Mes: julio 2014

¿Me da un ride a las Europas? Capitulo 2: Bela Lisboa

A Lisboa llegamos por pura casualidad.

Mi primer plan de entrada a Europa, era llegar por Lisboa o Porto porque no sé de dónde saqué que era más barato y más fácil (ahora que lo veo a la distancia, no hubiera podido hablar con el agente de migración de ahí porque no sé hablar portugués, y con el inglés que masco, quizá me hubieran mandado deportada a México).

La cosa es que cuando compramos los pasajes a Madrid, quedó descartado pasar por ese punto, ¿quién quiere ir a Lisboa si puedes ir a Berlín o a la Toscana? Pero Lucía estaba necia con que quería ir. Al final cedí y el 4 de septiembre en la tarde llegamos a nuestro primer destino.

Lisboa es una ciudad sumamente sencilla de transitar. El metro sólo tiene 4 líneas (amarelha, vermelha, verde y azul) y para nuestra fortuna, la misma línea de la estación Aeroporto nos dejaba en Saldanha, nuestra parada. Afortunadamente la ubicación del hostal era bastante sencilla, así que con el pensamiento de “somos chilangos rudos”, dimos muy rápido; la dificultad la encontramos cuando llegamos al lugar: tocamos el timbre una, dos, SIETE veces y nadie nos abría o decía algo. No había carteles o algo que indicara que ahí había un hostal.

Empezamos a ponernos ligeramente nerviosos, ¿sí era o no el lugar? ¿nos habían estafado? La situación se ponía a nivel CHALE. Con la pizca de templanza que nos quedaba, buscamos un teléfono; primera llamada, no contestaron, segunda llamada, contestaron y se cortó; tercera llamada, BINGO, pudimos comunicarnos, nos dijeron que ya nos estaban esperando, que no había problema, blablabla todo en un español mordisqueado.

Regresamos al edificio. Al subir, descubrimos que el hostal era un departamento grandísimo acondicionado para hospedar gente (lo descubrimos después: todos los hostales en los que estuvimos eran así).  Ahí conocimos al sonriente y amabilísimo Marck, el dueño de My Lisbon Rooms. Por una confusión entendió que llegábamos a otra hora y por eso no estaba (fiu); nos mostró todo el departamento, nos enseñó la clave de la puerta y nos indicó dónde cenar pizza o comida china.

Hasta este punto, seguíamos sin entender qué jodidos hacíamos en Lisboa.

Al otro día nos trepamos al metro y llegamos a Baixa Chiado (Barrio Bajo). Cuando salimos del metro, la primera vista fue ésta:

170d1349268781-baixa  ¡Cómo no enamorarse a primera vista!

Seguimos caminando por la calle que se ve en la foto y que lleva a la Praça de comercio. Y ahí fue donde Lucía empezó a llorar como loquita.  Resulta que hay una película de Wim Winders llamada Historia de Lisboa y, evidentemente, retrata los lugares más bonitos del lugar. Ese filme le gustó tanto que decidió que algún día iría a Lisboa. Fin de la anécdota.

Lisboa es una ciudad costera bonita. Muy bonita. Se asienta al lado del río Tajo y en algún momento fue la joya de la corona portuguesa. Hay folclor por todos lados: están orgullosos del fado, las sardinas asadas, Alfama, Pessoa, Saramago, Amalia Rodrigues… todo confluyendo con la vida moderna, representada por los graffiteros (por si no lo saben, Lisboa es la capital mundial del graffiti), el Ponte Vasco da Gama y la Torre del mismo nombre.

La peculiaridad de esta ciudad no es que tenga un atractivo en sí, sino que toda la ciudad es atractiva por los pequeños detalles que la componen: su gente educada y tranquila, la arquitectura blanca y estilizada, la ausencia de tráfico y coches pitándose furiosamente. Es un lugar donde  crecer, tener hijos, hacerse viejo, encontrar al amor de tu vida, cumplir tus metas… vivir.

(¿Se nota que estoy perdidamente enamorada de Lisboa?)

Día 2: Fuimos a Sintra

Por algún extraño motivo, todo el tiempo que hablamos de Sintra estuve en el entendido de que había playa en ese lugar. Incluso cuando llegamos le preguntaba a Lucía “¿y aquí por dónde se sale a la playa, tú”?  Mucho después comprendimos que la playa está en el pueblo vecino de Cascais (y que eso quedaba a media hora).

A pesar de eso lo disfrutamos cantidad. Resulta que Sintra es un lugar que yo encuentro parecido a las fotos de San Miguel de Allende (y digo que las fotos porque nunca he ido); tiene dos castillos, el Castelo dos Mouros y el Palacio da Pena. Tomamos la pésima decisión de no pagar el camión de 5 euros que subía al Palacio da Pena y subir caminando. Después los que dábamos pena éramos nosotros porque después de caminar y caminar, descubrimos que nos faltaban 10 km para llegar (de ese día me quedó un tobillo como matraca). Tuvimos que pagar de todas formas.

Por supuesto, cuando llegamos ya era muy tarde y teníamos poco tiempo para recorrerlo. Pero aún así  valió la pena, es una construcción hermosa e imponente.

Un jueguito que tuvimos todo el viaje fue el de descubrir por el acento, quién era mexicano. En este caso no nos dio mucho trabajo cuando escuchamos una vocecilla femenina que decía “tómame una foto con las pinches conchaaaas”; ahí estaba nuestro folclor representado por miembros de la marina mexicana (se acuerdan de los marinos del Buque Cuauhtémoc que se madrearon en Polonia, esos mismos).

También comimos de maravilla. Encontramos que la comida portuguesa, aunque sencilla, es deliciosa (y barata). Mucho bacalao, aceitunas, pan delicioso y pasteles con natilla ( mejor conocidos como queixadas y los que tienen denominación de origen, Pasteles de Belem). Entramos a un lugarcito donde por 8 euros una señora regañona nos sirvió las croquetas de bacalao más ricas del mundo. Regresamos en el tren y cenamos en un lugar de comida china llamado Chana y al otro día, tristemente volamos a…

Continuará…

 

Lisboa 1                         Lisboa comida

No se pierda la impresionante historia de cómo sí nos estafaron en Barcelona, yo me quedo dormida en el turibús y Paco y yo dejamos abandonada a Lucía en La Sagrada Familia. 

 

Anuncios

¿Me da un ride a las Europas?

Cuando regresé de Argentina en 2011 me sentí tan bien y tan mayor (como un bebé que está aprendiendo a caminar) que decidí que en 2013 me iría a Europa.

Aunque en 2012 pasaron cosas capaces de descorazonar al más optimista, llegó enero de 2013 y empecé a ahorrar. Después de convencer a una amiga, unírsenos otro amigo, tener la desfachatez de pedir tres semanas de vacaciones (las cuales evidentemente me concedieron) la tarde del 3 de septiembre iba montada en el vuelo México-Madrid con el estómago hecho un nudo.

Como bien dicen que la aventura empieza desde antes, y la mía comenzó cuando al llegar puntualmente (cuatro horas antes como marcan los vuelos internacionales), me di cuenta que no tenía asiento asignado. ¿QUÉ? ¿CÓMO QUE NO?  pero si lo compré desde mayo, ya tengo reservaciones hechas, no me haga esto… 

Después de rogar, enojarme, hacerme la digna y todo lo que se me ocurrió, me dijeron que como tenía un vuelo de conexión me iban a dar prioridad (en este punto debo añadir que no sólo yo fui afectada, Paco, mi amigo, tampoco tenía asiento, la única que tenía el vuelo seguro era Lucía). Aún así, había probabilidad de que no me fuera o que viajara en clase premiere, por lo cual rogamos al dios de las aerolíneas (aunque nuestras súplicas no fueron atendidas).

 

Al final logramos irnos ese día. A las 7 estábamos sentaditos esperando abordar el avión que después de 12 horas nos haría pisar suelo madrileño.

El viaje fue tranquilo y calmado. La verdad es que nunca me ha dado miedo viajar en avión, al contrario, lo disfruto muchísimo; en el trayecto vi Goodfellas, El gran Gatsby, y otras que no recuerdo. También brindamos, platicamos, me dormí, leí, me aburrí y tuve un calambre. Resultó que apenas estábamos cruzando el Atlántico 😦

Por fin llegamos y un agente de migración medio seco con cara de fastidio me preguntó que qué hacía yo en su país. Puse cara de “es la primera vez que salgo de mi rancho” y dije que iba a hacer un tour (casi detallado). Me miró con cara de “estos mexicanos”, me puso un sello y me mandó a la chingada. Como Lucía hizo exactamente lo mismo que yo, cuando le tocó a Paco sólo le dijo “ah, vienes con éstas dos”. Le puso su sello y lo mandó a la chingada.

Nos fuimos felices.

Esperamos otras tres horas en lo que salía el vuelo hacía Lisboa. Para ese momento llevábamos 16 horas viajando y estábamos hambrientos, cansados y apestosos (y yo ya debía haber aprendido la lección de que en viajes largos se carga con un cambio de blusa, mínimo).

Cuando por fin abordamos el siguiente avión nos regresó la alegría al cuerpo. Y más porque al parecer viajamos en Aerolíneas Península (si vieron Los amantes pasajeros tendrá sentido la referencia, si no, vean el video anexo). Los tres azafatos (por cierto, uno se parecía a Vin Diesel) estaban embobados con un muy muy guapo portugués que no le pedía nada al baboso de Cristiano Ronaldo. Al resto de los pasajeros ni nos pelaron en la hora y media que duró el vuelo.

Continuará…

(En el siguiente capítulo no se pierda de cómo llegamos a Lisboa, creímos ser estafados y Lucía llora por todo). 

Diario de una viajera neurótica: Montevideo y yo <3

Nota: Si es usted uruguayo y soporta la crítica a su país, siga leyendo. Si es usted argentino y le gusta la alabanza moderada a su país, siga leyendo. Si es usted mexicano y le da igual todo, siga leyendo.

 

El día que llegué a Montevideo, lloré en la noche y en la mañana.

No sé si porque fue un mal día para ambos (llegué un lunes, día en el que todo está cerrado), venía con expectativas muy altas o porque el síndrome del Jamaicón me atacó por fin, pero me sentí terriblemente triste, frustrada y sola. En Buenos Aires, como sea, estaba con mi familia, mi prima ha sido súper cálida y la ciudad es muy hermosa.

Cuando llegué a Montevideo (sin ánimo de ofender a nadie, aclaro)  me encontré con una ciudad gris, medio cayéndose de vieja, olorosa a gasolina y otro olor dulzón que no pude identificar pero que odié, y fría como la chingada (la sensación térmica era como de 7 grados).

No ayudó que el hotel en el que me hospedé estaba igual de viejo pero no bonito o cuidado. Parecía el recuerdo de un hotel que hace unos 40 años debió ser hermoso y elegante y ahora queda solo el cascarón de lo que fue (de repente me sentí en el capítulo de Los Simpson en el que Bart llega a Francia).

Lo único que me complacía es que estaba limpio (más adelante este detalle cobra importancia).

Salí a buscar un nuevo hotel. Algo de tres estrellas que al menos pareciera haber sido inaugurado hace 20 años; no encontré ninguno, regresé fastidiada, cansada y encabronada. Cuando estaba a punto de llegar a “Hotel Don Porfirio” entré a otro que también estaba en la misma calle (la 18 de julio, avenida principal  muy cerca de Ciudad Vieja, como el centro histórico) y me llevé un susto. Primero me preguntaron si quería habitación con baño propio. Le dije que sí, siguiendo el juego. Acto seguido me llevaron a ver la habitación y ¡dios santo! parecía que no la habían limpiado en mucho tiempo y el baño era un ASCO.

Cuando regresé a “Don Porfirio” vi la habitación como si fuera la del Sheraton.

La mañana siguiente amanecí muy deprimida. Nada era lo que yo pensaba, yo creí que me iba a encontrar algo parecido a Buenos Aires, con sus edificios art decó enormes, sus autopistas modernas, su Puerto Madero altanero y hermoso. Nada, niente, ¿me equivoqué de ciudad?.

Así que en la tarde decidí tomar el city tour.

Cierto, Montevideo no es tan moderno comparado con Buenos Aires, pero tiene su aire lindo. El malecón (que aquí llaman Rambla) es bello y la panorámica es incomparable. Lo que pasa es que aquí es todo un poco más sencillo, casero y sin extravagancias. Como comer una rica gelatina hecha por mamá. Tiene su propia hermosura, oculta a los ojos del que la quiere ver de un vistazo, pero innegable para el ojo conocedor; hasta me sentí identificada con ella.

Dicen que incluso, el presidente José Mujica (ex guerrillero tupamaro con el que quiero relacionar una anécdota familiar en otro post) se pasea por la 18 de julio  sin guaruras, vive en su casa del cerro (el único de Montevideo y eso no significa zona exclusiva) y el Palacio de Gobierno está en el centro, de hecho es un edificio que no llama la atención. Bonito y sencillo.

Punta del Este (como el Cancún uruguayo) es mucho más moderno y estilizado, con hoteles enormes, tiendas de lujo y playas tranquilas. Aunque de este lugar no puedo decir mucho porque estaba lloviendo y preferí quedarme bajo un techo para resguardame que empaparme para ver puras tiendas cerradas porque era miércoles de temporada baja (es decir el 80% de los locales cierra por esa circunstancia). Bueh.

Hey, conocí Casapueblo (y de eso profundizaré en otro post), hogar museo del artista plástico Carlos Paez Vilaró (muy gaudiniana, por cierto) Yo no conocía su obra, hasta que vi el cuadro de una mariposa que curiosamente, fue mi trabajo final para la materia de dibujo de imitación en 4to de preparatoria. Casi once años después, continente de por medio me vengo a enterar que es obra suya. 

LOL

 

La rambla

 

El héroe nacional José Artigas. Me enteré dos días después que el edificio grande de atrás es el Palacio de Gobierno (donde despacha el presidente)

 

Ciudad Vieja

 

 

Hotel Don Porfirio

Próxima parada turística: Caminito, Estadio River, panteón de La Recoleta, Casa Rosada y lo que se ofrezca

Diario de una viajera neurótica: hola hola Buenos Aires.

Para los que vivimos fuera de la Argentina, cuenta la leyenda que sus  habitantes son sangrones (prepotentes, pues) porque se sienten europeos y eso les da un aire de superioridad que no soportamos en toda América. En esta leyenda hay cosas ciertas y falsas, por supuesto. 

La parte cierta es que sí, los argentinos piensan que son europeos y tratan de resaltar todo lo posible esa herencia. En palabras de un argentino, esta es la definición que tienen de sí mismos: un español que habla italiano que se viste como francés creyéndose un lord inglés.

Los porteños (algo así como los chilangos) son los que hacen más mucho patente esa condición y eso se ve clarísimo en su arquitectura y urbanismo; nada más no conducen por la derecha porque ya sería mucho exhibicionismo, pero Buenos Aires (capital Federal) es un conjunto de edificios entre ingleses, castillitos alemanes y chalets suizos. Portan orgullosísimos sus apellidos italianos (la gran mayoría) y niegan sus raíces indígenas porque para ellos, la Argentina fue fundada por inmigrantes. Y la gente que ya habitaba el territorio, bien gracias. . 

Claro, en este lugar hubo mucho menos mestizaje pero de todas formas, las raíces indígenas siempre formarán parte de la historia, queramos o no. 

Pero no estábamos hablando de eso. 

Cuando llegó la oleada de argentinos a México, pensábamos que eran gente como la que nos pintaban los chistes. Después conocí gente como Gabi,  Chiqui, Coco, Cintia, Guille entre otros, que se encargaron de borrar los prejuicios que particularmente, yo tenía. Pero lo curioso es que casi ninguno de ellos es porteño, es decir, vinieron sin esa superioridad citadina que nos caga y que (los habitantes del DF debo admitir) también tenemos.

Ahora que estoy aquí no he tenido oportunidad de tratar casi con ningún porteño. Salvo el guapetón de la agencia de viajes, pero claro, debía tratarme bien porque ahí estaba su comisión. No puedo hablar con conocimiento de causa, pero sí puedo decir algo sobre el punto al que yo quería llegar que es la arquitectura.

Los que tenga la fortuna de conocer Europa no podrán dejarme mentir: esta es una ciudad que quiere ser europea por donde se vea. Desde las iglesias góticas (a mi me dicen catedral y pienso en churriguresco), las casas, los edificios… en todos lados se siente un sabor que al menos en México no hay. Allá nos encanta sentirnos gringos porque la influencia es enorme. Acá toman el mate a las 5 pm, se asolean en los jardines mientras toman la picada (una tablita con queso, jamón crudo y vino), detallitos así.

La ciudad en sí, es una enorme urbe cosmopolita a la que no le hace falta nada, ni siquiera el mar (bueno, es el río pero si huele salado, parece mar). Claro tiene sus flaquezas: dicen que el subte (o el metro) es un buen transporte público, pero el tren que va para la provincia tiene deficiencias enormes. No hay casi secuestros o mafia del narcotráfico, pero las villas (o ciudades perdidas como las conocemos en México) se multiplican de forma escandalosa (por un barrio de media alta, hay una villa al lado), porque la inflación es del 26% y la gente ya no tiene donde vivir. hay pocos secuestros, pero el número de delitos por los carteristas y roba bolsas sube como la espuma… 

Aún así es un lugar donde viviría sin hacerme del rogar. Nada más tráiganme una tonelada de chiles chilpotles, jalapeños y ya.

 

¿alguien dijo Inglaterra?

 

río Tigre

 

catedral de La Plata

 

Puerto Madero

 

municipalidad de La Plata

 

Los monoblocks de Buenos Aires capital

 

El Obelisco

 

Más Puerto Madero

 

Museo de Tigre

 

Diario de una viajera neurótica: fantasma de aeropuerto

Mi día amaneció con un té verde en la mano y los Andes nevados frente a mí.

Perdón si son ateos pero lo único que pude decir fue: Dios mío. Me gusta acordarme de Dios cuando miro estos paisajes, es el tipo de cosas que me hacen recordar que (para mí) sí existe y que soy tan pequeña. Entonces le agradezco que me permita contemplar con arrobo semejantes cosas… aunque sea a través de un ventanal.

Después de un largo viaje de ocho horas (jamás había viajado tanto en avión) llegué a Santiago de Chile. Aunque Argentina era mi destino final, la escala era de seis horas y pensando que todos los aeropuertos están en la mitad de la ciudad (como es el caso del aeropuerto defeño) pensé que era muy factible bajarme a dar la vuelta y regresar sin contratiempos.  

Oh tonta de mí.

Resultó que 30 dólares más un desconocido impuesto por ser mexicana, me separaron de ir siquiera a tocar la pared de la casa de Pablo Neruda. 

Como mi codería, el mal tiempo y las cenizas (ahora explico cuáles) me quitaron la intención, me quedé vagando por el aeropuerto más aburrido del mundo mundial, y refugiándome en el único lugar que me pareció familiar (ironías de la vida): Starbucks.

Sí, esa maldita franquicia snob en la que nos gusta pavonearnos con las laptops a beber ventisdeslactosadoslatteslight, que es ridículamente caro, pero que amamos. 

Pues sí, me refugié a escribir a ver qué pasaba. Y vaya que pasó: ese día en la madrugada un volcán cuyo nombre me parece impronunciable hizo erupción y aventó las cenizas a la Argentina causando que cancelaran todos los vuelos de la mañana.

Afortunadamente mi vuelo estaba programado para la tarde aunque en ese momento lo más lógico era que, dadas las condiciones, que probablemente tampoco saliera el mío. Ese estrés hizo que no me aburriera y siguiera contemplando los Andes nevados que me ofrecían como consuelo.

Finalmente mi avión salió en tiempo y hora, (después me enteré que tuve suerte bárbara porque ese fue el único vuelo procedente de Chile que aterrizó en Ezeiza, el aeropuerto) así que los únicos high light de mi estancia en Chile, fueron una señora en el sanitario que estaba “haciendo” con la puerta abierta y que un señor se puso medio grave en el avión Santiago-Buenos Aires. Creo que sí se recuperó =)

Los imponentes Andes a través del ventanal

 

Los chilenos son bien listos, pagas con dólares y te regresan monedas del país

 

mi escala en estarbucks solo para tener electricidad y wi-fi. La más cara de mi vida