Mes: marzo 2016

Historias tinderescas de la vida real

Hay una realidad muy fea a la que el segmento de los adultos jóvenes que llevamos una vida laboralmente ajetreada, nos enfrentamos: no tenemos tiempo de conocer a nadie, dígase, para llevar una relación amistosa que trascienda y se convierta en noviazgo o lo que sea.

Por eso, alguien con suficiente cerebro, que seguramente también era un forever alone, tuvo la suficiente paciencia para inventar una aplicación en la que el soltero adicto al trabajo común y corriente, pudiera registrarse (a través de su Facebook, ¡vean la practicidad!) y seleccionar las fotos de quién te gusta y quién no. Si a la persona que le diste like también te dio like, entonces se abre un chat para que puedan contarse la vida (o las pecas de la espalda, según lo requiera la situación).

Si están en la mismas pinchitas circustancias que yo, entonces saben que estoy hablando del Tinder.
Sí señores, caí en sus garras 😦

Mientras que mi hermana lo ve con recelo, mi prima me dice que eso es para forever alone (hellouuu!!) y mis amigos dicen que es buena oportunidad, yo lo veo como una forma de tentar al destino. No creo que vaya a encontrar al amor de mi vida ni mucho menos, (pensar de esa forma sería demasiado candoroso) pero he sido testigo de relaciones, ahora estables y exitosas, que no pudieron haberse dado nunca si no fuera por los internets (yo misma estuve en una, nada afortunada como otras, pero tan fue importante que duró tres años de dolor-amor).

Pero bueno, no soy nueva en esta cuestión, he descargado esta pinche aplicación tres veces:

Intento 1: después de varios matches, me interesé en uno en específico. Platicábamos mucho y la verdad, teníamos chingos de cosas en común. Incluso teníamos trabajos similares y hasta gente que ambos conocíamos del medio. Tanta fue la “química virtual” (porque una cosa es la química virtual y otra la química en persona) que decidimos que no había razones para no conocernos en persona.

Y ahí voy a conocer a un desconocido. No estuvo mal, me divertí, pero la verdad es que la famosa chispa no trascendió a la realidad. Y tampoco ayudó que ese coolness que el muchacho en cuestión tenía en la “virtualidad” no la tenía en la realidad (era bastante tímido).

Me sentí mal, pero no volvimos a salir, a pesar de que sí se dio la posibilidad de repetirlo. No había química, ni siquiera amistosa.

Intento 2: creo que gran parte de la falla de este intento, es que la piedra angular de esta aplicación, o sea, el chat que se abre cuando hay un match, es bastante chafa. A veces tenía una buena plática con algún tipo y se arruinaba porque los mensajes llegaban dos días después. No salí con nadie de ese intento, me desesperé y la desinstalé.  La moraleja de esta ocasión, es que si te interesa la persona, de inmediato hay que trasladarse al whatsapp, no hay pierde ahí; además tiene otro acierto importante: en la foto que normalmente está ahí, (que es como la de diario, no la de impresionar) se puede comprobar si las fotos de Tinder mienten (en mi experiencia, un 70% de las veces).

Recuerden, si el vato (o vata, según la preferencia) les gusta en esa foto, es como 50 por ciento probable que les guste en la vida real (aunque claro, hay sus deshonrosas excepciones).

Intento N: A veces Tinder me da flojera y borro mi cuenta y desinstalo todo. A veces me aburro y la vuelvo a instalar. La verdad es que no he tenido amistades o relaciones tan importantes a raíz de esta app, salvo una quizá que sí me interesaba mucho y a la que, por primera vez en todo el tiempo que he usado esta coshina aplicación como que le empezaba a ver futuro.

Pero como nada es infalible y yo no entiendo a la gente, el vato en cuestión se desapareció. Digo, atrás hay toda una historia que sería demasiado balconeo contar aquí, pero la verdad es que me gustaba mucho y creo que en mi afán de no hacerla de pedo, la hice mucho de pedo y pues meh, se esfumó.

Sólo diré que si ese individuo que se dedica al mundo de la música todavía quiere salir o algo, sería más que lindo tomar un café y escuchar Radiohead 🙂

 

Capítulo 7 (¡y final!): Madrid, en México se piensa demasiado en ti

¿Creían que se me había olvidado que dejé (¡hace un año!) pendiente el último capítulo del viaje a Europa? ¡Pues se equivocan! (y hasta yo misma estoy sorprendida).

Haré copy-paste de lo último que escribí y que pueden rememorar en el post “París era una fiesta”.

Y en el siguiente (y último) episodio…
Regresamos a Madrid para la última parada antes de regresar a México, conocemos a unos tíos muy guay, vamos al Museo del Prado y al Reina Sofía (¡de a grapa!) y una gitana intenta estafarnos en el Chapultepec madrileño 😦

Pues así. Llegamos a Barajas, un poco tristes de que ya se nos estaba acabando el veinte, pero igual contentas de conocer Madrid. Puedo decir que es una ciudad muy bonita, al estilo de la Ciudad de México. El tráfico normalazo, como el de aquí. El metro igual de lleno, caro pero eficiente. La gente es neuroticona, pero como la de México, o sea, anda uno con mala cara, pero si le preguntan algo, de inmediato ponen sonrisa, le dicen a uno lo que necesita saber y vuelven a poner su cara de malhumor al irse.

Realmente nosotras estuvimos muy pocos días como para dar un juicio, pero hice los mismos recorridos que podría haber hecho en México: fuimos a “El Rastro”, un tianguis de pulgas (y allá le dicen “mercadillo”) que es exactamente igual a La Lagunilla pero sin las caguamas con gomitas y chile piquín; los museos, el Parque del Retiro que es como Chapultepec… Digo, lo disfruté mucho, pero dados los lazos de hermandad e historia compartida, la Ciudad de México es como una extensión de Madrid, nomás que allá te hablan golpeado aunque no estén enojados.2013-09-21 14.27.53Nos hospedamos en el hostal de Alberto, un argentino guapetón como de 40 años que gastaba su tiempo en abrir hostales cuando se aburría del lugar donde estaba. En lugar de mudarse y buscar trabajo, se mudaba, conseguía un departamento muy grande y lo volvía hostal. Buena estrategia.
Ahí conocimos a los parroquianos  del lugar: dos chavitos catalanes que no tenían casa y mientras encontraban “piso” vivían ahí, un chicano de Texas cuya mamá era mexicana, un gringo de NY y una italiana flaquita con la que fuimos al Rastro. Fue la primera vez en todo el viaje que convivimos con otras personas y nos fue muy bien; al ser todos extranjeros, como que caes en una sociedad en la que todos se ayudan y se protegen.

Este lugar en cuestión estaba en la calle de la Montera, a una cuadra de la plaza Puerta del Sol. No había pierde para llegar, pero nuestro cansancio era tanto que confundimos todo y en lugar de buscar el Hostal San Juan, cuyo dueño se llamaba Alberto, buscamos la calle San Juan del hostal Príncipe Alberto, o alguna pendejada así.
Después de una llamada al hostal todo quedó claro y llegamos dos horas después.

En Puerta del Sol, que es básicamente como el centro histórico, todo quedaba muy cerquita: los museos, los restaurantes buenos, los parques, el Palacio Real… todo. Tanto así que no tuvimos la necesidad de subirnos otra vez al metro (y qué bueno, porque está muy caro). Así que caminamos y caminamos durante dos días.

Como estuvimos ahí el fin de semana, corrimos con la suerte de que esos días los museos son gratis a partir de cierta hora. Y para el turista mochilero, es un parote porque las entradas son caras.
Así entramos al Museo del Prado, cuya entrada es libre a partir de las 5, lo que te da como una hora y media efectiva para ver un lugar que se recorre en 4. Ahí lo más práctico es sólo ver las obras maestras: los Goya, echarle un ojo a La meninas… recorrerlo rápido pero efectivo.

En el Reina Sofía hay más chance porque a partir de las 3pm es gratis, y cierran a las 7. Entonces da tiempo perfecto de admirar con calma los Dalí, los Miró, los Picasso y por supuesto, sentarse a reposar mientras le ve uno todos los detalles al Guernica, que es un cuadro grandísimo y sumamente emocional.

Después eso, sólo queda caminar toda la Gran Vía y al final se encuentra uno con La Puerta de Alcalá (que efectivamente, está ahí viendo pasar el tiempo). Ir al Retiro a echarse un rato y POR FAVOR, no le den cuerda a las pinches gitanas.
No tengo nada en contra de ellas, pero sí estoy en contra de que le quieran bajar su dinero a los turistas que, casi siempre, llevan presupuesto limitado. Si van a este bonito lugar, lo mejor es entrar con bajo perfil, como si supieran a dónde van, y no como si acabaran de entrar a la fábrica de Willy Wonka, o sea, desparramando la vista con cara de “qué bonito es todoooo”.

Nosotras íbamos como turistas idiotas y nos interceptó una gitana a la que yo intenté evadir, no así Lucía, a la que le brillaron los ojos cuando la gitana le dijo que casi casi se iba a sacar la lotería. Cuando terminó su numerito nos quería cobrar 20 euros, ¡O SEA 20 EUROS! Yo me puse perra y le dije que si quería, le daba 5. Aceptó de mala gana y nos “regaló” unos ramitos de romero, que yo tan supersticiosa que soy, dejé en el parque no sin antes limpiarme y pedirle a mis santos que me protegieran de la maldad. Horror.
Después de eso, no echamos un rato en el pasto y comimos chicharrones de harina sin salsa Valentina 😦

Hablando de comida, en España yo comí de maravilla, tanto en Barcelona como en Madrid. Si algo tienen los españoles, y con lo que personalmente me siento conectada gracias a mi abuela Leona, es su deliciosa gastronomía. Acá encontramos varios lugares que tenían muy buena comida: callitos a la madrileña, empanadas gallegas, paella, fabada, vino, cañas… de todo. Para mí, España es un lugar safe en cuanto a comida, no hay nada que no me guste o que no haya probado, y es comida que siempre me hace sentir como en casa ❤

Dos días en Madrid y teníamos que regresar a casa. Extrañábamos los tacos, el pozole, las tlayudas y todos los antojitos mexicanos que se nos cruzaban por la mente. Al final nuestro vuelo se retrasó como cinco horas y tuvimos que comer de malas y rápido en el aeropuerto. Pero me dio tiempo de traerme las más increíbles revistas de modas que haya visto.

Diez horas después pudimos decir: ya llegué, mi México.

Mi cuerpo no le queda a Inditex

Y eso me frustra.

Es hora de aceptarlo: me gusta mucho la ropa, me gusta mucho comprar ropa y me gusta comprar ropa en Inditex. Soy parte de la base de la pirámide que hizo al señor Inditex, el hombre más rico del mundo.

También tengo mi parte banal y bobalicona, pues qué se le va a hacer.

Bueh, y pues eso me lleva al problema que últimamente me está friendo el cerebro: mi cuerpo ya no cabe en la ropa que Don Inditex hace.

La historia está así: en 2014 yo solía pesar 72 kilos, es decir que estaba pasada con 10 kilos y como mis caderas no mentían, era talla 11. Un día dije: “no quiero ser gorda” (con el puño alzado al cielo) y me puse a dieta en lo que fueron los seis meses más largos de mi vida.

Por fin lo logré y llegué a la talla 7 (que no usaba desde mis anoréxicos tiempos preparatorianos). Y así me mantuve hasta que, con el estrés y frustración que tenía en el otro trabajo, a eso súmenle la llegada de la maldita Navidad y el cambio de rutina con mi nuevo trabajo, empecé a subir y subir como la princesa Beatriz (ignoro si hay una princesa Beatriz gorda, pero rima bien). No estoy en la antigua talla 11, pero sí tuve que bajar del clóset los pantalones talla 9.

Y así es como recupero el título de esta entrada: mi cuerpo no le queda a Inditex. ¿Por qué lo digo? Pues resulta que en la bonita época de compras, por supuesto que la talla M y la S que solía usar, ya no me quedaba.

Vestidos, playeras, chamarras, pantalones, todo de la L para arriba. OK, lo acepto, tengo unos kilos de más. PERO resulta que recién me di cuenta de algo en la tienda competencia Forever 21.

Como gorda física y mental, empecé a buscar puras tallas L, ya ni me fijo en la M para no frustrarme más. Hace poco fui de compras a la tienda del bolsita amarilla y vi un vestido realmente encantador. Chin, no tenían talla L, así que la vendedora me ofreció la M. Como no la quise desairar (y también por los aires de esperanza) le acepté la mediana.

Cuál fue mi sorpresa que el vestido me quedó perfecto. 

Después, haciendo memoria, me di cuenta que gran parte de las cosas que compro en ese lugar, son talla M. Es decir, ¿los de F21 se basan en otros maniquíes para hacer su ropa? No estoy justificando mi gordura como en Doug (“yo tengo huesos anchos, yo tengo músculo grande…”) o sea, sé mi verdad, pero el hecho de que cambie radicalmente la parte de las tallas de una tienda a otra, me hace pensar que en verdad que el señor Inditex no sólo controla el mundo de la ropa Fast Fashion, también controla nuestras mentes y la percepción que tenemos sobre nuestros cuerpos.

Si eres talla grande, eres gorda, si eres mediana, pues ahí vas, gordita. Si eres chica, bien. Si eres extra chica, perfecto, te ganaste el cielo de los cuerpos perfectos.

No haré un manifiesto en el que proclamaré que jamás en toda la pinshi vida le voy a comprar a esa gentuza española descarnada, porque la neta es que está difícil, pero sí me da un poco de paz en el corazón pensar que no es que la ropa no me quede. Yo no le quedo a esa marca.

Mientras tanto, si corro con suerte y la contingencia me lo permite, me pararé a correr y ya mandé mi solicitud para que la nutrióloga me atienda con calidad de urgente. Por mera salud (física y por supuesto, mental).