Capítulo 4: Roma se recorre a pie

Léase este capítulo con música de Adriano Celentano 

Cuando salimos de Lisboa, ya teníamos hospedaje en Roma. Dudamos mucho en ir por dos factores: uno, en la página de la embajada decía que Italia, en general, es un país donde roban a los turistas y dos, porque no encontrábamos hospedaje. Al final, pudimos reservar en un lugar que tenía malas referencias pero era muy céntrico y muy cerca de Termini (que no teníamos idea de dónde era: es la terminal de trenes y autobuses más importante de Roma). Pensamos que no podía estar taaan mal e hicimos de tripas corazón.

Logramos llegar al aeropuerto y corrimos (literalmente) al módulo de Vueling. [Una cosa que quiero acotar en este momento, es que, aunque viajar en estas aerolíneas es barato y eficiente, también es un problema si llevan maletas grandes o que tengan rueditas. Si estas se pasan del espacio permitido, hay que documentarlas y eso cuesta exactamente 35 euros (un robo en despoblado)]  Afortunadamente la empleada que nos tocó estaba tan de buen humor que nos documentó las maletas sin pagar un euro y nos puso en primera clase (que consiste en asientos con más espacio para las piernas).

Fue un vuelo de lo más extraño. Primero llegó el capitán del avión (que parecía un típico playboy italiano y ruco) con unas muchachonas, luego subía y subía gente, como si fuera un avión sin fin. Después pensamos que ya nos íbamos y a la mera hora abrieron la puerta y entró más gente. Además hubo muchísimas turbulencias del alto terror.

Yo puse música para relajarme  y lo que había en mi iPod era ‘I have forgiven Jesus’ de Morrissey.

“Monday – humiliation
Tuesday – suffocation
Wednesday – condescension
Thursday – is pathetic
By Friday life has killed me
By Friday life has killed me…”

Todo mal.

Pero hubo algo asombroso, milagroso y único: en el trayecto de Barcelona a Roma, el miércoles 10 de septiembre de 2013,  mi hermoso sobrino Bruno nació, aunque yo me enteré como cinco horas después, cuando llegamos (eran como las 11 pm).

Llegamos a Vía Calatafimi a buscar nuestra nueva ubicación. Primera vista: horrible. El edificio se veía bastante descuidado, viejo y apenas cabíamos en el elevador con nuestras maletotas. Cuando vimos el lugar no nos pareció tan mal; en estos casos la lógica es: si hay mochileros, significa que es un lugar confiable.

Entramos, nos cobraron y nos llevaron a nuestra habitación. A pesar de que ahí sí íbamos con el pensamiento “espera lo peor”, no estuvo tan terrible como creímos: estaba bastante limpio, teníamos una terraza bonita, el baño estaba justo enfrente de nuestra puerta, y como el lugar era un bed and breakfast, en las mañanas nos daban café con leche, jugo de naranja y chocolatinas, ¿qué más se le puede pedir a la vida?

El itinerario de ese día, decía: Vaticano todo el día. No es que seamos religiosos, pero ir a Roma y no pasar al Vaticano está medio estúpido. Así que dirigimos nuestras agotadas humanidades hacía la casa de Dios (o eso dicen).

Ya en el metro nos dimos cuenta que había mucha gente, muchísima. Resulta que había un porqué: ese día el mismísimo Mario Bergoglio (a) el papa Francisco daba audiencia. (Les digo, pura suerte de turista).

Si alguna vez van, la cosa está así: ven al papa un ratito y después se van al museo Vaticano. Vale la pena porque la fila en el museo (el mismo que contiene la Capilla Sixtina) es enorme, y mientras todos están aperrados (y apendejados) viendo al  Vicario de Cristo, usted se puede meter tranquilamente sin temer que la jubilación le vaya a llegar haciendo fila.

Hablando de la Capilla Sixtina y del Museo del Vaticano en general, la verdad es que no soy muy afecta al arte sacro, me aburren mucho las pinturas de ese estilo. Y como supongo que mucha gente razona igual que yo, hay un camino largo y un ídem corto para ver la Sixtina. Vale la pena los aventones y los gritos en italiano de los policías que no permiten tomar fotos. Eso sí, dejan que uno esté todo el tiempo que quiera viendo el techo (es magnífica la técnica que parece en 3D, pareciera que las pinturas se caerán del techo en cualquier momento).

Donde sí estuvimos a punto de jubilarnos, fue en la fila de la Basílica de San Pedro. Si la fila de La Sagrada Familia nos había parecido larga, ésta era la madre de todas las fucking colas del mundo. Tardamos exactamente dos horas y media en entrar, eso sí, valen la pena los empujones, el solazo, el cansancio de estar parados y los turistas que se quieren colar. (Por cierto, una de las cosas que llaman la atención, es que pareciera que la población de Roma se divide en turistas orientales y empleados medio orientales, de preferencia paquistaníes).

Volviendo a la Basílica, es hermosa. A mí las iglesias me interesan como joya arquitectónica, pero ésta, además de esa valía, tiene toda la historia, misticismo, y obras maestras (como La Piedad) que cualquier iglesia le envidia. Hay muchas capillitas para rezar en las que sólo lo dejan a uno estar dos minutos, pero que, al parecer de Lucía (porque yo me negué a entrar), se siente mucha paz y eso que uno busca en una iglesia que no esté abarrotada de turistas orientales fotografiando el piso…

Y en el siguiente capítulo…

Vamos a la Fontana de Trevi, el Coliseo, presenciamos un asalto y casi dejamos (otra vez) a Lucía en el Circo Romano. Paco nos abandona y yo conozco la venganza de Cristóbal Colón.

Nos toca comida horrible pero chupes celestiales.

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