Autor: cindyareella

¿Cuándo me voy a sentir normal otra vez?

Yo pensé que estaba mentalmente preparada para un temblor. Mis papás vivieron el sismo del 85 (yo sólo tenía tres meses de estar en el mundo) y después de eso nos tenían bien adiestradas: ponte en el muro de carga, guarda la calma, desaloja con precaución, no corras, no grites, no empujes… Pero siento que estos dos episodios me han cambiado.

El del 8 de septiembre (que me agarró medio dormida) fue mi primer temblor fuerte yo sola y viviendo en el nuevo departamento e hice todo lo que mis papás me enseñaron, pero al otro día estaba nerviosa y estresada: no quería regresar a mi casa e hice un esfuerzo sobrehumano para poder dormir ahí. Pensé “si no logro estar en calma en mi casa, estaré jodida”, entonces dominé mi miedo y no huí a casa de mi papá como era mi plan.

Para el 19 de septiembre yo estaba en calma, paz y sobre todo, ya había vuelto a la normalidad de sentir los vaivenes de este edificio que se mueve hasta cuando pasan camiones pesados. Para que se den una idea, es difícil distinguir un sismo de 4 o 5 puntos del paso de dos camiones de carga seguidos.

Así que después de la tremenda sacudida de ese día en el que me encontraba en el cuarto piso, volví a tener delirios auditivos con la alerta sísmica, el mareo que aún no se quita y la psicosis cada vez que pasa un camión, que trato de aminorar verbalizando en voz alta que es un camión.

Sin embargo, cada vez que abro Facebook o Twitter y veo lo que otras personas están pasando me siento ridícula por sentirme así. Y sobre todo me siento muy culpable: cada vez que salgo a la calle a hacer otra cosa que no sea ayudar, por reír, por no levantar escombro, por sólo haber donado medicinas (y que bueno, no estoy en posición de hacer un derroche por mi ahora situación laboral), por no tener una profesión más útil… en fin, me siento culpable por sentirme mal habiendo gente que lo perdió todo.

¿Cuándo me voy a sentir normal otra vez? Le pregunté a una amiga de Twitter que es psicóloga y dijo algo así como que dependía de la situación y el nivel de exposición a la tragedia. Mi familia y mis amigos están bien, la mayoría de ellos no tuvo daños en sus casas, o sea, mi exposición a la tragedia es mínima, ¿por qué me siento tan mal?

Estoy muy agradecida con la vida, el universo o lo que sea que me haya mantenido con vida porque este año he sobrevivido exitosamente a dos situaciones de alto riesgo: el accidente que tuve en el globo aerostático y el terremoto del 19 de septiembre, y trato de pensar en lo afortunada que soy, pero sólo aminora un poco la revolución mental por la que atravieso.

¿Cuándo deja de ser banal buscar trabajo? Cuándo deja de ser estúpido querer leer, ver una película, reírse de tonterías, salir a cenar, querer ligar, emocionarme por el partido de americano, intentar hacer ejercicio, empezar nuevos proyectos… ¿cuándo?

¿Cuándo está permitido regresar a la normalidad?

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Una pequeña disertación (para iniciados) sobre Pedro Almodóvar

Pedro Almodóvar es mi director de cine favorito (del mundo mundial) PERO, a pesar de eso,  no me ha alcanzado la vida para ver todas sus películas (me faltan 7 de 18).
Conocí sus películas con Tacones Lejanos. Supongo que iba en la universidad porque esa película me la consiguió el que en ese entonces era mi novio, en un puestecillo afuera de  la facultad de Filosofía y Letras; fue amor a primera vista.

Luego de ese primer encuentro, como buena obsesiva que soy, busqué más filmografía y así fue como di con Todo sobre mi madreHable con ellaLa mala educación y creo que en ese tiempo estaban por estrenar Volver. Desde aquel año empezó un romance que hasta hoy no ha podido caducar.

Desde que conozco sus filmes, siempre he dicho que al cine de Almodóvar o lo amas o lo odias, no hay medias tintas, (sobre todo para los hombres). Y sí; hace unos años el periódico La Nación, dijo que sus películas retrataban una España llena de travestis, yonquis y desadaptados, pero también la Academia se ha acordado varias veces de él.
Y finalmente eso era Pedro: un gay que aceptaba, machacaba y dignificaba su sexualidad por medio de un cine agresivo, lleno de color, basado en tramas 100% homoeróticas y con mil escenas incómodas (por ejemplo el golden shower en Pepi, Luci y Bom). Pero con cada película asentaba su estilo y reforzaba su estatus de director de culto.

Después de la alocada época gay (que incluyen La ley del deseoKika y Qué he hecho yo para merecer esto, entre otras) empieza una etapa mucho más madura, con fotografía menos pop e historias mucho más introspectivas (para Pedro, analizar a la mujer es parte de analizarse a sí mismo también). Quizá las referencias gay continuen, como en Todo sobre mi madre (como ‘La Agrado’ uno de los personajes más entrañables de toda su filmografía) pero no son el eje de la historia. Pretende contar algo más allá de que, ejemplo, la Agrado tenga pene, o que Huma Rojo sea lesbiana.

Para Hable con ella ya tenía madurado el concepto del universo femenino que inicio con La flor de mi secreto y aún antes con Mujeres al borde de un ataque de nervios. La preguntas, ¿de qué hablan? ¿qué piensan? ¿cómo sienten? ¿cuál es el tipo de relaciones que establecen entre ellas? se respondian una por una. Para Volver (olvidemos ese tropiezo espantoso  de ‘La mala educación’ con el imbécil de Gael García) ya estaba completamente en el núcleo del universo femenino; inmerso en las causas y azares, las lealtades y los secretos que están presentes en la vida de cualquier mujer y las mujeres que le rodean.

En Los abrazos rotos comienza la siguiente etapa de maduración en su filmografía: los coqueteos con el cine noir (pero no completamente). Es decir, más que un salto, es fue una evolución gradual. Si bien, continua hablando sobre las mujeres (porque de alguna forma el personaje de Penélope Cruz es un eje) adquiere un aspecto nuevo al darle mucho más juego a Lluis Homar como el personaje principal, pero con la variante del tinte policiaco. Ese fue el guiño para desatar por completo la nueva era en la que se gestó La piel que habito. 
En La piel, además de marcar el retorno de la dupla Pedro Almodóvar-Antonio Banderas, los cambios son sustanciales empezando por  el guión, que es una adaptación del libro ‘Tarántula’, del escritor Thierry Jonquet.
(Iba a darles una mini sinopsis pero como es un post para iniciados, pues seguro ya saben de qué se trata)
Okay, les dejo el link de la señora wikipedia. Hay un chingo de spoilers, pero no digan que no les avisé.
Finalmente, creo que La piel habito es la muestra fehaciente de la superación de su filmografía. Sólo basta compararla con cualquiera de las otras películas para darse cuenta que logró afinar el lenguaje, la fotografía y las historias. Amén, por supuesto, de la música que acompaña a todas las producciones.
Pero ese tema es para otro post.
continuará…

¿Qué pasa cuando te quedas sin trabajo?

Pues buscas otro y listo.

Dicen los estudiosos de la metafísica, el feng shui, la psicología y esas cosas que normalmente no comprendo (y que acaba de quedar demostrada mi ignorancia en el tema) que la vida está compuesta por ciclos que se abren y se cierran, ya sea en el trabajo, el amor, las relaciones personales…

Para mí, este año significó el cierre de muchos ciclos, unos más dolorosos que otros, pero eso sí, que han significado mucho crecimiento y autoconocimiento.
Uno de ellos se refiere al trabajo. El año pasado, el 15 de diciembre como lo mencioné aquí mismo, firmé mi renuncia en la agencia en la que estuve tres años y medio para irme a ser la flamante editora web de un sitio de noticias sobre industria creativa.

En Makken ya tenía dominado todo el flujo de trabajo, pero irme a Arca significó dejar mi zona de confort y enfrentarme con retos nuevos que no fueron nada fáciles. Sobre todo, ese empleo fue un arduo trabajo de autoconocimiento, pues todos los días mi jefe ponía a prueba mi paciencia y tolerancia a la frustración.
Siempre digo que todas las personas tienen algo que enseñarnos y yo aprendí muchísimo con esta persona: sí, a aceptar los errores, pero también a que el humor en el que se encuentre la persona y la forma en la que me hable y me trate, no determina mis capacidades ni mi inteligencia. Le deseo buena suerte, pero espero que nunca más me lo vuelva a topar en ningún ámbito de la vida.

Y con esa cauda a cuestas, resultó que el 6 de diciembre me notificaron que debido a la crisis financiera que enfrenta Televisa (empresa a la que pertenece Arca) dieron por terminado nuestro ciclo de trabajo. Como decíamos, el Arca se les hundió con todo y animales. Así que el 15 de diciembre, pero de 2016, me encontré firmando mi término de contrato con Televisa y Arca. Da miedo, ¿no?

En general, fue un lugar en el que pocas veces recibía buena retroalimentación y en el que el 70% del tiempo sentía que mi trabajo no valía para un carajo. Si en el trabajo anterior recibía muchos buenos comentarios en éste, todos los días sentía que la cagaba infinitamente. Viéndolo fríamente, fue un buen recordatorio de que:
1) No todo lo hago bien, pero no es porque sea tonta, sino porque necesito aprender más.
2)Para volver a editorial necesitaba todo esos chingadazos. Se aprende más con el dolor que con el placer.
3) Que después de todo este remolino emocional, estoy un poco más clara sobre lo que quiero para mi futuro profesional.

Hoy es 2 de enero y estoy en vías de saber qué diablos voy a hacer con mi vida. No es fácil pero tengo un poco más claro qué quiero: que mi vida esté completamente relacionada con las letras. Quiero escribir, editar, corregir, leer y todo lo que tenga que ver con el ámbito editorial. Esta es una de las cosas que más amo y espero hacerlo toda mi vida.

Estoy en el barco a la expectativa de dónde me llevará la brisa. Estoy segura que a buen puerto, siempre siempre.

De qué hablo cuando hablo de dejar el hogar

Pues sí amigos, por fin daré el gran paso: dejar el nido confortable familiar y mudarme a la gran ciudad (para los que no saben, mi actual residencia es en Ecatepec).

Para muchos quizá estoy un poco pasadita de edad para vivir sola (y si no lo he dicho, recién cumplí 31 años en junio), pero este ha constituido un gran paso y un hito en mi vida, apenas comparable a cuando falleció mi mamá y prácticamente tuve que rehacer mi vida.

Claro, ésta es una situación menos dramática y más feliz porque: 1) no me voy porque me estén corriendo y 2) lo estoy haciendo con toda la convicción y bajo mis propios términos (aunque como veremos adelante, me empiece a faltar tantito).

¿Qué por qué me voy de la casa donde estoy tan cómoda y feliz? Diría que por razones prácticas como estar más cerca del trabajo, que no voy a tener necesidad de salir una hora antes de mi casa para llegar a cualquier lado, blablabla. No es por tener independencia, porque en la casa del señor Machado no me falta, tampoco por saber cómo es vivir sola, porque ya lo hice, no por saber cómo mantener un hogar, porque lo mantuve durante dos años cuando mi papá se tomó vacaciones en Atlacomulco.

La verdad es que me voy porque quiero empezar un nuevo proyecto de vida que es hacer patrimonio, tener algo que sea mío, en resumen, construir mi propio hogar.

No ha sido fácil. Y no me refiero a lo material sino al hecho de desprenderme del hogar en el que he vivido toda mi vida. En esa casa están todos mis recuerdos, los momentos más felices de mi vida y también los más trágicos.

Recuerdo que cuando mamá falleció, pasé un buen tiempo como pollo sin cabeza, no me hallaba en ningún lado y pensaba que ya no tenía hogar porque ella era mi hogar. Después aprendí a adaptarme y entendí que el hogar era donde estaba la gente que amaba y amo.

¿Que si estoy triste? Sí, un chingo y quiero llorar a la menor provocación (Arlett me dijo hace un rato: el destete es difícil, hermana). Soy una persona que tiene que luchar día a día con los apegos, me da mucho trabajo soltar y seguir adelante. Amo mi casa (aunque maldiga a Ecatepec con toda mi alma) y me encanta pasar tiempo ahí. Es la casa que construyeron mis padres con tanto esfuerzo; es donde vive mi papá al que amo profundamente. Me da especialmente trabajo y pesar dejarlo porque somos muy unidos y después de lo de mi mamá, afianzamos esa unión porque descubrimos que en esa casa sólo quedábamos él y yo y, o remábamos juntos o nos hundíamos.

Creo que todo el tiempo en el que pensaba que quería salirme de mi casa, pero no lo hacía por mi papá, en realidad era por mí, porque tengo un miedo atroz a estar sola, y justo es ese el nuevo reto a enfrentar: a vivir conmigo misma en paz y amor sin ningún otro intermediario. Hoy quiero construir un hogar en el que viva mi propio amor y en el que aprenda a convivir conmigo y amar mi propia compañía. Porque lo necesito y sólo así venceré ese miedo: enfrentándolo.

Esta semana en la que he estado empacando y llevando mi ropa (porque es todo lo que tengo) me empezó a dar pesar y comenzaron a llegar las dudas. Le platicaba- preguntaba a Moy: “Tengo miedo, ¿estaré haciendo lo correcto?” y me contestó: “Haces lo correcto, recuerda cómo se fueron dando las cosas y que tienes el apoyo de tu familia. Tu papá ha hecho mucho por tu nuevo hogar”.

Y sí,  esta casa ha sido alimentada de amor desde el día 1 que pagué la renta: desde que elegí la pintura, los muebles, empecé a robarme ideas de Pinterest para la decoración, vinieron papá y Ronnie a “ayudarme” a pintar (digo ayudarme entre comillas porque en realidad ellos lo hicieron todo, yo solo eché porras). Al final, creo que tiene amor de toda mi familia y eso me hace muy feliz.

Como diría Lou Reed, este día es hora de take a walk on the wild side. Pero sé que al lado de ese camino salvaje está mi papá, mi familia y mis amigos, y eso me hace sentir mucha paz.  

Capítulo 2: New York I love you, but you’re bringing me down

Y como es hora de hacer el drama a un lado, sigamos con el show que siempre, siempre debe continuar. 

Esa noche que llegamos fuimos a cenar hamburguesas. Recorrimos gran parte de Amsterdam Av. y resulta que Johny no mintió; la oferta de restaurantes y bares es grande  y variada en Upper West Side. Bastaba voltear a cualquier lado para darse cuenta: comida china, griega, italiana, tailandesa… de todo.
Aún así nos metimos a un pub con mesas afuera (porque hacía bastante calor) y fue ahí donde el idioma nos jugó de las suyas por primera vez pues Faby pidió ensalada en lugar de papas, o algo así. LOL

Al otro día nos levantamos temprano para iniciar nuestro recorrido. Faby que es tan precisa, armó un itinerario de acero: iríamos a Times Square, ahí entraríamos a las tiendas famosas (M&M’s, Disney…) luego a comprar el City Pass, y de ahí a la estatua de Hope y de Love que están relativamente cerca. Pero como estaba viajando con una compañera errante a la que el calor le afecta tremendamente, los planes cambiaron, digamos que un poquitín.

La avenida que está paralela a Amsterdam Av. es Broadway (yo no sabía que era como Insurgentes, es decir, que cruza casi toda la ciudad) y como estábamos relativamente cerca de Times Square, nos fuimos caminando (unas 20 cuadras aproximadamente).

Times Square, es un lujo de turistas. Lo digo porque supongo que un neoyorkino difícilmente se emociona, como un chilango cero se anima con el Zócalo iluminado. Pero como yo iba de visita, me emocionó mucho ver las pantallas, los anuncios y la tanta vida que ahí se desarrolla. Mares de gente entraban y salían de las tiendas, se formaban en la unifila para comprar boletos para el teatro, se sacaban fotos con las atracciones humanas que ahí pululan. Me recordó tantito a Madero con sus estatuas vivientes y las botargas.

No soy nada fan de los lugares con tanta gente, me pongo de malas, hago jeta y todo me parece mal, pero bueno, estaba de vacaciones y a eso iba (o si no me hubiera ido al desierto de Atacama o algo). Aguanté, juro por dios que aguanté, pero la gente y el calor excesivo empezaron a hacer estragos.

Resulta que ese día era el Día Internacional del Yoga e hicieron la clase más grande de Bikram Yoga en el corazón de Times Square, y vaya que no se necesitaba estar en el sauna, para ese momento ya hacía un pinche calorón. Faby estaba tan emocionada viendo la clase, que casi me dio pena decirle que necesitaba que me serrucharan la cabeza porque me estaba estallando. Por no tomar agua (y es que luego dónde entra uno a sacar esa agua) me dio insolación.
Me sentía mareada, ida y no podía ni caminar de lo que me pesaba y dolía la cabeza. Horror.

Nos fuimos de ahí y compramos aspirinas en un kiosquito y nos dimos cuenta que estábamos muy cerca del MoMa. Entramos para descansar y comprar el City Pass, pero resulta que este museo se salió del convenio y entonces ya no lo vendían ahí, tendríamos que caminar hasta Rockefeller Center y debido a mi situación actual, era imposible.
Decidimos quedarnos ahí hasta que se me pasara el dolor, pero nomás no cedía. Mi prima me dio agua, me dejó en un sillón (y como ahí nadie me conocía, pos que me acuesto) y nada. De repente me tuve que parar corriendo al baño… y pues eso, hice mi chiste en el MoMa. ¡Esperen! Sí alcancé a llegar al baño, todo fue muy privado y muy íntimo y muy artístico. Jiji.

Después de mi chiste (que creo que era lo que necesitaba porque extrañamente me sentí mejor después) caminamos hasta la estatua Hope. La verdad es que yo no le veo nada de bonito, sólo son unas letras, pero a la gente le mama, así que ahí vamos. No me tomé fotos ahí (en general creo que tomé muchas fotos, pero no mías, no soy fans), pero a mi prima le raya así que retomamos el “tómame una foto, tío” (chiste-local.jpg) y captamos el feliz momento.

Como había turibuses, tomamos un tour que creímos que estaba bueno (maldición, otra vez nos traicionó el idioma porque no era el mejor. Había uno que hacía recorridos buenos y estaba en español. Ni pedo). A diferencia de Europa o la CDMX, en NY hay como mil compañías de turibús, entonces encontrar la conveniente es un problema. Total que nos subimos y dimos el recorrido por dowtown sin bajar: vimos de corridito Wall Street y su famoso toro, el edificio de la ONU, pasamos por la quinta avenida, vimos un poco del Village, la NYU… estuvo bonito. regresamos a Times Square y nos fuimos directito a Juniors.

Por cierto, ahora sé por qué los gringos son tan gordos. Ellos sí creyeron el pedo del Holocausto Zombie y entonces comen como si tuvieran que guardar reservas para sobrevivir. Las porciones de comida son estratosféricas: sándwiches de tres pisos, medio kilo de papas a la francesa en el plato, cuatro capas de embutidos y dos quesos diferentes… Su comida es una locura de calorías. Pero eso no impidió que me zampara un sándwich grilled cheese y el MEJOR  cheesecake que haya probado en toda mi vida (justo ahora lo extraño tanto). 

Regresamos a Amsterdam Av caminando. La verdad es que NY es una ciudad muy tranquila (bueno, esa parte) y aunque yo traía mi paranoia que tanto detesta Faby, regresamos relativamente tranquilas. Nos encontramos un Marshall’s en el camino y celebramos mil.

Y en el siguiente capítulo… Vuelvo a ser la damnificada del viaje, pero conocimos el Guggenhaim, caminamos como ocho millones de cuadras para llegar al Empire State y yo me doy cuenta de que la Estatua de la Libertad no se puede ver desde cualquier punto de NY como me hicieron creer en El día después de mañana.  

El arte de saber conformarse

Creo que en nuestra realidad de millenials que se aburren cada cinco minutos, el hecho de conformarse, se ha vuelto un pecado.

¿Por qué nos vamos a conformar con el iPhone 6 si ya está saliendo el 7?, ¿por qué conformarme con salir con un solo tipo, si Tinder me ofrece un vasto catálogo de hombres?, ¿por qué conformarme con un solo trabajo si puedo freelancear y trabajar para muchos?

En este momento de mi vida estoy entendiendo que el concepto de “conformarse” ( que es el primo hermano feo de la aceptación) poco tiene qué ver con la mediocridad y sí tiene mucha relación con que ese es un factor para sentirnos un poco más felices.

Si bien, inconformarse es un signo de rebeldía y de evolución, lo contrario también puede significar equilibrio y paz, porque de esta forma aprendes a ser feliz con lo que tienes, y no te la pasas pensando en todo lo que te estás perdiendo, porque, ojo, de todas formas no lo tienes.

Conformarse es apostar por la carta ganadora; quizá no tendrás la adrenalina de pensar que puedes o no ganar, simplemente sabes que lo harás, y entonces eso te borra un montón de problemas de la cabeza; no construyes castillos en el aire. Es quedarse con la bellísima sala de muebles Troncoso, en lugar de asomarse a la otra catafixia, a ver si te sale una llave gigante de unicel para abrir las puertas de nada.

Cada cosa tiene su lugar, eso sí. Este nuevo concepto de “conformarse” no tiene nada que ver con “aguantarse”. Es aceptar con paz una situación que te traerá beneficios, saber si puedes o no cambiarla, y cómo distinguir la diferencia.

Por ejemplo, cuando iba con la psicóloga, le decía que no tenía novio porque no quería conformarme con lo que hubiera, que yo quería un amor que me hiciera ver las estrellas y que además tuviera barba, tatuajes, fuera educado, de buena familia, independiente, trabajador, sensible, con buen humor, que viviera solo y que le gustara el rock. La psicóloga me vio y me dijo, “querida: pues siéntate y ponte cómoda porque quien sabe si pase”.

Lo que me estaba pasando no era inconformarme, era apostar en un chingo de ruletas al seguro número perdedor.

Conformarse con las cosas buenas, no es mediocridad, es ser agradecido con la vida. O quizá no se llama conformismo, se le dice aceptación. Y la aceptación del entorno, es amor.

 

Capítulo 1: Welcome to New York

(léase con la canción ídem de Taylor Swift)

Todo empezó el día de mi cumpleaños 29. Ese día salí dizque temprano de trabajar (como media hora antes) y mi prima Fabio pasó por mí al parque Lincoln (un lugar muy nais en una zona más nais en la que solía trabajar como ya platiqué aquí).

Como era jueves y estaba a dieta, no hice nada especial. Además, como mi cumpleaños es en junio, ese día estaba lloviendo a cántaros y por ende, estábamos atoradas en el tráfico, eso sí, cantando canciones de Juan Gabriel a grito pelado.
Mientras llegábamos a casa de mi hermana, donde me esperaban papá, los dueños del hogar y mi hermano, Fabio y yo platicábamos sobre los treinta años, y que es un drama subir el tercer piso y que la chingada. Entonces decidí que cumplir 30 no sería un suceso trágico de adiós a la juventud, sino un acontecimiento magno de hola a la madurez: ese mismo 26 de junio pero de 2015, no estaríamos atoradas en el tráfico de Thiers, la pasaríamos en la Quinta Avenida de New York.

Y así fue como justamente, el 26 de junio de 2015 a las 12:00 estaba escuchando jazz y tomando cerveza en el Fat Cat del Village en Manhattan.

Como todos los viajes empiezan antes, el mío comenzó cuando pasé toda la odisea burbujas de sacar la visa. Tenía miedo porque, a pesar de que soy una adulta en uso de todas mis facultades mentales, no he tenido NUNCA un crédito. Es decir, no existo para el buró del crédito.
Podrán decir que es padrísimo y lo que sea, pero no tener historial crediticio es peor que tener mal historial crediticio. Y lo peor es que cada vez que meto solicitud para una tarjeta me rechazan porque les parece demasiado sospechoso que alguien de 30 años nunca se haya embarcado con Liverpool o ya de perdis con el C&A. La cosa es que después de mucha maroma con la solicitud en línea, el pago del banco y la pinche cita en la embajada, ¡LO LOGRÉ! Me dieron la visa un minuto antes de que me diera el coma diabético y el supiritaco juntos, (como lo puede ver en el post de aquí abajito).

Después de eso todo fue como pan con mantequilla: ahorrar, pedir permiso, adelantar trabajo, conseguir hospedaje… Por cierto, si van a viajar, no tengan miedo de usar Airbnb, es excelente y uno se puede quedar en zonas bonitas a precios equitativos (como lo veremos más adelante).
Total que llegó el día. Nos fuimos el 22 de junio y salimos en el vuelo de las 8 de la mañana, por lo que  (sí, adivinaron) teníamos que estar en el aeropuerto a las 4 de la mañana.
Así que la noche antes, me bañe, acomodé la ropa que usaría, dejé la maleta en la puerta, me fui a dormir… y desperté a las 4:15 gracias a la llamada de Fabiola que ya estaba formada en el aeropuerto.
Afortunadamente vivo relativamente cerca, así que en chinga nos vestimos y mi papá me fue a aventar al aeropuerto con la respectiva bendición de diosito.

Lo demás fue fácil: documentación, espera, abordaje; llegamos a Houston después de dos horas y ahí fue donde empezó mi pánico escénico porque, la verdad, no hablo muy bien inglés y pasar migración me parecía una misión tan complicada como pedir trabajo en la CIA. Ya se me hacía que me regresaban en el primer avión por mala pronunciación.
Pero no. Resultó que la gente era el triple de amable de lo que yo había pensado: el de migración me felicitó por mi cumpleaños, dijo que no me veía de 30, otro agente se dio cuenta que no hablaba bien inglés y me habló en español… Todo tan bonito, hasta que me subí al otro avión y mi asiento no se reclinaba y mi acompañante era un viejo apestoso 😦

Llegamos a Manhattan y debíamos llegar con Jonnhy Nguyen a nuestro alojamiento de Amsterdam Av. Como expertas viajeras que se han subido al metro de seis países, nos trepamos al primer metro que pasó y casi acabamos en Queens. Aiñ
Resulta que en NY el metro tiene su maña. No es como en México que la línea te lleva en una sola dirección, depende de dónde te encuentres te puede llevar a otros lugars, así que hay que fijarse bien hacia donde va uno, o se corre el riesgo de acabar en Timbuctú… ok no tan lejos, pero al menos en una de las equivocaciones puede perder de media a una hora, justo como nos pasó, pues perdimos una hora y media en la perdedera, cuando debimos llegar en 20 minutos a Upper West Side.

Por fin llegamos a la estación que está afuera del Museo de Historia Natural y de por sí, yo ya me había emocionado en Bryan Park (que por ahí cerca nos dejó el bus del aeropuerto), cuando vi el Museo me dio el chock. Esa parte de la ciudad es preciosa: los gringos tienen muy bien dominado el marketing de su ciudad a través de las películas, porque llegar a Manhattan es meterse a cualquiera de las películas que hayamos visto: la arquitectura, los negocios, la gente… Sentía que de cualquier lado saldría Carrie Bradshaw taconeando o Tom Hanks en You’v got a e-mail (que por cierto, dimos de pura casualidad con el café donde él se da cuenta que Meg Ryan es su amiga de e-mail).

Pues llegamos con Johnny que como cualquier neoyorkino, ya se le hacía tarde para ir a cenar con sus amigos. Nos explicó lo básico del depa (que era pequeño pero muy bien ordenado) y nos dijo que básicamente, ahí era la mejor zona para comer y beber, así que en donde nos sentáramos sería buena opción. Y lo fue.
Después de lavarnos la cara y quitarnos la mugre del viaje, nos metimos a comer hamburguesas a un pub. No eran las más deliciosas del mundo (como más adelante lo comprobé).
Continuará…

Y en el siguiente episodio, no se pierdan como fue que me dio insolación, vomité en el MoMa 😦 , pero me emocionó mil estar en Times Square 🙂

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