Mes: octubre 2014

Esto también se llama, “A él no le gustas (tanto)”

Dedicado a mis manas del HHH Cuartel

¿Alguna vez les han pedido un consejo de amor? A mí sí, chingos. Y debo admitir que, gracias a los 6 años que pasé en terapia, sé dar consejos muy buenos. ¿Los aplico a mi vida? Obvio no (siempre).

Y es que no importa cuántos artículos de Cosmopólitan o libros de Walter Riso, Gaby Vargas y Jorge Bucay hayamos leído, cuando la situación se manifiesta en nuestras vidas, es más normal cagarla que hacer lo que dicen que debe uno de hacer.

ash.

Digo esto porque últimamente he estado metida en esas danzas. Típico:  todos los días vas a la oficina sin pelar a nadie y de repente, por alguna razón, te fijas en una persona en la que no habías reparado jamás, y empiezas a notar que se cortó el pelo, que esa playera le queda muy bien, que ese tatuaje se le ve increíble, que tiene una sonrisa que le ilumina la cara y contrasta con su seriedad… y PUM! Caíste: te gusta, y te gusta mucho.

Nunca sé qué hacer en estos casos, no tengo una estrategia, me pongo toda tonta y tímida; además el mix de emociones resultantes me choca: siento alegría de verlo y estar con él, tristeza cuando veo que no soy correspondida, angustia de no saber qué hacer y enojo por sentir todas las anteriores.

Es realmente desgastante 😦

Normalmente tengo un patrón de comportamiento en estos casos, (como podrán ver aquí y aquí) pero este es un caso especial en el que las probabilidades están complicadas (edad+ lugar en común de convivencia+conflictos sentimentales= desastre total).

Después de brincar todos los aspectos anteriores con su respectivo prejuicio, consulté con el equipo SWAT de refuerzo emocional (entiéndase como Yola, Alexz, Moy y Phersoix) y saqué de conclusión que esta vida es muy corta para andar con timideces, así que dije: ‘vamos por ese mushasho’.

Entonces iba yo muy decidida por la vida creando mi estrategia de acercamiento echaperros (y medio decepcionada porque nomás no pegaba nada de lo que hacía) y empezando a pensar en recursos idiotas como escribirle una carta, una canción, decirle directamente (y otra sarta de imbecilidades que está bien hacerlas cuando uno es adolescente, no cuando ya se está arañando la treintena) cuando, en un momento de lucidez pensé, ‘tengo 29 años, debería ser más inteligente’ (y en ese momento se abrió el cielo, una luz celestial bajó y sonó La marcha de Zacatecas).

Como dije en ‘Los arrepentimientos’, definitivamente es mejor hacer las cosas que uno quiere porque, aunque es una frase trillada, la vida es muy corta para gastarla entre el “no porque me da pena” y el que “qué va a decir la gente de mí”. PERO, también es cierto que la línea en el YOLO y ser un reverendo imbécil es sumamente delgada.

Esto lo digo porque después de esa bonita frase, me puse a analizar (algo que sé hacer excelente) que las apuestas no me estaban favorenciendo a mí porque 1) el individuo en cuestión tiene cuestiones del corazón que no se acaban en uno o dos meses; 2) porque en muchas ocasiones ha dicho y hecho cosas que uno normalmente no haría con alguien que le gusta, señales (no sé si conscientes o no) de que no quiere nada conmigo, más que mandarme derechito y sin escalas al friendzone, claro (y de situaciones Alejandrezcas, no quiero padecer más, muchas gracias).

Así que unilateralmente, como normalmente hago en estas ocasiones, decidí de forma madura y adulta que debería retirarme de esa contienda. Está bien ser arriesgado y luchar batallas que parecen imposibles, pero también hay que ser lo suficientemente inteligente para saber, como el General Patton, que uno no manda a las tropas a luchar cuando se sabe que van a perder deshonrosamente, porque después uno anda chillando y citando al laureado poeta chiapaneco Julión Álvarez:

…te hubieras ido antes
no creo que merezca que
mi corazón tires a la basura…

¿Conclusión? Muy simple:

“Mi derecho a vivir y experimentar situaciones y emociones, termina donde empieza mi derecho a mantener sano mi corazón, mis sentimientos y mis emociones”.