Viaja buen viaje

Capítulo 7 (¡y final!): Madrid, en México se piensa demasiado en ti

¿Creían que se me había olvidado que dejé (¡hace un año!) pendiente el último capítulo del viaje a Europa? ¡Pues se equivocan! (y hasta yo misma estoy sorprendida).

Haré copy-paste de lo último que escribí y que pueden rememorar en el post “París era una fiesta”.

Y en el siguiente (y último) episodio…
Regresamos a Madrid para la última parada antes de regresar a México, conocemos a unos tíos muy guay, vamos al Museo del Prado y al Reina Sofía (¡de a grapa!) y una gitana intenta estafarnos en el Chapultepec madrileño 😦

Pues así. Llegamos a Barajas, un poco tristes de que ya se nos estaba acabando el veinte, pero igual contentas de conocer Madrid. Puedo decir que es una ciudad muy bonita, al estilo de la Ciudad de México. El tráfico normalazo, como el de aquí. El metro igual de lleno, caro pero eficiente. La gente es neuroticona, pero como la de México, o sea, anda uno con mala cara, pero si le preguntan algo, de inmediato ponen sonrisa, le dicen a uno lo que necesita saber y vuelven a poner su cara de malhumor al irse.

Realmente nosotras estuvimos muy pocos días como para dar un juicio, pero hice los mismos recorridos que podría haber hecho en México: fuimos a “El Rastro”, un tianguis de pulgas (y allá le dicen “mercadillo”) que es exactamente igual a La Lagunilla pero sin las caguamas con gomitas y chile piquín; los museos, el Parque del Retiro que es como Chapultepec… Digo, lo disfruté mucho, pero dados los lazos de hermandad e historia compartida, la Ciudad de México es como una extensión de Madrid, nomás que allá te hablan golpeado aunque no estén enojados.2013-09-21 14.27.53Nos hospedamos en el hostal de Alberto, un argentino guapetón como de 40 años que gastaba su tiempo en abrir hostales cuando se aburría del lugar donde estaba. En lugar de mudarse y buscar trabajo, se mudaba, conseguía un departamento muy grande y lo volvía hostal. Buena estrategia.
Ahí conocimos a los parroquianos  del lugar: dos chavitos catalanes que no tenían casa y mientras encontraban “piso” vivían ahí, un chicano de Texas cuya mamá era mexicana, un gringo de NY y una italiana flaquita con la que fuimos al Rastro. Fue la primera vez en todo el viaje que convivimos con otras personas y nos fue muy bien; al ser todos extranjeros, como que caes en una sociedad en la que todos se ayudan y se protegen.

Este lugar en cuestión estaba en la calle de la Montera, a una cuadra de la plaza Puerta del Sol. No había pierde para llegar, pero nuestro cansancio era tanto que confundimos todo y en lugar de buscar el Hostal San Juan, cuyo dueño se llamaba Alberto, buscamos la calle San Juan del hostal Príncipe Alberto, o alguna pendejada así.
Después de una llamada al hostal todo quedó claro y llegamos dos horas después.

En Puerta del Sol, que es básicamente como el centro histórico, todo quedaba muy cerquita: los museos, los restaurantes buenos, los parques, el Palacio Real… todo. Tanto así que no tuvimos la necesidad de subirnos otra vez al metro (y qué bueno, porque está muy caro). Así que caminamos y caminamos durante dos días.

Como estuvimos ahí el fin de semana, corrimos con la suerte de que esos días los museos son gratis a partir de cierta hora. Y para el turista mochilero, es un parote porque las entradas son caras.
Así entramos al Museo del Prado, cuya entrada es libre a partir de las 5, lo que te da como una hora y media efectiva para ver un lugar que se recorre en 4. Ahí lo más práctico es sólo ver las obras maestras: los Goya, echarle un ojo a La meninas… recorrerlo rápido pero efectivo.

En el Reina Sofía hay más chance porque a partir de las 3pm es gratis, y cierran a las 7. Entonces da tiempo perfecto de admirar con calma los Dalí, los Miró, los Picasso y por supuesto, sentarse a reposar mientras le ve uno todos los detalles al Guernica, que es un cuadro grandísimo y sumamente emocional.

Después eso, sólo queda caminar toda la Gran Vía y al final se encuentra uno con La Puerta de Alcalá (que efectivamente, está ahí viendo pasar el tiempo). Ir al Retiro a echarse un rato y POR FAVOR, no le den cuerda a las pinches gitanas.
No tengo nada en contra de ellas, pero sí estoy en contra de que le quieran bajar su dinero a los turistas que, casi siempre, llevan presupuesto limitado. Si van a este bonito lugar, lo mejor es entrar con bajo perfil, como si supieran a dónde van, y no como si acabaran de entrar a la fábrica de Willy Wonka, o sea, desparramando la vista con cara de “qué bonito es todoooo”.

Nosotras íbamos como turistas idiotas y nos interceptó una gitana a la que yo intenté evadir, no así Lucía, a la que le brillaron los ojos cuando la gitana le dijo que casi casi se iba a sacar la lotería. Cuando terminó su numerito nos quería cobrar 20 euros, ¡O SEA 20 EUROS! Yo me puse perra y le dije que si quería, le daba 5. Aceptó de mala gana y nos “regaló” unos ramitos de romero, que yo tan supersticiosa que soy, dejé en el parque no sin antes limpiarme y pedirle a mis santos que me protegieran de la maldad. Horror.
Después de eso, no echamos un rato en el pasto y comimos chicharrones de harina sin salsa Valentina 😦

Hablando de comida, en España yo comí de maravilla, tanto en Barcelona como en Madrid. Si algo tienen los españoles, y con lo que personalmente me siento conectada gracias a mi abuela Leona, es su deliciosa gastronomía. Acá encontramos varios lugares que tenían muy buena comida: callitos a la madrileña, empanadas gallegas, paella, fabada, vino, cañas… de todo. Para mí, España es un lugar safe en cuanto a comida, no hay nada que no me guste o que no haya probado, y es comida que siempre me hace sentir como en casa ❤

Dos días en Madrid y teníamos que regresar a casa. Extrañábamos los tacos, el pozole, las tlayudas y todos los antojitos mexicanos que se nos cruzaban por la mente. Al final nuestro vuelo se retrasó como cinco horas y tuvimos que comer de malas y rápido en el aeropuerto. Pero me dio tiempo de traerme las más increíbles revistas de modas que haya visto.

Diez horas después pudimos decir: ya llegué, mi México.