Mes: diciembre 2014

Capítulo 6: París era una fiesta (parte II)

Fuimos a Versalles.

Es una tontería ir hasta París y no ir a Versalles, así que después de trazar bien la ruta, comprar víveres y taparnos bien (porque el frío estaba mortal), emprendimos la ida al bonito chateau de Luis XIV.

Primero, para llegar hasta allá hay que comprar un boleto especial. En París el sistema de tren suburbano funciona exactamente igual al de México: dependiendo de la distancia es la pedrada. Nos costó como 11 euros el boleto de ida y vuelta, así que no estuvo tan mal.

Llegamos a la estación de Saint Lazare como a las 9 am. Resulta que es una estación muy grande (como Pantitlán), sólo que ahí hacen conexión unas 6 líneas de metro más el suburbano (o tren de grandes líneas).

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¿Cómo meteré mi torta y mi frucsi?

Llegamos a Versalles  y después de caminar unos 15 minutos hasta el Palacio,  nos encontramos con la novedad de que había una pinshi fila larga para entrar (digo, después de la de la Basílica de San Pedro, ya era cosa menor). Afortunadamente avanzaba rápido, así que no la pasamos tan mal. Lo único que nos tenía nerviosas es que traíamos comida en la mochila, y al parecer es de las cosas que no están permitidas en la entrada.

Por cierto, la entrada sencilla (sólo el chateau mayor, sin contar los dominios de Maria Antonieta y el petit trianon) es bastante cara y le encajan a uno la audioguía (cuesta 18 euros). Aunque uno piensa que no, la verdad es que la mentada audioguía sí vale la pena porque hay muchas explicaciones que uno se perdería solo por codos.

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No sé por qué, siempre pensé que era un edificio blanco

Total, que en la entrada hicimos el socorrido papel de turistas tontas (el más fácil, por cierto) y nos metimos con las tortas y los frucsis en la mochila sin que nadie se diera cuenta. Punto para nosotras 🙂

Paseamos y llegamos hasta el final del lago artificial. Una cosa que marcan son los tiempos que toma llegar a cada lugar, por ejemplo: desde donde inicia la escalinata, hasta donde termina es una hora; si se quiere llegar a los dominios de María Antonieta son tres.

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Todo esto nunca será nuestro 😦

 

Al principio me pareció exagerado, pero es muy buena idea porque se corre el riesgo de agarrarse caminando como imbécil por la emoción del momento  (cuando todo es risa y diversión) y no medirle, de forma que el regreso se convierta en una tortura (cuando todo es llanto y amargura).

Hay un trenecito pero cobra como 8 euros, así que hicimos la caminata de una hora.

Total que regresamos a París a cenar y seguir paseando; ese día el karma me alcanzó porque un día antes perdí 5 euros. Me dio coraje pero pensé “ojalá que se lo encuentre alguien que lo necesite”; llegando a la estación de Versalles de regreso, me encontré 10 euros.

Con eso compré de cenar para las dos 😀

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Prohibidos los besucones

Se me olvidaba, otra de las paradas fue en el cementerio de Pere Lachaise. La verdad de ahí no tengo mucho qué decir porque llegamos tarde y se nos fue el tiempo en buscar la tumba de Oscar Wilde. Yo iba con la firma intención de besar uno de los lugares más sucios del planeta (es decir, su tumba) pero me encontré con la sorpresa de que ahora tiene un vidrio alrededor y un vigilante echando ojo 😦  Sólo pudimos tomar la presente foto.

Al otro día nos fuimos. Estuvimos cinco maravillosos días en París y no sé cómo viví tanto tiempo sin conocerlo. Sin duda, más que un check en mi lista de cosas que tengo que hacer en la vida, fue un tatuaje mental que quiero conservar por siempre.

Y en el siguiente (y último) episodio…

Regresamos a Madrid para la última parada antes de regresar a México, conocemos a unos tíos muy guay, vamos al Museo del Prado y al Reina Sofía (¡de a grapa!) y una gitana intenta estafarnos en el Chapultepec madrileño 😦

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Oh, Champs Elysees!

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El fuego eterno del Arco del Triunfo

 

 

¿Los propósitos de año nuevo, qué?

Aclaro, este post lo escribí hace como un año, así que cada párrafo tendrá su respectiva glosa con la actualización de mi situación actual.

Desde que entré al demográfico del adulto joven y abandoné el candor de la adolescencia (o sea, hace casi 10 años), me di cuenta que no tenía caso hacer propósitos de fin de año, porque al final del siguiente año, ya ni me acuerdo que fue lo que me propuse, y si lo hago, el sentimiento de frustración, culpa y enojo me invade por no haberlo logrado (de hecho, creo que eso debe ser por lo que la gente se deprime tanto en estas fechas, entre otras cosas).

Glosa: Sigo sin hacer propósitos, neta, no tiene sentido. Lo único que hice parecido, fue pensar qué cosas me gustaría hacer a los largo del año, pero de esas, creo que sólo materialicé como tres. Fueron muy buenas, pero pocas.

 Además, ¿por qué los propósitos deben ser empresas titánicas que hasta a Hércules le habría dado pereza cumplir? Ya saben: bajar de peso (mientras se atasca un fruitcake), tener el cuerpo de Madonna (otra mordida a la rosca), dejar de fumar (lo juro, esta es la última cajetilla), abandonar al novio pelmazo, tener mejor trabajo (mientras ve videos de gatitos)…

¿Por qué no pueden ser cosas pequeñas? Pequeños retos a lo largo del año, más o menos como un día a la vez. No decir: “voy a dejar de fumar”, mejor “esta semana no voy a fumar”. O, sólo por hoy haré ejercicio.

Glosa: bueno, yo no tengo novio así que no aplica. Dejé de fumar (pero lo hago cuando estoy estresada) (medio check), bajé 10 kilos (check), pero aún no tengo el cuerpo de Madonna (uncheck). Sigo en el mismo trabajo, pero creo que sí he avanzado (check).

Lo de ayer ya pasó y mañana todavía no llega, es decir, hoy es la verdadera oportunidad para hacerlo.

Ahora que lo medito, creo que ese es el verdadero problema de fondo: pensar en el futuro como una cosa deforme que no termina de llegar. Porque insistimos en dejar todo para mañana, como dirían los Babasónicos: todo lo que pueda arreglar hoy, lo dejaré para mañana…

Glosa: soy bastante procrastinadora, la verdad sigo en el entendido que el futuro es una cosa rara que me da ansiedad.

Mañana empiezo la dieta, mañana termino esa relación que me hace daño, mañana termino el trabajo, mañana sí le hablaré al tipo que me gusta, mañana le hablo al contador… Todo al baúl de la postergación infinita.

Glosa: como dije, muchas de esas cosas sí las hice, otras no, otras meh.

¿Tenemos miedo a enfrentarnos con lo que nos cuesta trabajo vencer o sólo es la pitufihueva de pensar? Creo que ambas: trabajar en las cosas que nos ponen en jaque con nuestros defectos de carácter, temores y demás cosas que nos lastiman el ego o los sentimientos y la eterna procrastinación.

Bueno, creo que ya me puse muy filosófica y yo solo quería decir que me caga hacer propósitos de año nuevo y por eso me abstengo de hacerlo. Y ya.

Glosa: Sí, da hueva pensar en eso, pero da más hueva llevar a cabo las acciones que se necesitan hacer para cambiar lo que nos molesta en la vida. Pero una vez que se vence, se siente jodidamente bien 🙂

Además, es muy difícil comer las uvas, pensar en los propósitos y a eso, agregar toda la presión de las campanadas. ¿Quién diablos inventó eso? Como si fuera tan fácil pasarse esas pinches uvas gigantes con semilla que venden para la fecha (a precio de oro, por cierto).

Solo he conocido a una persona que lo ha logrado: la novia de cierto primo que en lugar de masticarlas, se las tragó como si de aspirinas se tratara.

Fue lo máximo.

Glosa: no puedo decir quién por respeto a la actual pareja de mi primo 🙂