Historias tinderescas de la vida real

Hay una realidad muy fea a la que el segmento de los adultos jóvenes que llevamos una vida laboralmente ajetreada, nos enfrentamos: no tenemos tiempo de conocer a nadie, dígase, para llevar una relación amistosa que trascienda y se convierta en noviazgo o lo que sea.

Por eso, alguien con suficiente cerebro, que seguramente también era un forever alone, tuvo la suficiente paciencia para inventar una aplicación en la que el soltero adicto al trabajo común y corriente, pudiera registrarse (a través de su Facebook, ¡vean la practicidad!) y seleccionar las fotos de quién te gusta y quién no. Si a la persona que le diste like también te dio like, entonces se abre un chat para que puedan contarse la vida (o las pecas de la espalda, según lo requiera la situación).

Si están en la mismas pinchitas circustancias que yo, entonces saben que estoy hablando del Tinder.
Sí señores, caí en sus garras 😦

Mientras que mi hermana lo ve con recelo, mi prima me dice que eso es para forever alone (hellouuu!!) y mis amigos dicen que es buena oportunidad, yo lo veo como una forma de tentar al destino. No creo que vaya a encontrar al amor de mi vida ni mucho menos, (pensar de esa forma sería demasiado candoroso) pero he sido testigo de relaciones, ahora estables y exitosas, que no pudieron haberse dado nunca si no fuera por los internets (yo misma estuve en una, nada afortunada como otras, pero tan fue importante que duró tres años de dolor-amor).

Pero bueno, no soy nueva en esta cuestión, he descargado esta pinche aplicación tres veces:

Intento 1: después de varios matches, me interesé en uno en específico. Platicábamos mucho y la verdad, teníamos chingos de cosas en común. Incluso teníamos trabajos similares y hasta gente que ambos conocíamos del medio. Tanta fue la “química virtual” (porque una cosa es la química virtual y otra la química en persona) que decidimos que no había razones para no conocernos en persona.

Y ahí voy a conocer a un desconocido. No estuvo mal, me divertí, pero la verdad es que la famosa chispa no trascendió a la realidad. Y tampoco ayudó que ese coolness que el muchacho en cuestión tenía en la “virtualidad” no la tenía en la realidad (era bastante tímido).

Me sentí mal, pero no volvimos a salir, a pesar de que sí se dio la posibilidad de repetirlo. No había química, ni siquiera amistosa.

Intento 2: creo que gran parte de la falla de este intento, es que la piedra angular de esta aplicación, o sea, el chat que se abre cuando hay un match, es bastante chafa. A veces tenía una buena plática con algún tipo y se arruinaba porque los mensajes llegaban dos días después. No salí con nadie de ese intento, me desesperé y la desinstalé.  La moraleja de esta ocasión, es que si te interesa la persona, de inmediato hay que trasladarse al whatsapp, no hay pierde ahí; además tiene otro acierto importante: en la foto que normalmente está ahí, (que es como la de diario, no la de impresionar) se puede comprobar si las fotos de Tinder mienten (en mi experiencia, un 70% de las veces).

Recuerden, si el vato (o vata, según la preferencia) les gusta en esa foto, es como 50 por ciento probable que les guste en la vida real (aunque claro, hay sus deshonrosas excepciones).

Intento N: A veces Tinder me da flojera y borro mi cuenta y desinstalo todo. A veces me aburro y la vuelvo a instalar. La verdad es que no he tenido amistades o relaciones tan importantes a raíz de esta app, salvo una quizá que sí me interesaba mucho y a la que, por primera vez en todo el tiempo que he usado esta coshina aplicación como que le empezaba a ver futuro.

Pero como nada es infalible y yo no entiendo a la gente, el vato en cuestión se desapareció. Digo, atrás hay toda una historia que sería demasiado balconeo contar aquí, pero la verdad es que me gustaba mucho y creo que en mi afán de no hacerla de pedo, la hice mucho de pedo y pues meh, se esfumó.

Sólo diré que si ese individuo que se dedica al mundo de la música todavía quiere salir o algo, sería más que lindo tomar un café y escuchar Radiohead 🙂

 

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