados por conocer Roma, también íbamos con horribles expectativas. Primero, por todos los comentarios negativos que tenía el hostal elegido; segundo, porque la página de la embajada de México en Italia decía que La Merced es un lugar fino y elegante a comparación de Roma. Resultó que el hostal no estaba tan feo y al parecer Roma no era tan peligroso, así que aflojamos el cuerpo y nos sentimos como en nuestra casa. Paseamos de lo lindo con todo el pinche dinero del viaje y el pasaporte en las bolsas (no fuera a ser que nos lo robaran en el hostal); tomamos el turibús (si van, no lo compren, sale muy caro para el recorrido que pueden dar a pie o en metro sin ningún problema) y llegamos al Coliseo. Entramos, turisteamos, nos maravillamos (yo siempre pensé que el piso estaba liso, como en una arena, y no) y al salir a buscar el siguiente punto turístico, ¡zaz! de repente llega un policía con un güey al que se traía a jalones mientras se lo llevaba a una señora jubilada, de esas que andan con bermudas caqui, sandalias con calcetín y vista perdida porque en su pueblo, Amarillo, Texas, esas cosas no se ven. Pues resulta que todo el numerito que acabábamos de presenciar era el resultado de un asalto y la oportuna reacción de los carabinieri (esos guapos, fuertes, velludos y… oh lo siento) eficaces policías romanos.

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(¿a poco no dan ganar de delinquir con tan eficaz aparato policiaco?)

La cosa estuvo así: el asaltante le metió mano a la mochila de la señora gringa, y como ella estaba con la mirada perdida, pues no se dio cuenta. Otro transeúnte que sí lo notó, corrió tras el ratita y al mismo tiempo llamó la atención del carabinieri que corrió en el acto. Amagó al carterista y lo llevó ante la señora que, hasta ese momento, no se había dado cuenta que sus vacaciones se acababan de arruinar. Le entregaron la cartera, la señora se quedó con cara de perpleja y pendeja y los demás se subieron a la patrulla. Ante eso, decidimos que estábamos demasiado relajados y a partir de ese momento abrazamos las mochilas y vimos a todos los romanos con caras de carteristas. Seguimos nuestro camino al circo romano. La verdad es que ahí no hay mucho que ver, sólo es un terreno grandote medio pelado de pasto. Bajamos y nos tomamos fotos hasta que vimos que venía el pinshi turibús que se tardaba exactamente tres siglos en llegar, así que corrimos con todas las fuerzas que el alma te da.

Lucía (ajá, adivinaron) estaba tomándose selfies cuando empezamos nuestra loca carrera y apenas alcanzó a ver que ya íbamos en chinga. Afortunadamente ahora sí, iba corriendo y gritando “no me dejen desgraciados” (o algo). ¡Y por fin lo alcanzamos! Nada más para que nos avanzara tres cuadras porque justo a esa distancia estaba Plaza Venecia (que fue donde bajamos). 😦
En la Fuente de Trevi, hicimos lo de aventar las monedas, y sucedió que había unos novios queriéndose tomar la foto y los pinches turistas que no se quitaban. Paco empezó a vociferar y resultó que las fulanas que estaban estorbando eran españolas, así que entendieron cada palabra de los que se les dijo :S
Pasando a la parte de la comida, yo iba con altísimas expectativas de comer como reina toda la comida italiana que se me atravesara, pero resultó que los lugares en los que nos tocó la mala suerte de comer, eran horribles, horrorosos con H mayúscula. En una ocasión, a Lucía le sirvieron una pizza que estaba cruda y mi lasagna estaba sequísima. Tampoco disfruté el famoso gelatto porque pedí sabor ‘panacotta’  (que es un postre de allá) y sabía súper dulce y estaba muy espeso, así que desperdicié un helado de aproximadamente 80 pesos. Bueno, no porque Lucía se comió el mío y el suyo.
Lección del día: no coman cerca de un lugar turístico JAMÁS.
Pero bueno, gastronómicamente no todo fue malo. El vino resultó muy bueno y ese día decidimos entrarle al limoncello (que es un licor de limón-OBVIO- reposado con aguardiente) que es la cosa más celestial de todo el mundo.
Al otro día tuvo lugar la triste partida de Paco. El viaje se le terminaba en Roma así que nos despedimos con mucha tristeza de nuestro compañerito de viaje 😦
Justo ese día, fuimos a dejarlo al autobús de Termini cuando la venganza de Cristóbal Colón se vertió con rudeza en mi pobre ser: me dio una diarrea impresionante ahí, a media calle.  Afortunadamente alcancé a llegar al baño y terminé con relativa dignidad mi estancia en la Ciudad Eterna.
Y en el siguiente capítuloooooo…
-Lucía y yo llegamos a París ❤ ❤ ❤ ❤
-Vemos por primera vez en la historia del mundo, la primera foto de Bruno Nicolás.

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Pidiendo deseos en la Fontana de Trevi

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El Río Tiber, no el de la Cuauhtémoc, el de Roma

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¡Dato! Esta es la fuente de ‘Ángeles y demonios’.

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Plaza Venecia

Capítulo 4: Roma se recorre a pie

Léase este capítulo con música de Adriano Celentano 

Cuando salimos de Lisboa, ya teníamos hospedaje en Roma. Dudamos mucho en ir por dos factores: uno, en la página de la embajada decía que Italia, en general, es un país donde roban a los turistas y dos, porque no encontrábamos hospedaje. Al final, pudimos reservar en un lugar que tenía malas referencias pero era muy céntrico y muy cerca de Termini (que no teníamos idea de dónde era: es la terminal de trenes y autobuses más importante de Roma). Pensamos que no podía estar taaan mal e hicimos de tripas corazón.

Logramos llegar al aeropuerto y corrimos (literalmente) al módulo de Vueling. [Una cosa que quiero acotar en este momento, es que, aunque viajar en estas aerolíneas es barato y eficiente, también es un problema si llevan maletas grandes o que tengan rueditas. Si estas se pasan del espacio permitido, hay que documentarlas y eso cuesta exactamente 35 euros (un robo en despoblado)]  Afortunadamente la empleada que nos tocó estaba tan de buen humor que nos documentó las maletas sin pagar un euro y nos puso en primera clase (que consiste en asientos con más espacio para las piernas).

Fue un vuelo de lo más extraño. Primero llegó el capitán del avión (que parecía un típico playboy italiano y ruco) con unas muchachonas, luego subía y subía gente, como si fuera un avión sin fin. Después pensamos que ya nos íbamos y a la mera hora abrieron la puerta y entró más gente. Además hubo muchísimas turbulencias del alto terror.

Yo puse música para relajarme  y lo que había en mi iPod era ‘I have forgiven Jesus’ de Morrissey.

“Monday – humiliation
Tuesday – suffocation
Wednesday – condescension
Thursday – is pathetic
By Friday life has killed me
By Friday life has killed me…”

Todo mal.

Pero hubo algo asombroso, milagroso y único: en el trayecto de Barcelona a Roma, el miércoles 10 de septiembre de 2013,  mi hermoso sobrino Bruno nació, aunque yo me enteré como cinco horas después, cuando llegamos (eran como las 11 pm).

Llegamos a Vía Calatafimi a buscar nuestra nueva ubicación. Primera vista: horrible. El edificio se veía bastante descuidado, viejo y apenas cabíamos en el elevador con nuestras maletotas. Cuando vimos el lugar no nos pareció tan mal; en estos casos la lógica es: si hay mochileros, significa que es un lugar confiable.

Entramos, nos cobraron y nos llevaron a nuestra habitación. A pesar de que ahí sí íbamos con el pensamiento “espera lo peor”, no estuvo tan terrible como creímos: estaba bastante limpio, teníamos una terraza bonita, el baño estaba justo enfrente de nuestra puerta, y como el lugar era un bed and breakfast, en las mañanas nos daban café con leche, jugo de naranja y chocolatinas, ¿qué más se le puede pedir a la vida?

El itinerario de ese día, decía: Vaticano todo el día. No es que seamos religiosos, pero ir a Roma y no pasar al Vaticano está medio estúpido. Así que dirigimos nuestras agotadas humanidades hacía la casa de Dios (o eso dicen).

Ya en el metro nos dimos cuenta que había mucha gente, muchísima. Resulta que había un porqué: ese día el mismísimo Mario Bergoglio (a) el papa Francisco daba audiencia. (Les digo, pura suerte de turista).

Si alguna vez van, la cosa está así: ven al papa un ratito y después se van al museo Vaticano. Vale la pena porque la fila en el museo (el mismo que contiene la Capilla Sixtina) es enorme, y mientras todos están aperrados (y apendejados) viendo al  Vicario de Cristo, usted se puede meter tranquilamente sin temer que la jubilación le vaya a llegar haciendo fila.

Hablando de la Capilla Sixtina y del Museo del Vaticano en general, la verdad es que no soy muy afecta al arte sacro, me aburren mucho las pinturas de ese estilo. Y como supongo que mucha gente razona igual que yo, hay un camino largo y un ídem corto para ver la Sixtina. Vale la pena los aventones y los gritos en italiano de los policías que no permiten tomar fotos. Eso sí, dejan que uno esté todo el tiempo que quiera viendo el techo (es magnífica la técnica que parece en 3D, pareciera que las pinturas se caerán del techo en cualquier momento).

Donde sí estuvimos a punto de jubilarnos, fue en la fila de la Basílica de San Pedro. Si la fila de La Sagrada Familia nos había parecido larga, ésta era la madre de todas las fucking colas del mundo. Tardamos exactamente dos horas y media en entrar, eso sí, valen la pena los empujones, el solazo, el cansancio de estar parados y los turistas que se quieren colar. (Por cierto, una de las cosas que llaman la atención, es que pareciera que la población de Roma se divide en turistas orientales y empleados medio orientales, de preferencia paquistaníes).

Volviendo a la Basílica, es hermosa. A mí las iglesias me interesan como joya arquitectónica, pero ésta, además de esa valía, tiene toda la historia, misticismo, y obras maestras (como La Piedad) que cualquier iglesia le envidia. Hay muchas capillitas para rezar en las que sólo lo dejan a uno estar dos minutos, pero que, al parecer de Lucía (porque yo me negué a entrar), se siente mucha paz y eso que uno busca en una iglesia que no esté abarrotada de turistas orientales fotografiando el piso…

Y en el siguiente capítulo…

Vamos a la Fontana de Trevi, el Coliseo, presenciamos un asalto y casi dejamos (otra vez) a Lucía en el Circo Romano. Paco nos abandona y yo conozco la venganza de Cristóbal Colón.

Nos toca comida horrible pero chupes celestiales.

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Los arrepentimientos

Hace algún tiempo, mi querida  amiga Yolanda escribió en su muro de Facebook (palabras más, palabras menos): “entre el ‘me da pena’ y el ‘qué van a pensar de mí’, se nos va la vida”.  Y hoy estoy muy de acuerdo.

Creo que el arrepentimiento se divide en dos: de las cosas que no hicimos (como subirnos a la montaña rusa de 90 grados) y de las que sí hicimos y queremos borrar del histórico de nuestras vidas (como ese novio al que apodaban ‘El ewok’ o aquella vez que vomitamos a la mitad de una fiesta al lado del dude que nos gustaba). Just saying...

Este post (afortunadamente) es sobre el primero.

No es que me haya pasado la vida arrepintiéndome de todo, pero debo aceptar que sí soy seguidora de la doctrina ‘no, porque me da pena’ y de esa corriente filosófica llamada ‘qué va a decir la gente de mí’. Y por eso me perdí de cosas que me hubiera gustado hacer, sobre todo en materia social, como ir a más fiestas, ser más sociable y menos antipática o hasta la cosa más tonta como enviar un request friend en Facebook (cosa que llevo varios días meditando).

¿Por qué nos detenemos? ¿Es miedo a hacer el ridículo? ¿Sólo queremos evitar la frustración?

Últimamente tuve un arrepentimiento (que es el que me lleva a escribir esto).

Como antecedente para que la historia se entienda, diré que parte de mi vida he sido muy tímida, sobre todo entrada la etapa del adulto joven (¿por qué a estas alturas del partido? No tengo idea, pero fue como regresarme). Si han visto The Big Bang Theory, conocen a Raj Koothrappali y saben que es el mutismo selectivo; entonces entenderán si digo que me ocurre algo muy parecido cuando un tipo me gusta mucho. No le hablo y procuro hacerme lo más invisible posible. Tengo tres casos icónicos: en 2011 con Alejandro, que después se convirtió en mi mejor amigo porque me mandó a la friendzone (y con el que actualmente ya no hablo por razones que no vienen al caso ahora); en 2012 con Felipe, un tipo al que conocí en el trabajo (al que tiempo después, le dije vía Facebook que me gustaba y ni ‘gracias’ me respondió, sólo me dejó de hablar. WAIT, ¿por qué hacen eso ante tal exposición de vulnerabilidad? ¿les ofende o les hace sentir sucios? Reflexionen, chavos).

y…

El actual: junio-julio 2014, con Cristobal, un diseñador al que sólo veía pasar y que me ponía tan nerviosa que ni siquiera podía sostenerle la mirada. PA-TÉ-TI-CO.

Mis amigos me decían que mínimo le dijera ‘hola’. No podía, lo juro; algo me detenía, me ponía roja y me quedaba muda. Cuando tomé suficiente valor para hacerlo, era muy tarde, él acababa de renunciar.

(me acabo de acordar de un quote de la película Amelie: “La suerte es como el Tour de Francia. Lo esperamos durante mucho tiempo, pero pasa rápido. Cuando el momento llega, hay que saltar la barrera sin vacilar.”

Bueh 😦


¿Qué me queda del arrepentimiento? Aunque hay mucha frustración, también coexiste otro sentimiento: el de resignación porque las cosas así tenían que pasar, que no era para mí, que no era el momento, bla bla bla. Quizá es el autoconvencimiento como colchón de emergencia para no sentir tan duro el madrazo, no lo sé. Sólo siento que la próxima vez lo haré mejor, que me atreveré y que esto me hará más feliz.

Por lo demás, creo que hay pocas cosas que haya deseado profundamente y no haya hecho. Quizá la única que arrastré por muchos años, fue la de no haber estudiado Ciencias Políticas en lugar de Periodismo. PERO, cuando trabajé en el gobierno y conocí muchos politólogos, me di cuenta que aquello no era lo mío. Hubiera botado la carrera en el tercer semestre.

Así que ahora me arrepiento de haberme arrepentido.

¿Y ustedes de qué se arrepienten?

Capítulo 3: Barcelona, la ciudad de las malas prácticas (nuestras)

NOTA: Hay muchísimas referencias a ‘Todo sobre mi madre’. Ustedes disculparán el fanatismo. 

Nos despedimos de Lisboa alegres de haber estado ahí, felices por conocer un nuevo lugar, pero tristes de irnos. Creo que a eso le llaman ‘saudade’.

Llegamos en la tarde al aeropuerto para tomar el avión que nos llevaría a Barcelona. Estaba muy emocionada porque en la pasantía que hice en el Museo de San Ildefonso durante la exposición de Gaudí, me enamoré de la arquitectura y juré que tenía que verla en persona. Además, los tres tan fans que somos de Almódovar, teníamos que pisar la Barceloneta y todos los lugares de Todo sobre mi madre.

Llegamos al módulo de Vueling, sacamos los pasaportes y Lucía… no encontraba el suyo. Cuando Paco le dijo a la señorita de la aerolínea que Lu no encontraba su pasaporte, puso cara de ‘ya se chingó’. Nos hicimos a un lado en lo que la afectada sacaba todo el contenido de su maleta. Afortunadamente lo encontró en el fondo de la misma y pudimos respirar (más ella que nosotros).

El vuelo fue tranquilo aunque llegamos bastante tarde, como a las 11. Y en lo que nos dieron las maletas, salimos del aeropuerto y llegamos a Plaza Cataluña nos dieron la 1 am. Aquí es donde empiezan las dos estafas que nos bajonearon…

Primera. A pesar de que el hotel estaba muy cerca (como a 10 euros de distancia), el taxista nos dio un tour nocturno que costó 18 euros. Se encargó de dar la vuelta por Port Vell, el Monumento a Colón, la Plaça Duc de Medinaceli, hasta llegar a Montjuic, donde estaba nuestro hotel.

Segunda. Hostal Barcelona es un pinche hotel de porquería. A pesar de que tienen colgadas en la página fotos de los cuartos (http://www.barcelonahostal.com/) las habitaciones son un COCHINO FRAUDE.  Digamos que los lugares de las fotos sí existen, pero sólo dos están remodeladas, todas las demás están horribles y sucias. En Tripadvisor (¡cómo no leímos antes!) decía que hasta reportes de robo tenía el lugar. Aunque estábamos muy enojados y frustrados (veníamos del maravilloso y feliz hostal de Marck) nos consolamos pensando que sólo estaríamos tres días ahí.

Lo que siguió estuvo más bonito (sí y no).

Bajamos a desayunar y nos encontramos con un restaurante llamado Can Pepe (después descubrimos que en Barcelona todo se llama Can, creo que significa ‘casa’). A pesar de que en Europa no se estila desayunar fuerte, ahí tenían paquetes de comida bastante copiosos, como a la gringa, así que desayunamos maravillosamente y nos encaminamos a Plaza Cataluña. En Port Vell (que significa Puerto Viejo) nos encontramos con la ruta del turibús que, igual que en Lisboa, valía mucho la pena porque casi puedes recorrer toda la ciudad por relativamente poco. Pero nos subimos hasta el segundo día.

Durante el primero caminamos muchísimo por Port Vell, la Rambla (donde al final, está La negra flor) la Barceloneta, el Barrio Gótico y el museo de Picasso. En la Barceloneta nos paramos justo frente al Hospital del Mar, donde Manuela le cuenta a Rosa que tenía un chiringuito y Lola le ponía el cuerno. Creo que nos tomamos foto pero no estoy segura.

De ahí, caminamos hasta una heladería que que tenía sabor crema catalana (entre limón, vainilla y ¡mmm!). El Barrio Gótico es lo más bonito, hay gárgolas por todos lados y está la Catedral de Barcelona donde Lucía prendió velas a quién sabe cuántos santos. Yo sólo le prendí vela a Santa Rita y a una santa que era la patrona de los partos para que mi hermanita le diera la bienvenida a Bruno con todo bien. 

(PARÉNTESIS. CUANDO ME FUI, MI HERMANA ESTABA A DÍAS DE PARIR. DE HECHO, NO ESTUVE EN EL NACIMIENTO DE BRUNO 😦 ]

A pesar de que ya estábamos muy cansados, no queríamos regresar al hotel feucho, así que tuvimos la excelente idea de tomarnos unas cervezas cerca del hotel. Resultado: terminamos medio pedos (o muy), Lucía le tiró encima una cerveza a Paco, nos acabamos la cajetilla que estábamos administrando con recelo y al otro día estábamos crudos y cansados.

😦

Por lo tanto, cuando tomamos el Turibús al otro día, bajábamos a turistear casi por obligación. Hicimos poquitas paradas: en el Pueblo Español, donde están concentrados todos los tipos de arquitectura que hay en España (y donde se nos perdió Lucía por andar comiendo y chupando de a gratis), en La Sagrada Familia y en el Paseo de Gracia. Yo quería ir a Parc Güell para ver la víbora de mosaicos, pero mi falta de fuerzas rebasaron mi deseo de bajar.

La Sagrada Familia es impresionante. Aún con el pequeño detalle de que hay una fila gigantesca, cobran carísimo (como 13 euros) y hay muchísima gente, TODO vale la pena al entrar. Si por afuera es impresionante, por dentro es una explosión de diseño, columnas y formas geométricas inspiradas en la naturaleza. Prácticamente no se puede abarcar con la mirada todos los detalles que hay. Y eso sólo por adentro; por afuera está llena de referencias a pasajes específicos de la vida religiosa. Es de verdad una obra maestra.

Cuando salimos, vimos que el Turibús estaba llegando a la parada, así que corrimos porque se tardaba mucho en arribar. De repente, Paco que iba adelante de mí, me pregunta ¿y Lucía? Yo todo el tiempo creí que iba atrás de mí, pero no, simplemente la habíamos dejado. Nos asomamos a la calle y lo único que alcanzamos a ver fue la manita de Lu diciendo adiós.

Por supuesto, en la siguiente nos bajamos para esperar a que llegara.

Después seguimos el tour normal sin bajarnos. Yo estaba tan cansada (y cruda) que me quedé dormida casi todo el camino y sólo desperté en el estadio olímpico, en el Camp Nou (mejor y erróneamente conocido como Nou Camp) y uno que otro punto de interés.

Cuando llegamos a Plaza Cataluña de nuevo, tuvimos que hacer una escala técnica para ir al baño. Quiero acotar que, esto lo escribo, porque encontrar el baño en El Corte Inglés es realmente una odisea: nadie sabe dónde es (unos dicen que en el primer piso, otros que en el mezzanine), las señalizaciones son las peores del mundo y encima es un relajo preguntar porque, aunque en México todo el mundo entiende que es un ‘baño’, allá creo que es grosero. Entonces no sabíamos si preguntar por los aseos, el baño, los lavabos o ‘eselugardondeunohacepipíyloqueseofrezca‘.  

Por si se lo preguntan, el baño está en el sótano.

A pesar de los contratiempos la pasamos bien y comimos estupendamente. Mucha paella, jamón ibérico, empanadas, vino, helado de crema catalana, cerveza y fiambres. Yo que estoy bastante familiarizada con la comida española, gracias a mi abuela, no tuve queja alguna.


 

Cuando digo que Barcelona es la ciudad de las malas prácticas, me refiero a lo siguiente (si van de viaje, experimenten en cabeza ajena, por favor):

1. En cuanto al hotel, debimos meternos a Tripadvisor o cualquier sitio donde se emitan opiniones respecto a los bienes y servicios que uno adquirirá. Estamos en una época en la que se puede obtener información donde sea, así que dejarse llevar por las fotos (y por la emoción) no está bien. Lo resiente el bolsillo en un momento vital para cuidar el dinero.

2. Lo del taxi, aunque fue algo que no podíamos evitar (igual en México se encajan con los turistas), sí pudimos prever trazando una ruta en transporte público antes, incluso, de viajar. Para eso existe Google Maps, pues.

3. Si ya se van a tomar la molestia de ahorrar un año para cruzar el pinche océano, es vital estar todo el tiempo con los cinco (o seis) sentidos conectados. Es decir ¡NO SE PONGAN PEDOS POR AMOR DE BABY YISUS!  La verdad es que no disfruté Barcelona como quería porque estaba entre cruda y atropellada; si van a vivir la experiencia, háganlo bien.

4.  Asegúrense de que su celular, cámara, tableta o con lo que vayan a tomar fotos esté correctamente cargado. Tengo poquitas fotos de Barcelona porque a mi celular se le bajó la batería y no encontraba cargador.

Continuará…

(En el siguiente episodio: casi perdemos el avión a Roma, creemos que Roma es una señora copetona, llegamos al Pantitlán italiano, vemos un robo y ¡nace Bruno!)

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Barrio Gótico

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Barrio Gótico

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Port Vell

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Port Vell

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La Barceloneta

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