Mes: agosto 2014

Capítulo 4: Roma se recorre a pie

Léase este capítulo con música de Adriano Celentano 

Cuando salimos de Lisboa, ya teníamos hospedaje en Roma. Dudamos mucho en ir por dos factores: uno, en la página de la embajada decía que Italia, en general, es un país donde roban a los turistas y dos, porque no encontrábamos hospedaje. Al final, pudimos reservar en un lugar que tenía malas referencias pero era muy céntrico y muy cerca de Termini (que no teníamos idea de dónde era: es la terminal de trenes y autobuses más importante de Roma). Pensamos que no podía estar taaan mal e hicimos de tripas corazón.

Logramos llegar al aeropuerto y corrimos (literalmente) al módulo de Vueling. [Una cosa que quiero acotar en este momento, es que, aunque viajar en estas aerolíneas es barato y eficiente, también es un problema si llevan maletas grandes o que tengan rueditas. Si estas se pasan del espacio permitido, hay que documentarlas y eso cuesta exactamente 35 euros (un robo en despoblado)]  Afortunadamente la empleada que nos tocó estaba tan de buen humor que nos documentó las maletas sin pagar un euro y nos puso en primera clase (que consiste en asientos con más espacio para las piernas).

Fue un vuelo de lo más extraño. Primero llegó el capitán del avión (que parecía un típico playboy italiano y ruco) con unas muchachonas, luego subía y subía gente, como si fuera un avión sin fin. Después pensamos que ya nos íbamos y a la mera hora abrieron la puerta y entró más gente. Además hubo muchísimas turbulencias del alto terror.

Yo puse música para relajarme  y lo que había en mi iPod era ‘I have forgiven Jesus’ de Morrissey.

“Monday – humiliation
Tuesday – suffocation
Wednesday – condescension
Thursday – is pathetic
By Friday life has killed me
By Friday life has killed me…”

Todo mal.

Pero hubo algo asombroso, milagroso y único: en el trayecto de Barcelona a Roma, el miércoles 10 de septiembre de 2013,  mi hermoso sobrino Bruno nació, aunque yo me enteré como cinco horas después, cuando llegamos (eran como las 11 pm).

Llegamos a Vía Calatafimi a buscar nuestra nueva ubicación. Primera vista: horrible. El edificio se veía bastante descuidado, viejo y apenas cabíamos en el elevador con nuestras maletotas. Cuando vimos el lugar no nos pareció tan mal; en estos casos la lógica es: si hay mochileros, significa que es un lugar confiable.

Entramos, nos cobraron y nos llevaron a nuestra habitación. A pesar de que ahí sí íbamos con el pensamiento “espera lo peor”, no estuvo tan terrible como creímos: estaba bastante limpio, teníamos una terraza bonita, el baño estaba justo enfrente de nuestra puerta, y como el lugar era un bed and breakfast, en las mañanas nos daban café con leche, jugo de naranja y chocolatinas, ¿qué más se le puede pedir a la vida?

El itinerario de ese día, decía: Vaticano todo el día. No es que seamos religiosos, pero ir a Roma y no pasar al Vaticano está medio estúpido. Así que dirigimos nuestras agotadas humanidades hacía la casa de Dios (o eso dicen).

Ya en el metro nos dimos cuenta que había mucha gente, muchísima. Resulta que había un porqué: ese día el mismísimo Mario Bergoglio (a) el papa Francisco daba audiencia. (Les digo, pura suerte de turista).

Si alguna vez van, la cosa está así: ven al papa un ratito y después se van al museo Vaticano. Vale la pena porque la fila en el museo (el mismo que contiene la Capilla Sixtina) es enorme, y mientras todos están aperrados (y apendejados) viendo al  Vicario de Cristo, usted se puede meter tranquilamente sin temer que la jubilación le vaya a llegar haciendo fila.

Hablando de la Capilla Sixtina y del Museo del Vaticano en general, la verdad es que no soy muy afecta al arte sacro, me aburren mucho las pinturas de ese estilo. Y como supongo que mucha gente razona igual que yo, hay un camino largo y un ídem corto para ver la Sixtina. Vale la pena los aventones y los gritos en italiano de los policías que no permiten tomar fotos. Eso sí, dejan que uno esté todo el tiempo que quiera viendo el techo (es magnífica la técnica que parece en 3D, pareciera que las pinturas se caerán del techo en cualquier momento).

Donde sí estuvimos a punto de jubilarnos, fue en la fila de la Basílica de San Pedro. Si la fila de La Sagrada Familia nos había parecido larga, ésta era la madre de todas las fucking colas del mundo. Tardamos exactamente dos horas y media en entrar, eso sí, valen la pena los empujones, el solazo, el cansancio de estar parados y los turistas que se quieren colar. (Por cierto, una de las cosas que llaman la atención, es que pareciera que la población de Roma se divide en turistas orientales y empleados medio orientales, de preferencia paquistaníes).

Volviendo a la Basílica, es hermosa. A mí las iglesias me interesan como joya arquitectónica, pero ésta, además de esa valía, tiene toda la historia, misticismo, y obras maestras (como La Piedad) que cualquier iglesia le envidia. Hay muchas capillitas para rezar en las que sólo lo dejan a uno estar dos minutos, pero que, al parecer de Lucía (porque yo me negué a entrar), se siente mucha paz y eso que uno busca en una iglesia que no esté abarrotada de turistas orientales fotografiando el piso…

Y en el siguiente capítulo…

Vamos a la Fontana de Trevi, el Coliseo, presenciamos un asalto y casi dejamos (otra vez) a Lucía en el Circo Romano. Paco nos abandona y yo conozco la venganza de Cristóbal Colón.

Nos toca comida horrible pero chupes celestiales.

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Los arrepentimientos

Hace algún tiempo, mi querida  amiga Yolanda escribió en su muro de Facebook (palabras más, palabras menos): “entre el ‘me da pena’ y el ‘qué van a pensar de mí’, se nos va la vida”.  Y hoy estoy muy de acuerdo.

Creo que el arrepentimiento se divide en dos: de las cosas que no hicimos (como subirnos a la montaña rusa de 90 grados) y de las que sí hicimos y queremos borrar del histórico de nuestras vidas (como ese novio al que apodaban ‘El ewok’ o aquella vez que vomitamos a la mitad de una fiesta al lado del dude que nos gustaba). Just saying...

Este post (afortunadamente) es sobre el primero.

No es que me haya pasado la vida arrepintiéndome de todo, pero debo aceptar que sí soy seguidora de la doctrina ‘no, porque me da pena’ y de esa corriente filosófica llamada ‘qué va a decir la gente de mí’. Y por eso me perdí de cosas que me hubiera gustado hacer, sobre todo en materia social, como ir a más fiestas, ser más sociable y menos antipática o hasta la cosa más tonta como enviar un request friend en Facebook (cosa que llevo varios días meditando).

¿Por qué nos detenemos? ¿Es miedo a hacer el ridículo? ¿Sólo queremos evitar la frustración?

Últimamente tuve un arrepentimiento (que es el que me lleva a escribir esto).

Como antecedente para que la historia se entienda, diré que parte de mi vida he sido muy tímida, sobre todo entrada la etapa del adulto joven (¿por qué a estas alturas del partido? No tengo idea, pero fue como regresarme). Si han visto The Big Bang Theory, conocen a Raj Koothrappali y saben que es el mutismo selectivo; entonces entenderán si digo que me ocurre algo muy parecido cuando un tipo me gusta mucho. No le hablo y procuro hacerme lo más invisible posible. Tengo tres casos icónicos: en 2011 con Alejandro, que después se convirtió en mi mejor amigo porque me mandó a la friendzone (y con el que actualmente ya no hablo por razones que no vienen al caso ahora); en 2012 con Felipe, un tipo al que conocí en el trabajo (al que tiempo después, le dije vía Facebook que me gustaba y ni ‘gracias’ me respondió, sólo me dejó de hablar. WAIT, ¿por qué hacen eso ante tal exposición de vulnerabilidad? ¿les ofende o les hace sentir sucios? Reflexionen, chavos).

y…

El actual: junio-julio 2014, con Cristobal, un diseñador al que sólo veía pasar y que me ponía tan nerviosa que ni siquiera podía sostenerle la mirada. PA-TÉ-TI-CO.

Mis amigos me decían que mínimo le dijera ‘hola’. No podía, lo juro; algo me detenía, me ponía roja y me quedaba muda. Cuando tomé suficiente valor para hacerlo, era muy tarde, él acababa de renunciar.

(me acabo de acordar de un quote de la película Amelie: “La suerte es como el Tour de Francia. Lo esperamos durante mucho tiempo, pero pasa rápido. Cuando el momento llega, hay que saltar la barrera sin vacilar.”

Bueh 😦


¿Qué me queda del arrepentimiento? Aunque hay mucha frustración, también coexiste otro sentimiento: el de resignación porque las cosas así tenían que pasar, que no era para mí, que no era el momento, bla bla bla. Quizá es el autoconvencimiento como colchón de emergencia para no sentir tan duro el madrazo, no lo sé. Sólo siento que la próxima vez lo haré mejor, que me atreveré y que esto me hará más feliz.

Por lo demás, creo que hay pocas cosas que haya deseado profundamente y no haya hecho. Quizá la única que arrastré por muchos años, fue la de no haber estudiado Ciencias Políticas en lugar de Periodismo. PERO, cuando trabajé en el gobierno y conocí muchos politólogos, me di cuenta que aquello no era lo mío. Hubiera botado la carrera en el tercer semestre.

Así que ahora me arrepiento de haberme arrepentido.

¿Y ustedes de qué se arrepienten?

Capítulo 3: Barcelona, la ciudad de las malas prácticas (nuestras)

NOTA: Hay muchísimas referencias a ‘Todo sobre mi madre’. Ustedes disculparán el fanatismo. 

Nos despedimos de Lisboa alegres de haber estado ahí, felices por conocer un nuevo lugar, pero tristes de irnos. Creo que a eso le llaman ‘saudade’.

Llegamos en la tarde al aeropuerto para tomar el avión que nos llevaría a Barcelona. Estaba muy emocionada porque en la pasantía que hice en el Museo de San Ildefonso durante la exposición de Gaudí, me enamoré de la arquitectura y juré que tenía que verla en persona. Además, los tres tan fans que somos de Almódovar, teníamos que pisar la Barceloneta y todos los lugares de Todo sobre mi madre.

Llegamos al módulo de Vueling, sacamos los pasaportes y Lucía… no encontraba el suyo. Cuando Paco le dijo a la señorita de la aerolínea que Lu no encontraba su pasaporte, puso cara de ‘ya se chingó’. Nos hicimos a un lado en lo que la afectada sacaba todo el contenido de su maleta. Afortunadamente lo encontró en el fondo de la misma y pudimos respirar (más ella que nosotros).

El vuelo fue tranquilo aunque llegamos bastante tarde, como a las 11. Y en lo que nos dieron las maletas, salimos del aeropuerto y llegamos a Plaza Cataluña nos dieron la 1 am. Aquí es donde empiezan las dos estafas que nos bajonearon…

Primera. A pesar de que el hotel estaba muy cerca (como a 10 euros de distancia), el taxista nos dio un tour nocturno que costó 18 euros. Se encargó de dar la vuelta por Port Vell, el Monumento a Colón, la Plaça Duc de Medinaceli, hasta llegar a Montjuic, donde estaba nuestro hotel.

Segunda. Hostal Barcelona es un pinche hotel de porquería. A pesar de que tienen colgadas en la página fotos de los cuartos (http://www.barcelonahostal.com/) las habitaciones son un COCHINO FRAUDE.  Digamos que los lugares de las fotos sí existen, pero sólo dos están remodeladas, todas las demás están horribles y sucias. En Tripadvisor (¡cómo no leímos antes!) decía que hasta reportes de robo tenía el lugar. Aunque estábamos muy enojados y frustrados (veníamos del maravilloso y feliz hostal de Marck) nos consolamos pensando que sólo estaríamos tres días ahí.

Lo que siguió estuvo más bonito (sí y no).

Bajamos a desayunar y nos encontramos con un restaurante llamado Can Pepe (después descubrimos que en Barcelona todo se llama Can, creo que significa ‘casa’). A pesar de que en Europa no se estila desayunar fuerte, ahí tenían paquetes de comida bastante copiosos, como a la gringa, así que desayunamos maravillosamente y nos encaminamos a Plaza Cataluña. En Port Vell (que significa Puerto Viejo) nos encontramos con la ruta del turibús que, igual que en Lisboa, valía mucho la pena porque casi puedes recorrer toda la ciudad por relativamente poco. Pero nos subimos hasta el segundo día.

Durante el primero caminamos muchísimo por Port Vell, la Rambla (donde al final, está La negra flor) la Barceloneta, el Barrio Gótico y el museo de Picasso. En la Barceloneta nos paramos justo frente al Hospital del Mar, donde Manuela le cuenta a Rosa que tenía un chiringuito y Lola le ponía el cuerno. Creo que nos tomamos foto pero no estoy segura.

De ahí, caminamos hasta una heladería que que tenía sabor crema catalana (entre limón, vainilla y ¡mmm!). El Barrio Gótico es lo más bonito, hay gárgolas por todos lados y está la Catedral de Barcelona donde Lucía prendió velas a quién sabe cuántos santos. Yo sólo le prendí vela a Santa Rita y a una santa que era la patrona de los partos para que mi hermanita le diera la bienvenida a Bruno con todo bien. 

(PARÉNTESIS. CUANDO ME FUI, MI HERMANA ESTABA A DÍAS DE PARIR. DE HECHO, NO ESTUVE EN EL NACIMIENTO DE BRUNO 😦 ]

A pesar de que ya estábamos muy cansados, no queríamos regresar al hotel feucho, así que tuvimos la excelente idea de tomarnos unas cervezas cerca del hotel. Resultado: terminamos medio pedos (o muy), Lucía le tiró encima una cerveza a Paco, nos acabamos la cajetilla que estábamos administrando con recelo y al otro día estábamos crudos y cansados.

😦

Por lo tanto, cuando tomamos el Turibús al otro día, bajábamos a turistear casi por obligación. Hicimos poquitas paradas: en el Pueblo Español, donde están concentrados todos los tipos de arquitectura que hay en España (y donde se nos perdió Lucía por andar comiendo y chupando de a gratis), en La Sagrada Familia y en el Paseo de Gracia. Yo quería ir a Parc Güell para ver la víbora de mosaicos, pero mi falta de fuerzas rebasaron mi deseo de bajar.

La Sagrada Familia es impresionante. Aún con el pequeño detalle de que hay una fila gigantesca, cobran carísimo (como 13 euros) y hay muchísima gente, TODO vale la pena al entrar. Si por afuera es impresionante, por dentro es una explosión de diseño, columnas y formas geométricas inspiradas en la naturaleza. Prácticamente no se puede abarcar con la mirada todos los detalles que hay. Y eso sólo por adentro; por afuera está llena de referencias a pasajes específicos de la vida religiosa. Es de verdad una obra maestra.

Cuando salimos, vimos que el Turibús estaba llegando a la parada, así que corrimos porque se tardaba mucho en arribar. De repente, Paco que iba adelante de mí, me pregunta ¿y Lucía? Yo todo el tiempo creí que iba atrás de mí, pero no, simplemente la habíamos dejado. Nos asomamos a la calle y lo único que alcanzamos a ver fue la manita de Lu diciendo adiós.

Por supuesto, en la siguiente nos bajamos para esperar a que llegara.

Después seguimos el tour normal sin bajarnos. Yo estaba tan cansada (y cruda) que me quedé dormida casi todo el camino y sólo desperté en el estadio olímpico, en el Camp Nou (mejor y erróneamente conocido como Nou Camp) y uno que otro punto de interés.

Cuando llegamos a Plaza Cataluña de nuevo, tuvimos que hacer una escala técnica para ir al baño. Quiero acotar que, esto lo escribo, porque encontrar el baño en El Corte Inglés es realmente una odisea: nadie sabe dónde es (unos dicen que en el primer piso, otros que en el mezzanine), las señalizaciones son las peores del mundo y encima es un relajo preguntar porque, aunque en México todo el mundo entiende que es un ‘baño’, allá creo que es grosero. Entonces no sabíamos si preguntar por los aseos, el baño, los lavabos o ‘eselugardondeunohacepipíyloqueseofrezca‘.  

Por si se lo preguntan, el baño está en el sótano.

A pesar de los contratiempos la pasamos bien y comimos estupendamente. Mucha paella, jamón ibérico, empanadas, vino, helado de crema catalana, cerveza y fiambres. Yo que estoy bastante familiarizada con la comida española, gracias a mi abuela, no tuve queja alguna.


 

Cuando digo que Barcelona es la ciudad de las malas prácticas, me refiero a lo siguiente (si van de viaje, experimenten en cabeza ajena, por favor):

1. En cuanto al hotel, debimos meternos a Tripadvisor o cualquier sitio donde se emitan opiniones respecto a los bienes y servicios que uno adquirirá. Estamos en una época en la que se puede obtener información donde sea, así que dejarse llevar por las fotos (y por la emoción) no está bien. Lo resiente el bolsillo en un momento vital para cuidar el dinero.

2. Lo del taxi, aunque fue algo que no podíamos evitar (igual en México se encajan con los turistas), sí pudimos prever trazando una ruta en transporte público antes, incluso, de viajar. Para eso existe Google Maps, pues.

3. Si ya se van a tomar la molestia de ahorrar un año para cruzar el pinche océano, es vital estar todo el tiempo con los cinco (o seis) sentidos conectados. Es decir ¡NO SE PONGAN PEDOS POR AMOR DE BABY YISUS!  La verdad es que no disfruté Barcelona como quería porque estaba entre cruda y atropellada; si van a vivir la experiencia, háganlo bien.

4.  Asegúrense de que su celular, cámara, tableta o con lo que vayan a tomar fotos esté correctamente cargado. Tengo poquitas fotos de Barcelona porque a mi celular se le bajó la batería y no encontraba cargador.

Continuará…

(En el siguiente episodio: casi perdemos el avión a Roma, creemos que Roma es una señora copetona, llegamos al Pantitlán italiano, vemos un robo y ¡nace Bruno!)

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Barrio Gótico

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Barrio Gótico

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Port Vell

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Port Vell

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La Barceloneta

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