Mes: abril 2016

Capítulo 1: Welcome to New York

(léase con la canción ídem de Taylor Swift)

Todo empezó el día de mi cumpleaños 29. Ese día salí dizque temprano de trabajar (como media hora antes) y mi prima Fabio pasó por mí al parque Lincoln (un lugar muy nais en una zona más nais en la que solía trabajar como ya platiqué aquí).

Como era jueves y estaba a dieta, no hice nada especial. Además, como mi cumpleaños es en junio, ese día estaba lloviendo a cántaros y por ende, estábamos atoradas en el tráfico, eso sí, cantando canciones de Juan Gabriel a grito pelado.
Mientras llegábamos a casa de mi hermana, donde me esperaban papá, los dueños del hogar y mi hermano, Fabio y yo platicábamos sobre los treinta años, y que es un drama subir el tercer piso y que la chingada. Entonces decidí que cumplir 30 no sería un suceso trágico de adiós a la juventud, sino un acontecimiento magno de hola a la madurez: ese mismo 26 de junio pero de 2015, no estaríamos atoradas en el tráfico de Thiers, la pasaríamos en la Quinta Avenida de New York.

Y así fue como justamente, el 26 de junio de 2015 a las 12:00 estaba escuchando jazz y tomando cerveza en el Fat Cat del Village en Manhattan.

Como todos los viajes empiezan antes, el mío comenzó cuando pasé toda la odisea burbujas de sacar la visa. Tenía miedo porque, a pesar de que soy una adulta en uso de todas mis facultades mentales, no he tenido NUNCA un crédito. Es decir, no existo para el buró del crédito.
Podrán decir que es padrísimo y lo que sea, pero no tener historial crediticio es peor que tener mal historial crediticio. Y lo peor es que cada vez que meto solicitud para una tarjeta me rechazan porque les parece demasiado sospechoso que alguien de 30 años nunca se haya embarcado con Liverpool o ya de perdis con el C&A. La cosa es que después de mucha maroma con la solicitud en línea, el pago del banco y la pinche cita en la embajada, ¡LO LOGRÉ! Me dieron la visa un minuto antes de que me diera el coma diabético y el supiritaco juntos, (como lo puede ver en el post de aquí abajito).

Después de eso todo fue como pan con mantequilla: ahorrar, pedir permiso, adelantar trabajo, conseguir hospedaje… Por cierto, si van a viajar, no tengan miedo de usar Airbnb, es excelente y uno se puede quedar en zonas bonitas a precios equitativos (como lo veremos más adelante).
Total que llegó el día. Nos fuimos el 22 de junio y salimos en el vuelo de las 8 de la mañana, por lo que  (sí, adivinaron) teníamos que estar en el aeropuerto a las 4 de la mañana.
Así que la noche antes, me bañe, acomodé la ropa que usaría, dejé la maleta en la puerta, me fui a dormir… y desperté a las 4:15 gracias a la llamada de Fabiola que ya estaba formada en el aeropuerto.
Afortunadamente vivo relativamente cerca, así que en chinga nos vestimos y mi papá me fue a aventar al aeropuerto con la respectiva bendición de diosito.

Lo demás fue fácil: documentación, espera, abordaje; llegamos a Houston después de dos horas y ahí fue donde empezó mi pánico escénico porque, la verdad, no hablo muy bien inglés y pasar migración me parecía una misión tan complicada como pedir trabajo en la CIA. Ya se me hacía que me regresaban en el primer avión por mala pronunciación.
Pero no. Resultó que la gente era el triple de amable de lo que yo había pensado: el de migración me felicitó por mi cumpleaños, dijo que no me veía de 30, otro agente se dio cuenta que no hablaba bien inglés y me habló en español… Todo tan bonito, hasta que me subí al otro avión y mi asiento no se reclinaba y mi acompañante era un viejo apestoso 😦

Llegamos a Manhattan y debíamos llegar con Jonnhy Nguyen a nuestro alojamiento de Amsterdam Av. Como expertas viajeras que se han subido al metro de seis países, nos trepamos al primer metro que pasó y casi acabamos en Queens. Aiñ
Resulta que en NY el metro tiene su maña. No es como en México que la línea te lleva en una sola dirección, depende de dónde te encuentres te puede llevar a otros lugars, así que hay que fijarse bien hacia donde va uno, o se corre el riesgo de acabar en Timbuctú… ok no tan lejos, pero al menos en una de las equivocaciones puede perder de media a una hora, justo como nos pasó, pues perdimos una hora y media en la perdedera, cuando debimos llegar en 20 minutos a Upper West Side.

Por fin llegamos a la estación que está afuera del Museo de Historia Natural y de por sí, yo ya me había emocionado en Bryan Park (que por ahí cerca nos dejó el bus del aeropuerto), cuando vi el Museo me dio el chock. Esa parte de la ciudad es preciosa: los gringos tienen muy bien dominado el marketing de su ciudad a través de las películas, porque llegar a Manhattan es meterse a cualquiera de las películas que hayamos visto: la arquitectura, los negocios, la gente… Sentía que de cualquier lado saldría Carrie Bradshaw taconeando o Tom Hanks en You’v got a e-mail (que por cierto, dimos de pura casualidad con el café donde él se da cuenta que Meg Ryan es su amiga de e-mail).

Pues llegamos con Johnny que como cualquier neoyorkino, ya se le hacía tarde para ir a cenar con sus amigos. Nos explicó lo básico del depa (que era pequeño pero muy bien ordenado) y nos dijo que básicamente, ahí era la mejor zona para comer y beber, así que en donde nos sentáramos sería buena opción. Y lo fue.
Después de lavarnos la cara y quitarnos la mugre del viaje, nos metimos a comer hamburguesas a un pub. No eran las más deliciosas del mundo (como más adelante lo comprobé).
Continuará…

Y en el siguiente episodio, no se pierdan como fue que me dio insolación, vomité en el MoMa 😦 , pero me emocionó mil estar en Times Square 🙂

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¡Cuando llegué a la sección de visas, válgame dios!

Todo empieza con el deseo inocuo de viajar a Estados Unidos. Si ya tiene su pasaporte, bien, ya tiene la primera mitad que es fácil, donde todo es risa y diversión.

Viene la segunda parte, donde todo es llanto y tristeza que es sacar la visa. Esto se compone de varios pasos que sólo equipararía con el trámite para pedir el uso de material radioactivo o para pertenecer a las fuerzas armadas del Mosul y que a continuación enumero:

 Uno: hay que visitar la página de la embajada, pero yo aconsejo buscar en Google “embajada americana” “visas” y ya con eso tenemos. Si se pone uno a buscar el enlace en la página principal, puede pasar más tiempo del que gasta jugando Candy Crush, buscando el chingado enlace.
Dos: ya que encontró la página, hay que leer las instrucciones con cuidado. En caso de que no domine el idioma de Shakespeare, hay versión en español. Deben llenar la solicitud, esa no está en español, así que mejor tener a la mano el Google Translate, o se corre el riesgo de declarar que es traficante de blancas.
También tengan el pasaporte a la mano (o al menos el número) porque lo piden y no se pueden saltar secciones.
Tres: Ya que llenó la solicitud y declaró que usted no es terrorista, no ha participado en tráfico de personas, armas y/o drogas, ya puede pasar a la página donde se hacen las citas (porque son dos). Deben pagar el moche de 2, 400 pesos y hacer las dos citas (la de las huellas en un lugar llamado CAS y la entrevista con el cónsul).

 ¿Llegó a este punto? Felicidades, viene lo peor: ahora debe presentarse a la entrevista con el cónsul, que es, prácticamente, una ruleta rusa. Hay como diez mil mitos sobre los documentos que hay que llevar, y otros diez mil sobre cómo es la entrada a las oficinas. La verdad es que todo es muy sencillo:

  •  Lleguen 15 minutos antes de la entrevista, no media hora, ni una hora, ni cinco minutos antes.
  • Llegará el coordinador y pedirá los papeles. Lo único que hay que presentar es el pasaporte y la hojita que parece que tiene una credencial con un código de barras y que le sellan a uno en el CAS. Solamente y nada más.
  • Van a pasar a un túnel con una paquetería como la del supermercado. Ahí quitan celulares, perfumes, antibacteriales, memorias USB, tarjetas de memoria, cargadores, etcétera. Les dan su pase para recogerlos a la salida y listo.
  • Pasarán por un cuarto que parece filtro de aeropuerto. Dejen su bolso y chamarra en la charolita de plástico y listo. (Mejor no lleven mochila porque esa sí se las van a retener en la entrada).
  • Ahora deben pasar a una mesita con una señorita que depende de la hora puede ser sonriente o no. Validará los mismos papeles que les pidieron en la entrada. (Dejen en paz ese fólder). Les dirá en qué fila deben sentarse para esperar a que la marrana ponga.

 ¡Viene la parte intensa! Después del mucho (o poco) tiempo que esperen, les asignarán una ventanilla para ver al cónsul. Así es, una ventanilla como del banco (para los que creían que era una oficinita en la que pacientemente interrogan a uno).

En este punto quiero hacer una acotación: aunque suene horrible, la máxima “como te ven, te tratan” se aplica más que nunca. Al cónsul no le va a interesar todo lo trabajador que sea, buena gente u honesto; lo primero (y casi único) que verá es lo que trae puesto.
Neta vayan bien vestidos, como si fueran a ver a su padrino.

 Llegan las preguntas y donde viene la ruleta rusa, porque las dudas dependerán del humor en que esté el cónsul, del calor, del mes, de la hora, de si ya se quiere ir, de si lo agarró el tráfico y llegó emputado, de si tiene diarrea… O sea, es COMPLETAMENTE impredecible.
Eso sí, lleven todos los papeles que constaten que no se quiere ir a trabajar a la pizca de algodón y que tiene intensión de regresar a México. Si les hace sentir más seguros llevar acta de nacimiento, papeles de la escuela, título profesional y cartilla de vacunación, llévenlo. Puede que se los pidan, puede que no.

 A mí, la verdad, me fue la mar de bien. Traté de pensar que era como hacer cualquier otro trámite y que todo saldría bien (aunque tenía taquicardia y una alberca en las axilas). Me la aprobaron y salí bailando chachachá hasta casa de mi hermana.
Escribo esto porque espero que alguien lo lea y se salve de todas las contrariedades que pasé por nerviosa. Chance se los cuento otro día.

O no 🙂