Mes: septiembre 2014

Capítulo 5: París era una fiesta (parte I)

No sé exactamente de dónde me vino la obsesión, pero desde que tenía 12 o 13 años quise conocer París. De hecho hasta tuve la loca idea de querer estudiar en La Sorbona la carrera. Digo, estaba en camino de ser un sueño realista porque hasta me metí a estudiar francés, pero las cartas estaban echadas de otra forma.

La cosa es que París ha sido MI lugar desde hace mucho. Y cuando empezó la gesta de este viaje, casi que el único motivo para viajar 11 horas a Europa era estar frente a la Torre Eiffel antes de cumplir 30; por eso quisimos dejar París casi al final, porque era como la cereza del pastel.

En todas las ciudades anteriores el clima había sido benéfico con nosotros con temperaturas de 25 a 30 grados (salvo en Sintra, donde había ventarrones fríos y fue donde me grabaron diciendo “así se conserva la gente en Pachuca” <y no, no estaba borracha>). Llegamos a París con esa idea y bajamos del avión con un suetercito miado como dice mi papá. Pues resulta que esos días estuvieron súper fríos (11-12 grados), con lluvia y viento frío. Afortunadamente traía una gabardina (que estuve maldiciendo casi todo el viaje por el espacio que ocupaba en la maleta); eso y un suéter que compré just for the lols en Barcelona, fue lo que medio me salvó.

Debo decir que París además de ser hermoso, es caro. Los hostales por cinco días nos salían aproximadamente en 500 euros para dos personas, considerando que estuvimos en lugares ‘bien’ de 20 euros la noche, así que decidimos tomar la vía fácil: pedir asilo pagado.

Empezamos a mover las redes sociales desde días antes para que si alguien conocía a alguien que viviera en París y le quisiera rentar cuarto a dos muchachillas, nos contactara. Afortunadamente pegó, y los primeros dos días, Iván y Tanya, amigos de nuestra amiga Alma, amablemente nos asilaron en su casa, mientras que Martha, amiga de una amiga de mi hermana, podía hospedarnos los demás días. Es decir, nos quedamos con puros mexicanos 🙂

El hogar de Iván y Tanya está en Montmartre (¡donde vivía Amelie!). Después de tomar el bus, el metro y caminar, llegamos a un típico edificio parisino. Mientras comíamos unos panecitos de naranja con chocolate, nuestros anfitriones nos explicaron como estaban los usos y costumbres parisinos, que son, básicamente, cuidar de no tocar a nadie en el metro porque los franceses son súper mamones con eso.

Salimos aún con la lluvia (ni modo que nos detuviera esa pequeñez) y tomamos un bus. Me puse un poco nerviosa porque cuando nos sentamos, un tipo empezó a hablar y a señalarse la pierna; por lo que entendí, nos estaba avisando que estaba lastimado y no quería que lo tocáramos. PFFFFF

Bajamos en el Museo de Louvre (o sea, ¡¡¡en el fucking Museo de Louvre!!!) y caminamos con lluvia y neblina. Después cruzamos el Jardín de Tullerías y llegamos a Plaza de la Concordia. Y de ahí, apenitas se alcanzaba a ver las primeras luces de la Torre Eiffel iluminada.

Fue lo más bonito que haya visto.

Caminamos sobre Champs Elysees buscando algo para comer, pero no había nada ni nadie debido al clima. Con tan poco éxito regresamos a Montmartre donde encontramos una pizzería de italianos. Sorpresa, ahí sí comimos una excelente pizza.

Al otro día salimos muy temprano a la paseadera, así que tomamos rumbo al Museo de Louvre (no entramos porque los martes no abren) y de ahí caminamos hacia Notre Dame. Es un lugar impresionante, aunque creo que es más por la historia que guarda que por la arquitectura en sí. Lo que más me gustó fue el altar que tienen de la Virgen de Guadalupe, además, está adornado con una bandera de México.

Quieran o no, sí da la nostalgia.

Salimos y dimos una vuelta por el Barrio Latino que está justo enfrente de Notre Dame. Lo más notable de ese lugar son los restaurantes, hay de todísimo: indios, griegos, mexicanos (que sólo venden burritous) y claro, franceses. No quisimos comer, pero quedamos en regresar (lo que a la larga, veremos que fue un error) así que caminamos siguiendo el rumbo del Sena hacia la Torre Eiffel.

Una vez leí que París es un lugar muy divertido para crecer, y tienen razón. En la rivera del Sena hay muchísimas actividades padrísimas para niños y adolescentes; hay cafés para matar el tiempo, la gente se lleva queso y vino para compartir y se queda ahí sentada por horas, charlando, escuchando música o leyendo. Pasamos por Pont des arts, vimos los candados del amors y justo ese día estaban grabando una escena con Gwyneth Paltrow. Supongo que era una película sobre cocina porque los actores llevaban gorros de chef.

Caminamos y caminamos hasta que llegamos con los pies sangrados… bueno, no, pero la distancia entre Notre Dame y la Torre es bastante larga, como de 5 kilómetros, así que de plano compramos las entradas para subir hasta la cima sin escalas ni romanticismos de subir a pie. Por mucho, fue la mejor decisión que tomamos en todo el viaje.

Obviedades: la vista es impresionante, hay muchísima gente, me dio vértigo subir y mirar hacia arriba, nos tomamos fotos, pensamos qué haríamos si temblara, la Torre está bien altísimisimisima…

Novedades: el hecho de estar ahí, no sólo en París o en la cima de la Torre, sino el momento que estaba viviendo, me dio una sensación muy rara: entre feliz por estar ahí, triste por no poder compartirlo con mamá, satisfecha de haberlo logrado y con ganas de más experiencias así. Creo que así se siente la gente que se droga.

Como ya teníamos hambre, fuimos directo al Barrio Latino a cenar. Llegamos muy rápido y cenamos rico (fue la primera vez que comí sopa de cebolla y la amé). Nos subimos al metro (había bastante gente) y tuvimos que hacer un trasbordo. Hasta ahí todo estaba perfecto, hasta que llegamos a la otra línea y de nuestro lado estaba desierto, claro, salvo por el pequeño detalle que del otro lado había dos banditas de negros gigantescos tomando y fumando.

Ahí fue donde nos dimos cuenta de dos cosas: 1) eran las 12:00am <llegamos a cenar al Barrio Latino a las 10pm> y por eso no había ni un alma. 2) a mí se me olvidó que (otra vez) traía TODO el pinche dinero del viaje y mi pasaporte. Así que de golpe me puse transparente y me empecé a sudar frío. Afortunadamente llegamos bien, sin contratiempos y al otro día recordé dejar el dinero en la maleta.

Esa misma noche, mi hermana nos mandó la primera foto del príncipe heredero. Lu y yo nos tomamos de la mano para verla (creo que Lu lloró).

Y en el siguiente capítuloooo

Ahora sí entramos al Louvre, metemos tortas a Versalles y nos dirigimos de vuelta a Madrid para la última parada turística.

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Día 1 de lluvia y frío

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La morenita en la tierra del croissant

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¡Los franceses son unos loquillos!

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Caminamos 4.9 km 😦

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Barrio Latino!

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¿Qué haciendo Frida?

Roma se recorre a pie (parte II)

Como recordarán de la entrega anterior, a pesar de que estábamos emocionados por conocer Roma, también íbamos con horribles expectativas. Primero, por todos los comentarios negativos que tenía el hostal elegido; segundo, porque la página de la embajada de México en Italia decía que La Merced es un lugar fino y elegante a comparación de Roma. Resultó que el hostal no estaba tan feo y al parecer Roma no era tan peligroso, así que aflojamos el cuerpo y nos sentimos como en nuestra casa. Paseamos de lo lindo con todo el pinche dinero del viaje y el pasaporte en las bolsas (no fuera a ser que nos lo robaran en el hostal); tomamos el turibús (si van, no lo compren, sale muy caro para el recorrido que pueden dar a pie o en metro sin ningún problema) y llegamos al Coliseo. Entramos, turisteamos, nos maravillamos (yo siempre pensé que el piso estaba liso, como en una arena, y no) y al salir a buscar el siguiente punto turístico, ¡zaz! de repente llega un policía con un güey al que se traía a jalones mientras se lo llevaba a una señora jubilada, de esas que andan con bermudas caqui, sandalias con calcetín y vista perdida porque en su pueblo, Amarillo, Texas, esas cosas no se ven. Pues resulta que todo el numerito que acabábamos de presenciar era el resultado de un asalto y la oportuna reacción de los carabinieri (esos guapos, fuertes, velludos y… oh lo siento) eficaces policías romanos.

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(¿a poco no dan ganar de delinquir con tan eficaz aparato policiaco?)

La cosa estuvo así: el asaltante le metió mano a la mochila de la señora gringa, y como ella estaba con la mirada perdida, pues no se dio cuenta. Otro transeúnte que sí lo notó, corrió tras el ratita y al mismo tiempo llamó la atención del carabinieri que corrió en el acto. Amagó al carterista y lo llevó ante la señora que, hasta ese momento, no se había dado cuenta que sus vacaciones se acababan de arruinar. Le entregaron la cartera, la señora se quedó con cara de perpleja y pendeja y los demás se subieron a la patrulla. Ante eso, decidimos que estábamos demasiado relajados y a partir de ese momento abrazamos las mochilas y vimos a todos los romanos con caras de carteristas. Seguimos nuestro camino al circo romano. La verdad es que ahí no hay mucho que ver, sólo es un terreno grandote medio pelado de pasto. Bajamos y nos tomamos fotos hasta que vimos que venía el pinshi turibús que se tardaba exactamente tres siglos en llegar, así que corrimos con todas las fuerzas que el alma te da.

Lucía (ajá, adivinaron) estaba tomándose selfies cuando empezamos nuestra loca carrera y apenas alcanzó a ver que ya íbamos en chinga. Afortunadamente ahora sí, iba corriendo y gritando “no me dejen desgraciados” (o algo). ¡Y por fin lo alcanzamos! Nada más para que nos avanzara tres cuadras porque justo a esa distancia estaba Plaza Venecia (que fue donde bajamos). 😦
En la Fuente de Trevi, hicimos lo de aventar las monedas, y sucedió que había unos novios queriéndose tomar la foto y los pinches turistas que no se quitaban. Paco empezó a vociferar y resultó que las fulanas que estaban estorbando eran españolas, así que entendieron cada palabra de los que se les dijo :S
Pasando a la parte de la comida, yo iba con altísimas expectativas de comer como reina toda la comida italiana que se me atravesara, pero resultó que los lugares en los que nos tocó la mala suerte de comer, eran horribles, horrorosos con H mayúscula. En una ocasión, a Lucía le sirvieron una pizza que estaba cruda y mi lasagna estaba sequísima. Tampoco disfruté el famoso gelatto porque pedí sabor ‘panacotta’  (que es un postre de allá) y sabía súper dulce y estaba muy espeso, así que desperdicié un helado de aproximadamente 80 pesos. Bueno, no porque Lucía se comió el mío y el suyo.
Lección del día: no coman cerca de un lugar turístico JAMÁS.
Pero bueno, gastronómicamente no todo fue malo. El vino resultó muy bueno y ese día decidimos entrarle al limoncello (que es un licor de limón-OBVIO- reposado con aguardiente) que es la cosa más celestial de todo el mundo.
Al otro día tuvo lugar la triste partida de Paco. El viaje se le terminaba en Roma así que nos despedimos con mucha tristeza de nuestro compañerito de viaje 😦
Justo ese día, fuimos a dejarlo al autobús de Termini cuando la venganza de Cristóbal Colón se vertió con rudeza en mi pobre ser: me dio una diarrea impresionante ahí, a media calle.  Afortunadamente alcancé a llegar al baño y terminé con relativa dignidad mi estancia en la Ciudad Eterna.
Y en el siguiente capítuloooooo…
-Lucía y yo llegamos a París ❤ ❤ ❤ ❤
-Vemos por primera vez en la historia del mundo, la primera foto de Bruno Nicolás.

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Pidiendo deseos en la Fontana de Trevi

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El Río Tiber, no el de la Cuauhtémoc, el de Roma

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¡Dato! Esta es la fuente de ‘Ángeles y demonios’.

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Plaza Venecia