Mes: septiembre 2016

De qué hablo cuando hablo de dejar el hogar

Pues sí amigos, por fin daré el gran paso: dejar el nido confortable familiar y mudarme a la gran ciudad (para los que no saben, mi actual residencia es en Ecatepec).

Para muchos quizá estoy un poco pasadita de edad para vivir sola (y si no lo he dicho, recién cumplí 31 años en junio), pero este ha constituido un gran paso y un hito en mi vida, apenas comparable a cuando falleció mi mamá y prácticamente tuve que rehacer mi vida.

Claro, ésta es una situación menos dramática y más feliz porque: 1) no me voy porque me estén corriendo y 2) lo estoy haciendo con toda la convicción y bajo mis propios términos (aunque como veremos adelante, me empiece a faltar tantito).

¿Qué por qué me voy de la casa donde estoy tan cómoda y feliz? Diría que por razones prácticas como estar más cerca del trabajo, que no voy a tener necesidad de salir una hora antes de mi casa para llegar a cualquier lado, blablabla. No es por tener independencia, porque en la casa del señor Machado no me falta, tampoco por saber cómo es vivir sola, porque ya lo hice, no por saber cómo mantener un hogar, porque lo mantuve durante dos años cuando mi papá se tomó vacaciones en Atlacomulco.

La verdad es que me voy porque quiero empezar un nuevo proyecto de vida que es hacer patrimonio, tener algo que sea mío, en resumen, construir mi propio hogar.

No ha sido fácil. Y no me refiero a lo material sino al hecho de desprenderme del hogar en el que he vivido toda mi vida. En esa casa están todos mis recuerdos, los momentos más felices de mi vida y también los más trágicos.

Recuerdo que cuando mamá falleció, pasé un buen tiempo como pollo sin cabeza, no me hallaba en ningún lado y pensaba que ya no tenía hogar porque ella era mi hogar. Después aprendí a adaptarme y entendí que el hogar era donde estaba la gente que amaba y amo.

¿Que si estoy triste? Sí, un chingo y quiero llorar a la menor provocación (Arlett me dijo hace un rato: el destete es difícil, hermana). Soy una persona que tiene que luchar día a día con los apegos, me da mucho trabajo soltar y seguir adelante. Amo mi casa (aunque maldiga a Ecatepec con toda mi alma) y me encanta pasar tiempo ahí. Es la casa que construyeron mis padres con tanto esfuerzo; es donde vive mi papá al que amo profundamente. Me da especialmente trabajo y pesar dejarlo porque somos muy unidos y después de lo de mi mamá, afianzamos esa unión porque descubrimos que en esa casa sólo quedábamos él y yo y, o remábamos juntos o nos hundíamos.

Creo que todo el tiempo en el que pensaba que quería salirme de mi casa, pero no lo hacía por mi papá, en realidad era por mí, porque tengo un miedo atroz a estar sola, y justo es ese el nuevo reto a enfrentar: a vivir conmigo misma en paz y amor sin ningún otro intermediario. Hoy quiero construir un hogar en el que viva mi propio amor y en el que aprenda a convivir conmigo y amar mi propia compañía. Porque lo necesito y sólo así venceré ese miedo: enfrentándolo.

Esta semana en la que he estado empacando y llevando mi ropa (porque es todo lo que tengo) me empezó a dar pesar y comenzaron a llegar las dudas. Le platicaba- preguntaba a Moy: “Tengo miedo, ¿estaré haciendo lo correcto?” y me contestó: “Haces lo correcto, recuerda cómo se fueron dando las cosas y que tienes el apoyo de tu familia. Tu papá ha hecho mucho por tu nuevo hogar”.

Y sí,  esta casa ha sido alimentada de amor desde el día 1 que pagué la renta: desde que elegí la pintura, los muebles, empecé a robarme ideas de Pinterest para la decoración, vinieron papá y Ronnie a “ayudarme” a pintar (digo ayudarme entre comillas porque en realidad ellos lo hicieron todo, yo solo eché porras). Al final, creo que tiene amor de toda mi familia y eso me hace muy feliz.

Como diría Lou Reed, este día es hora de take a walk on the wild side. Pero sé que al lado de ese camino salvaje está mi papá, mi familia y mis amigos, y eso me hace sentir mucha paz.