Capítulo 2: New York I love you, but you’re bringing me down

Y como es hora de hacer el drama a un lado, sigamos con el show que siempre, siempre debe continuar. 

Esa noche que llegamos fuimos a cenar hamburguesas. Recorrimos gran parte de Amsterdam Av. y resulta que Johny no mintió; la oferta de restaurantes y bares es grande  y variada en Upper West Side. Bastaba voltear a cualquier lado para darse cuenta: comida china, griega, italiana, tailandesa… de todo.
Aún así nos metimos a un pub con mesas afuera (porque hacía bastante calor) y fue ahí donde el idioma nos jugó de las suyas por primera vez pues Faby pidió ensalada en lugar de papas, o algo así. LOL

Al otro día nos levantamos temprano para iniciar nuestro recorrido. Faby que es tan precisa, armó un itinerario de acero: iríamos a Times Square, ahí entraríamos a las tiendas famosas (M&M’s, Disney…) luego a comprar el City Pass, y de ahí a la estatua de Hope y de Love que están relativamente cerca. Pero como estaba viajando con una compañera errante a la que el calor le afecta tremendamente, los planes cambiaron, digamos que un poquitín.

La avenida que está paralela a Amsterdam Av. es Broadway (yo no sabía que era como Insurgentes, es decir, que cruza casi toda la ciudad) y como estábamos relativamente cerca de Times Square, nos fuimos caminando (unas 20 cuadras aproximadamente).

Times Square, es un lujo de turistas. Lo digo porque supongo que un neoyorkino difícilmente se emociona, como un chilango cero se anima con el Zócalo iluminado. Pero como yo iba de visita, me emocionó mucho ver las pantallas, los anuncios y la tanta vida que ahí se desarrolla. Mares de gente entraban y salían de las tiendas, se formaban en la unifila para comprar boletos para el teatro, se sacaban fotos con las atracciones humanas que ahí pululan. Me recordó tantito a Madero con sus estatuas vivientes y las botargas.

No soy nada fan de los lugares con tanta gente, me pongo de malas, hago jeta y todo me parece mal, pero bueno, estaba de vacaciones y a eso iba (o si no me hubiera ido al desierto de Atacama o algo). Aguanté, juro por dios que aguanté, pero la gente y el calor excesivo empezaron a hacer estragos.

Resulta que ese día era el Día Internacional del Yoga e hicieron la clase más grande de Bikram Yoga en el corazón de Times Square, y vaya que no se necesitaba estar en el sauna, para ese momento ya hacía un pinche calorón. Faby estaba tan emocionada viendo la clase, que casi me dio pena decirle que necesitaba que me serrucharan la cabeza porque me estaba estallando. Por no tomar agua (y es que luego dónde entra uno a sacar esa agua) me dio insolación.
Me sentía mareada, ida y no podía ni caminar de lo que me pesaba y dolía la cabeza. Horror.

Nos fuimos de ahí y compramos aspirinas en un kiosquito y nos dimos cuenta que estábamos muy cerca del MoMa. Entramos para descansar y comprar el City Pass, pero resulta que este museo se salió del convenio y entonces ya no lo vendían ahí, tendríamos que caminar hasta Rockefeller Center y debido a mi situación actual, era imposible.
Decidimos quedarnos ahí hasta que se me pasara el dolor, pero nomás no cedía. Mi prima me dio agua, me dejó en un sillón (y como ahí nadie me conocía, pos que me acuesto) y nada. De repente me tuve que parar corriendo al baño… y pues eso, hice mi chiste en el MoMa. ¡Esperen! Sí alcancé a llegar al baño, todo fue muy privado y muy íntimo y muy artístico. Jiji.

Después de mi chiste (que creo que era lo que necesitaba porque extrañamente me sentí mejor después) caminamos hasta la estatua Hope. La verdad es que yo no le veo nada de bonito, sólo son unas letras, pero a la gente le mama, así que ahí vamos. No me tomé fotos ahí (en general creo que tomé muchas fotos, pero no mías, no soy fans), pero a mi prima le raya así que retomamos el “tómame una foto, tío” (chiste-local.jpg) y captamos el feliz momento.

Como había turibuses, tomamos un tour que creímos que estaba bueno (maldición, otra vez nos traicionó el idioma porque no era el mejor. Había uno que hacía recorridos buenos y estaba en español. Ni pedo). A diferencia de Europa o la CDMX, en NY hay como mil compañías de turibús, entonces encontrar la conveniente es un problema. Total que nos subimos y dimos el recorrido por dowtown sin bajar: vimos de corridito Wall Street y su famoso toro, el edificio de la ONU, pasamos por la quinta avenida, vimos un poco del Village, la NYU… estuvo bonito. regresamos a Times Square y nos fuimos directito a Juniors.

Por cierto, ahora sé por qué los gringos son tan gordos. Ellos sí creyeron el pedo del Holocausto Zombie y entonces comen como si tuvieran que guardar reservas para sobrevivir. Las porciones de comida son estratosféricas: sándwiches de tres pisos, medio kilo de papas a la francesa en el plato, cuatro capas de embutidos y dos quesos diferentes… Su comida es una locura de calorías. Pero eso no impidió que me zampara un sándwich grilled cheese y el MEJOR  cheesecake que haya probado en toda mi vida (justo ahora lo extraño tanto). 

Regresamos a Amsterdam Av caminando. La verdad es que NY es una ciudad muy tranquila (bueno, esa parte) y aunque yo traía mi paranoia que tanto detesta Faby, regresamos relativamente tranquilas. Nos encontramos un Marshall’s en el camino y celebramos mil.

Y en el siguiente capítulo… Vuelvo a ser la damnificada del viaje, pero conocimos el Guggenhaim, caminamos como ocho millones de cuadras para llegar al Empire State y yo me doy cuenta de que la Estatua de la Libertad no se puede ver desde cualquier punto de NY como me hicieron creer en El día después de mañana.  

¡Esa maldita frustración!

Tengo que admitir que hoy 8 de agosto me siento sumamente frustrada.
Hay un libro de Luis Spota que me gusta mucho y que leído cientos de veces, “Casi el paraíso” y su continuación “Paraíso 25”. Para no hacerla mucho de emoción, el protagonista siempre está persiguiendo “La seguridad” (y con esto, se refiere a la seguridad económica y social) y lo hace a través de medios legales y no taaan legales.

La cosa es que cuando cree que ya resolvió el pedo, algo pasa y vuelve a caer como en las serpientes y escaleras: dos casillas, vas pa’ abajo… (me suena un poquito como la cuesta de los arrepentidos del Popocatepetl cuando todavía se podía uno trepar).

Esperen, ¡la primera línea tiene relación con lo demás! Me siento frustrada porque, como Ugo Conti, el protagonista, (o Sandro de Altavista y Palmas, en la continuación) siento que cuando estoy a punto de conseguir la seguridad y recuperar la fe en el amor, todo se derrumba, como castillo de naipes. Como si una entidad malvada pensara: “se ve taaan feliz… vamos a mandarle un mojón de mierda”.

Resulta que en los últimos años las cuestiones del amor han tenido sus altibajos, y la verdad es que tampoco me había preocupado tanto, hasta que un día dije: “creo que ahora sí quiero una relación”. Y digo, no es que me arroje a los brazos del primero que me voltee a ver, pero cada vez que pienso “creo que él podría ser” pasa algo tan estúpido que me manda a la casilla cero de serpientes y escaleras.  Estoy viviendo mi propio y vergonzoso Juego de la Oca del amor, y no está nada chingón (justo ahora me siento taaan Charlotte).

Hace poco conocí a un individuo que resaltó de todos los patanes papanatas que había conocido en Tinder (paréntesis: me pregunto cómo habría sido Sex and the City con Tinder… Cierro paréntesis).  Él no parecía así: era atento, amable, inteligente, con un sentido del humor algo peculiar, pero cagado. Cuando nos conocimos, en los primeros diez minutos me incomodó (creo que él estaba nervioso) pero después la plática fluyó hasta que decidí quedarme con él el resto de la tarde. Cuando me separé de su lado, en la noche, pensé que la canción Un amor violento de Los Tres, nos quedaba a la perfección.

Después de tres semanas, terminé llorando a mares en el hombro de mi papá.
¿Qué pasó? ¡Todo parecía ir tan bien! Al principio me adjudiqué toda la culpa. Yo tuve la culpa por haberle mandado el poema “De qué callada manera” de Nicolás Guillén (pendeja, pendeja, tú y tus putos arranques románticos que no deberían existir) El día anterior habíamos ido a una fiesta, estábamos contentos. Nos sacamos la típica foto de salón en la que nos vemos lindos y medio enamorados…
Lo que no estoy diciendo es que cada vez que se sentía cómodo y feliz, le daban ataques de pánico y decía que no se sentía capaz de enamorarse, que no podía ser mi novio, que no sabía si podía con eso, que no quería sentirse vulnerable… Hasta que no volvió a decir nada.
Después de dos mensajes largos (“…cuando estés preparado sabes dónde encontrarme…” “yo quiero seguir con esto porque eres lindo, inteligente…”) sólo hubo silencio. Ayer hice el último intento, con un “¿cómo estás?” Silencio.
Me aplicaron el ghosting, amigos. Ya sé cómo se sintió mi Sean Penn adorado.

Como presumo de ser tantito inteligente, asumo que el “no quiero sentirme vulnerable” le ganó. Y atando cabos, creo que fue lo mejor. ¿Quién quiere estar con alguien que te señala tus defectos de forma tan directa? (lo digo porque en una ocasión me dijo que debería ponerme ortodoncia e incluso se ofreció a pagarla) o que nunca está seguro de sus sentimientos y justo cuando estás más feliz, te da un golpe certero en el corazón.
O sea, entiendo, por dios que entiendo. Estaba a punto de entrar a una relación medio neurótica, estoy mejor así, pero… ¿por qué se siente tan culero en el corazón?

Justo ahora estoy atravesando mi etapa del enojo: odio recordar las cosas bonitas, las promesas y todo con lo que se fue ganando mi corazón y con lo que caí. Odio que me haga sentir que no existe un amor violento que te deslumbra, odio que me haga pensar que no quiero volver a dedicarle un gesto tierno y amoroso a alguien (porque yo no soy así). Estoy muy enojada porque siento que se llevó un poco de mi amor y mi ternura.

Estoy tan enojada y tan triste que le patearía las bolas en este momento, y sin remordimientos con unas buenas botas Dr Martens (así que no te atrevas a cruzarte en mi camino, Daniel).
Estoy frustrada, muy frustrada porque siento que la seguridad del amor se me fue una vez más.
(Por cierto, quiero decirle a todas las damas finas que leen este blog, que el 90% de los hombres que he conocido en dicha red, son eso, patanes papanatas. Ya había jurado por los nuevos y los antiguos dioses que no la volvería a descargar. Me castigaron mandándome a Daniel.  Ahora sí, nuevos y  antiguos dioses, juro por escrito [y por dios que me mira] que no la volveré a descargar nunca jamás en lo que me quede de soltería).

Espero que pronto llegue la última etapa del duelo: la resignación. El “qué bueno que no pasó”, “es porque voy a conocer a alguien mejor”, “así estoy más tranquila” “era otro patán papanatas de Tinder”… No veo la hora feliz en la que me llegue la resignación, por dios.

El arte de saber conformarse

Creo que en nuestra realidad de millenials que se aburren cada cinco minutos, el hecho de conformarse, se ha vuelto un pecado.

¿Por qué nos vamos a conformar con el iPhone 6 si ya está saliendo el 7?, ¿por qué conformarme con salir con un solo tipo, si Tinder me ofrece un vasto catálogo de hombres?, ¿por qué conformarme con un solo trabajo si puedo freelancear y trabajar para muchos?

En este momento de mi vida estoy entendiendo que el concepto de “conformarse” ( que es el primo hermano feo de la aceptación) poco tiene qué ver con la mediocridad y sí tiene mucha relación con que ese es un factor para sentirnos un poco más felices.

Si bien, inconformarse es un signo de rebeldía y de evolución, lo contrario también puede significar equilibrio y paz, porque de esta forma aprendes a ser feliz con lo que tienes, y no te la pasas pensando en todo lo que te estás perdiendo, porque, ojo, de todas formas no lo tienes.

Conformarse es apostar por la carta ganadora; quizá no tendrás la adrenalina de pensar que puedes o no ganar, simplemente sabes que lo harás, y entonces eso te borra un montón de problemas de la cabeza; no construyes castillos en el aire. Es quedarse con la bellísima sala de muebles Troncoso, en lugar de asomarse a la otra catafixia, a ver si te sale una llave gigante de unicel para abrir las puertas de nada.

Cada cosa tiene su lugar, eso sí. Este nuevo concepto de “conformarse” no tiene nada que ver con “aguantarse”. Es aceptar con paz una situación que te traerá beneficios, saber si puedes o no cambiarla, y cómo distinguir la diferencia.

Por ejemplo, cuando iba con la psicóloga, le decía que no tenía novio porque no quería conformarme con lo que hubiera, que yo quería un amor que me hiciera ver las estrellas y que además tuviera barba, tatuajes, fuera educado, de buena familia, independiente, trabajador, sensible, con buen humor, que viviera solo y que le gustara el rock. La psicóloga me vio y me dijo, “querida: pues siéntate y ponte cómoda porque quien sabe si pase”.

Lo que me estaba pasando no era inconformarme, era apostar en un chingo de ruletas al seguro número perdedor.

Conformarse con las cosas buenas, no es mediocridad, es ser agradecido con la vida. O quizá no se llama conformismo, se le dice aceptación. Y la aceptación del entorno, es amor.

 

Capítulo 1: Welcome to New York

(léase con la canción ídem de Taylor Swift)

Todo empezó el día de mi cumpleaños 29. Ese día salí dizque temprano de trabajar (como media hora antes) y mi prima Fabio pasó por mí al parque Lincoln (un lugar muy nais en una zona más nais en la que solía trabajar como ya platiqué aquí).

Como era jueves y estaba a dieta, no hice nada especial. Además, como mi cumpleaños es en junio, ese día estaba lloviendo a cántaros y por ende, estábamos atoradas en el tráfico, eso sí, cantando canciones de Juan Gabriel a grito pelado.
Mientras llegábamos a casa de mi hermana, donde me esperaban papá, los dueños del hogar y mi hermano, Fabio y yo platicábamos sobre los treinta años, y que es un drama subir el tercer piso y que la chingada. Entonces decidí que cumplir 30 no sería un suceso trágico de adiós a la juventud, sino un acontecimiento magno de hola a la madurez: ese mismo 26 de junio pero de 2015, no estaríamos atoradas en el tráfico de Thiers, la pasaríamos en la Quinta Avenida de New York.

Y así fue como justamente, el 26 de junio de 2015 a las 12:00 estaba escuchando jazz y tomando cerveza en el Fat Cat del Village en Manhattan.

Como todos los viajes empiezan antes, el mío comenzó cuando pasé toda la odisea burbujas de sacar la visa. Tenía miedo porque, a pesar de que soy una adulta en uso de todas mis facultades mentales, no he tenido NUNCA un crédito. Es decir, no existo para el buró del crédito.
Podrán decir que es padrísimo y lo que sea, pero no tener historial crediticio es peor que tener mal historial crediticio. Y lo peor es que cada vez que meto solicitud para una tarjeta me rechazan porque les parece demasiado sospechoso que alguien de 30 años nunca se haya embarcado con Liverpool o ya de perdis con el C&A. La cosa es que después de mucha maroma con la solicitud en línea, el pago del banco y la pinche cita en la embajada, ¡LO LOGRÉ! Me dieron la visa un minuto antes de que me diera el coma diabético y el supiritaco juntos, (como lo puede ver en el post de aquí abajito).

Después de eso todo fue como pan con mantequilla: ahorrar, pedir permiso, adelantar trabajo, conseguir hospedaje… Por cierto, si van a viajar, no tengan miedo de usar Airbnb, es excelente y uno se puede quedar en zonas bonitas a precios equitativos (como lo veremos más adelante).
Total que llegó el día. Nos fuimos el 22 de junio y salimos en el vuelo de las 8 de la mañana, por lo que  (sí, adivinaron) teníamos que estar en el aeropuerto a las 4 de la mañana.
Así que la noche antes, me bañe, acomodé la ropa que usaría, dejé la maleta en la puerta, me fui a dormir… y desperté a las 4:15 gracias a la llamada de Fabiola que ya estaba formada en el aeropuerto.
Afortunadamente vivo relativamente cerca, así que en chinga nos vestimos y mi papá me fue a aventar al aeropuerto con la respectiva bendición de diosito.

Lo demás fue fácil: documentación, espera, abordaje; llegamos a Houston después de dos horas y ahí fue donde empezó mi pánico escénico porque, la verdad, no hablo muy bien inglés y pasar migración me parecía una misión tan complicada como pedir trabajo en la CIA. Ya se me hacía que me regresaban en el primer avión por mala pronunciación.
Pero no. Resultó que la gente era el triple de amable de lo que yo había pensado: el de migración me felicitó por mi cumpleaños, dijo que no me veía de 30, otro agente se dio cuenta que no hablaba bien inglés y me habló en español… Todo tan bonito, hasta que me subí al otro avión y mi asiento no se reclinaba y mi acompañante era un viejo apestoso😦

Llegamos a Manhattan y debíamos llegar con Jonnhy Nguyen a nuestro alojamiento de Amsterdam Av. Como expertas viajeras que se han subido al metro de seis países, nos trepamos al primer metro que pasó y casi acabamos en Queens. Aiñ
Resulta que en NY el metro tiene su maña. No es como en México que la línea te lleva en una sola dirección, depende de dónde te encuentres te puede llevar a otros lugars, así que hay que fijarse bien hacia donde va uno, o se corre el riesgo de acabar en Timbuctú… ok no tan lejos, pero al menos en una de las equivocaciones puede perder de media a una hora, justo como nos pasó, pues perdimos una hora y media en la perdedera, cuando debimos llegar en 20 minutos a Upper West Side.

Por fin llegamos a la estación que está afuera del Museo de Historia Natural y de por sí, yo ya me había emocionado en Bryan Park (que por ahí cerca nos dejó el bus del aeropuerto), cuando vi el Museo me dio el chock. Esa parte de la ciudad es preciosa: los gringos tienen muy bien dominado el marketing de su ciudad a través de las películas, porque llegar a Manhattan es meterse a cualquiera de las películas que hayamos visto: la arquitectura, los negocios, la gente… Sentía que de cualquier lado saldría Carrie Bradshaw taconeando o Tom Hanks en You’v got a e-mail (que por cierto, dimos de pura casualidad con el café donde él se da cuenta que Meg Ryan es su amiga de e-mail).

Pues llegamos con Johnny que como cualquier neoyorkino, ya se le hacía tarde para ir a cenar con sus amigos. Nos explicó lo básico del depa (que era pequeño pero muy bien ordenado) y nos dijo que básicamente, ahí era la mejor zona para comer y beber, así que en donde nos sentáramos sería buena opción. Y lo fue.
Después de lavarnos la cara y quitarnos la mugre del viaje, nos metimos a comer hamburguesas a un pub. No eran las más deliciosas del mundo (como más adelante lo comprobé).
Continuará…

Y en el siguiente episodio, no se pierdan como fue que me dio insolación, vomité en el MoMa😦 , pero me emocionó mil estar en Times Square🙂

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¡Cuando llegué a la sección de visas, válgame dios!

Todo empieza con el deseo inocuo de viajar a Estados Unidos. Si ya tiene su pasaporte, bien, ya tiene la primera mitad que es fácil, donde todo es risa y diversión.

Viene la segunda parte, donde todo es llanto y tristeza que es sacar la visa. Esto se compone de varios pasos que sólo equipararía con el trámite para pedir el uso de material radioactivo o para pertenecer a las fuerzas armadas del Mosul y que a continuación enumero:

 Uno: hay que visitar la página de la embajada, pero yo aconsejo buscar en Google “embajada americana” “visas” y ya con eso tenemos. Si se pone uno a buscar el enlace en la página principal, puede pasar más tiempo del que gasta jugando Candy Crush, buscando el chingado enlace.
Dos: ya que encontró la página, hay que leer las instrucciones con cuidado. En caso de que no domine el idioma de Shakespeare, hay versión en español. Deben llenar la solicitud, esa no está en español, así que mejor tener a la mano el Google Translate, o se corre el riesgo de declarar que es traficante de blancas.
También tengan el pasaporte a la mano (o al menos el número) porque lo piden y no se pueden saltar secciones.
Tres: Ya que llenó la solicitud y declaró que usted no es terrorista, no ha participado en tráfico de personas, armas y/o drogas, ya puede pasar a la página donde se hacen las citas (porque son dos). Deben pagar el moche de 2, 400 pesos y hacer las dos citas (la de las huellas en un lugar llamado CAS y la entrevista con el cónsul).

 ¿Llegó a este punto? Felicidades, viene lo peor: ahora debe presentarse a la entrevista con el cónsul, que es, prácticamente, una ruleta rusa. Hay como diez mil mitos sobre los documentos que hay que llevar, y otros diez mil sobre cómo es la entrada a las oficinas. La verdad es que todo es muy sencillo:

  •  Lleguen 15 minutos antes de la entrevista, no media hora, ni una hora, ni cinco minutos antes.
  • Llegará el coordinador y pedirá los papeles. Lo único que hay que presentar es el pasaporte y la hojita que parece que tiene una credencial con un código de barras y que le sellan a uno en el CAS. Solamente y nada más.
  • Van a pasar a un túnel con una paquetería como la del supermercado. Ahí quitan celulares, perfumes, antibacteriales, memorias USB, tarjetas de memoria, cargadores, etcétera. Les dan su pase para recogerlos a la salida y listo.
  • Pasarán por un cuarto que parece filtro de aeropuerto. Dejen su bolso y chamarra en la charolita de plástico y listo. (Mejor no lleven mochila porque esa sí se las van a retener en la entrada).
  • Ahora deben pasar a una mesita con una señorita que depende de la hora puede ser sonriente o no. Validará los mismos papeles que les pidieron en la entrada. (Dejen en paz ese fólder). Les dirá en qué fila deben sentarse para esperar a que la marrana ponga.

 ¡Viene la parte intensa! Después del mucho (o poco) tiempo que esperen, les asignarán una ventanilla para ver al cónsul. Así es, una ventanilla como del banco (para los que creían que era una oficinita en la que pacientemente interrogan a uno).

En este punto quiero hacer una acotación: aunque suene horrible, la máxima “como te ven, te tratan” se aplica más que nunca. Al cónsul no le va a interesar todo lo trabajador que sea, buena gente u honesto; lo primero (y casi único) que verá es lo que trae puesto.
Neta vayan bien vestidos, como si fueran a ver a su padrino.

 Llegan las preguntas y donde viene la ruleta rusa, porque las dudas dependerán del humor en que esté el cónsul, del calor, del mes, de la hora, de si ya se quiere ir, de si lo agarró el tráfico y llegó emputado, de si tiene diarrea… O sea, es COMPLETAMENTE impredecible.
Eso sí, lleven todos los papeles que constaten que no se quiere ir a trabajar a la pizca de algodón y que tiene intensión de regresar a México. Si les hace sentir más seguros llevar acta de nacimiento, papeles de la escuela, título profesional y cartilla de vacunación, llévenlo. Puede que se los pidan, puede que no.

 A mí, la verdad, me fue la mar de bien. Traté de pensar que era como hacer cualquier otro trámite y que todo saldría bien (aunque tenía taquicardia y una alberca en las axilas). Me la aprobaron y salí bailando chachachá hasta casa de mi hermana.
Escribo esto porque espero que alguien lo lea y se salve de todas las contrariedades que pasé por nerviosa. Chance se los cuento otro día.

O no🙂

Historias tinderescas de la vida real

Hay una realidad muy fea a la que el segmento de los adultos jóvenes que llevamos una vida laboralmente ajetreada, nos enfrentamos: no tenemos tiempo de conocer a nadie, dígase, para llevar una relación amistosa que trascienda y se convierta en noviazgo o lo que sea.

Por eso, alguien con suficiente cerebro, que seguramente también era un forever alone, tuvo la suficiente paciencia para inventar una aplicación en la que el soltero adicto al trabajo común y corriente, pudiera registrarse (a través de su Facebook, ¡vean la practicidad!) y seleccionar las fotos de quién te gusta y quién no. Si a la persona que le diste like también te dio like, entonces se abre un chat para que puedan contarse la vida (o las pecas de la espalda, según lo requiera la situación).

Si están en la mismas pinchitas circustancias que yo, entonces saben que estoy hablando del Tinder.
Sí señores, caí en sus garras😦

Mientras que mi hermana lo ve con recelo, mi prima me dice que eso es para forever alone (hellouuu!!) y mis amigos dicen que es buena oportunidad, yo lo veo como una forma de tentar al destino. No creo que vaya a encontrar al amor de mi vida ni mucho menos, (pensar de esa forma sería demasiado candoroso) pero he sido testigo de relaciones, ahora estables y exitosas, que no pudieron haberse dado nunca si no fuera por los internets (yo misma estuve en una, nada afortunada como otras, pero tan fue importante que duró tres años de dolor-amor).

Pero bueno, no soy nueva en esta cuestión, he descargado esta pinche aplicación tres veces:

Intento 1: después de varios matches, me interesé en uno en específico. Platicábamos mucho y la verdad, teníamos chingos de cosas en común. Incluso teníamos trabajos similares y hasta gente que ambos conocíamos del medio. Tanta fue la “química virtual” (porque una cosa es la química virtual y otra la química en persona) que decidimos que no había razones para no conocernos en persona.

Y ahí voy a conocer a un desconocido. No estuvo mal, me divertí, pero la verdad es que la famosa chispa no trascendió a la realidad. Y tampoco ayudó que ese coolness que el muchacho en cuestión tenía en la “virtualidad” no la tenía en la realidad (era bastante tímido).

Me sentí mal, pero no volvimos a salir, a pesar de que sí se dio la posibilidad de repetirlo. No había química, ni siquiera amistosa.

Intento 2: creo que gran parte de la falla de este intento, es que la piedra angular de esta aplicación, o sea, el chat que se abre cuando hay un match, es bastante chafa. A veces tenía una buena plática con algún tipo y se arruinaba porque los mensajes llegaban dos días después. No salí con nadie de ese intento, me desesperé y la desinstalé.  La moraleja de esta ocasión, es que si te interesa la persona, de inmediato hay que trasladarse al whatsapp, no hay pierde ahí; además tiene otro acierto importante: en la foto que normalmente está ahí, (que es como la de diario, no la de impresionar) se puede comprobar si las fotos de Tinder mienten (en mi experiencia, un 70% de las veces).

Recuerden, si el vato (o vata, según la preferencia) les gusta en esa foto, es como 50 por ciento probable que les guste en la vida real (aunque claro, hay sus deshonrosas excepciones).

Intento N: A veces Tinder me da flojera y borro mi cuenta y desinstalo todo. A veces me aburro y la vuelvo a instalar. La verdad es que no he tenido amistades o relaciones tan importantes a raíz de esta app, salvo una quizá que sí me interesaba mucho y a la que, por primera vez en todo el tiempo que he usado esta coshina aplicación como que le empezaba a ver futuro.

Pero como nada es infalible y yo no entiendo a la gente, el vato en cuestión se desapareció. Digo, atrás hay toda una historia que sería demasiado balconeo contar aquí, pero la verdad es que me gustaba mucho y creo que en mi afán de no hacerla de pedo, la hice mucho de pedo y pues meh, se esfumó.

Sólo diré que si ese individuo que se dedica al mundo de la música todavía quiere salir o algo, sería más que lindo tomar un café y escuchar Radiohead🙂

 

Capítulo 7 (¡y final!): Madrid, en México se piensa demasiado en ti

¿Creían que se me había olvidado que dejé (¡hace un año!) pendiente el último capítulo del viaje a Europa? ¡Pues se equivocan! (y hasta yo misma estoy sorprendida).

Haré copy-paste de lo último que escribí y que pueden rememorar en el post “París era una fiesta”.

Y en el siguiente (y último) episodio…
Regresamos a Madrid para la última parada antes de regresar a México, conocemos a unos tíos muy guay, vamos al Museo del Prado y al Reina Sofía (¡de a grapa!) y una gitana intenta estafarnos en el Chapultepec madrileño 😦

Pues así. Llegamos a Barajas, un poco tristes de que ya se nos estaba acabando el veinte, pero igual contentas de conocer Madrid. Puedo decir que es una ciudad muy bonita, al estilo de la Ciudad de México. El tráfico normalazo, como el de aquí. El metro igual de lleno, caro pero eficiente. La gente es neuroticona, pero como la de México, o sea, anda uno con mala cara, pero si le preguntan algo, de inmediato ponen sonrisa, le dicen a uno lo que necesita saber y vuelven a poner su cara de malhumor al irse.

Realmente nosotras estuvimos muy pocos días como para dar un juicio, pero hice los mismos recorridos que podría haber hecho en México: fuimos a “El Rastro”, un tianguis de pulgas (y allá le dicen “mercadillo”) que es exactamente igual a La Lagunilla pero sin las caguamas con gomitas y chile piquín; los museos, el Parque del Retiro que es como Chapultepec… Digo, lo disfruté mucho, pero dados los lazos de hermandad e historia compartida, la Ciudad de México es como una extensión de Madrid, nomás que allá te hablan golpeado aunque no estén enojados.2013-09-21 14.27.53Nos hospedamos en el hostal de Alberto, un argentino guapetón como de 40 años que gastaba su tiempo en abrir hostales cuando se aburría del lugar donde estaba. En lugar de mudarse y buscar trabajo, se mudaba, conseguía un departamento muy grande y lo volvía hostal. Buena estrategia.
Ahí conocimos a los parroquianos  del lugar: dos chavitos catalanes que no tenían casa y mientras encontraban “piso” vivían ahí, un chicano de Texas cuya mamá era mexicana, un gringo de NY y una italiana flaquita con la que fuimos al Rastro. Fue la primera vez en todo el viaje que convivimos con otras personas y nos fue muy bien; al ser todos extranjeros, como que caes en una sociedad en la que todos se ayudan y se protegen.

Este lugar en cuestión estaba en la calle de la Montera, a una cuadra de la plaza Puerta del Sol. No había pierde para llegar, pero nuestro cansancio era tanto que confundimos todo y en lugar de buscar el Hostal San Juan, cuyo dueño se llamaba Alberto, buscamos la calle San Juan del hostal Príncipe Alberto, o alguna pendejada así.
Después de una llamada al hostal todo quedó claro y llegamos dos horas después.

En Puerta del Sol, que es básicamente como el centro histórico, todo quedaba muy cerquita: los museos, los restaurantes buenos, los parques, el Palacio Real… todo. Tanto así que no tuvimos la necesidad de subirnos otra vez al metro (y qué bueno, porque está muy caro). Así que caminamos y caminamos durante dos días.

Como estuvimos ahí el fin de semana, corrimos con la suerte de que esos días los museos son gratis a partir de cierta hora. Y para el turista mochilero, es un parote porque las entradas son caras.
Así entramos al Museo del Prado, cuya entrada es libre a partir de las 5, lo que te da como una hora y media efectiva para ver un lugar que se recorre en 4. Ahí lo más práctico es sólo ver las obras maestras: los Goya, echarle un ojo a La meninas… recorrerlo rápido pero efectivo.

En el Reina Sofía hay más chance porque a partir de las 3pm es gratis, y cierran a las 7. Entonces da tiempo perfecto de admirar con calma los Dalí, los Miró, los Picasso y por supuesto, sentarse a reposar mientras le ve uno todos los detalles al Guernica, que es un cuadro grandísimo y sumamente emocional.

Después eso, sólo queda caminar toda la Gran Vía y al final se encuentra uno con La Puerta de Alcalá (que efectivamente, está ahí viendo pasar el tiempo). Ir al Retiro a echarse un rato y POR FAVOR, no le den cuerda a las pinches gitanas.
No tengo nada en contra de ellas, pero sí estoy en contra de que le quieran bajar su dinero a los turistas que, casi siempre, llevan presupuesto limitado. Si van a este bonito lugar, lo mejor es entrar con bajo perfil, como si supieran a dónde van, y no como si acabaran de entrar a la fábrica de Willy Wonka, o sea, desparramando la vista con cara de “qué bonito es todoooo”.

Nosotras íbamos como turistas idiotas y nos interceptó una gitana a la que yo intenté evadir, no así Lucía, a la que le brillaron los ojos cuando la gitana le dijo que casi casi se iba a sacar la lotería. Cuando terminó su numerito nos quería cobrar 20 euros, ¡O SEA 20 EUROS! Yo me puse perra y le dije que si quería, le daba 5. Aceptó de mala gana y nos “regaló” unos ramitos de romero, que yo tan supersticiosa que soy, dejé en el parque no sin antes limpiarme y pedirle a mis santos que me protegieran de la maldad. Horror.
Después de eso, no echamos un rato en el pasto y comimos chicharrones de harina sin salsa Valentina😦

Hablando de comida, en España yo comí de maravilla, tanto en Barcelona como en Madrid. Si algo tienen los españoles, y con lo que personalmente me siento conectada gracias a mi abuela Leona, es su deliciosa gastronomía. Acá encontramos varios lugares que tenían muy buena comida: callitos a la madrileña, empanadas gallegas, paella, fabada, vino, cañas… de todo. Para mí, España es un lugar safe en cuanto a comida, no hay nada que no me guste o que no haya probado, y es comida que siempre me hace sentir como en casa❤

Dos días en Madrid y teníamos que regresar a casa. Extrañábamos los tacos, el pozole, las tlayudas y todos los antojitos mexicanos que se nos cruzaban por la mente. Al final nuestro vuelo se retrasó como cinco horas y tuvimos que comer de malas y rápido en el aeropuerto. Pero me dio tiempo de traerme las más increíbles revistas de modas que haya visto.

Diez horas después pudimos decir: ya llegué, mi México.

Mi cuerpo no le queda a Inditex

Y eso me frustra.

Es hora de aceptarlo: me gusta mucho la ropa, me gusta mucho comprar ropa y me gusta comprar ropa en Inditex. Soy parte de la base de la pirámide que hizo al señor Inditex, el hombre más rico del mundo.

También tengo mi parte banal y bobalicona, pues qué se le va a hacer.

Bueh, y pues eso me lleva al problema que últimamente me está friendo el cerebro: mi cuerpo ya no cabe en la ropa que Don Inditex hace.

La historia está así: en 2014 yo solía pesar 72 kilos, es decir que estaba pasada con 10 kilos y como mis caderas no mentían, era talla 11. Un día dije: “no quiero ser gorda” (con el puño alzado al cielo) y me puse a dieta en lo que fueron los seis meses más largos de mi vida.

Por fin lo logré y llegué a la talla 7 (que no usaba desde mis anoréxicos tiempos preparatorianos). Y así me mantuve hasta que, con el estrés y frustración que tenía en el otro trabajo, a eso súmenle la llegada de la maldita Navidad y el cambio de rutina con mi nuevo trabajo, empecé a subir y subir como la princesa Beatriz (ignoro si hay una princesa Beatriz gorda, pero rima bien). No estoy en la antigua talla 11, pero sí tuve que bajar del clóset los pantalones talla 9.

Y así es como recupero el título de esta entrada: mi cuerpo no le queda a Inditex. ¿Por qué lo digo? Pues resulta que en la bonita época de compras, por supuesto que la talla M y la S que solía usar, ya no me quedaba.

Vestidos, playeras, chamarras, pantalones, todo de la L para arriba. OK, lo acepto, tengo unos kilos de más. PERO resulta que recién me di cuenta de algo en la tienda competencia Forever 21.

Como gorda física y mental, empecé a buscar puras tallas L, ya ni me fijo en la M para no frustrarme más. Hace poco fui de compras a la tienda del bolsita amarilla y vi un vestido realmente encantador. Chin, no tenían talla L, así que la vendedora me ofreció la M. Como no la quise desairar (y también por los aires de esperanza) le acepté la mediana.

Cuál fue mi sorpresa que el vestido me quedó perfecto. 

Después, haciendo memoria, me di cuenta que gran parte de las cosas que compro en ese lugar, son talla M. Es decir, ¿los de F21 se basan en otros maniquíes para hacer su ropa? No estoy justificando mi gordura como en Doug (“yo tengo huesos anchos, yo tengo músculo grande…”) o sea, sé mi verdad, pero el hecho de que cambie radicalmente la parte de las tallas de una tienda a otra, me hace pensar que en verdad que el señor Inditex no sólo controla el mundo de la ropa Fast Fashion, también controla nuestras mentes y la percepción que tenemos sobre nuestros cuerpos.

Si eres talla grande, eres gorda, si eres mediana, pues ahí vas, gordita. Si eres chica, bien. Si eres extra chica, perfecto, te ganaste el cielo de los cuerpos perfectos.

No haré un manifiesto en el que proclamaré que jamás en toda la pinshi vida le voy a comprar a esa gentuza española descarnada, porque la neta es que está difícil, pero sí me da un poco de paz en el corazón pensar que no es que la ropa no me quede. Yo no le quedo a esa marca.

Mientras tanto, si corro con suerte y la contingencia me lo permite, me pararé a correr y ya mandé mi solicitud para que la nutrióloga me atienda con calidad de urgente. Por mera salud (física y por supuesto, mental).

Adiós Makken

Hace exactamente tres años y medio salí de un trabajo en el que no era feliz y sólo duré dos meses. Además de que me cagaba, trabajaba como loca y no tenía tiempo ni de participar en el desmadre general al que llamaban convivencia (le decía “La oficina Montessori”).

Cuando a esa agencia se le cayó la cuenta en la que trabajaba y me dieron las gracias, de inmediato conseguí entrevista en otro lugar: decían que apenas empezaba el área y necesitaban gente con urgencia.

La verdad es que no me convencía ni la zona ni el trabajo (que seguía siendo publicidad), porque mi formación y pasión, es escribir hasta sangrar el teclado. De todas formas fui a entrevista y aunque advertí que no sabía nada de publicidad, me quedé. Realmente necesitaban gente.

Y así fue como inicié esta aventura que ha durado tres años y medio y que terminará el 15 de diciembre (entre un 16 de julio, casi exacto).

En esta H. agencia (como dice mi Moyas) vi, aprendí, me enojé, enfurecí, reí hasta las lágrimas, también lloré y me enamoré mil veces de todos los guapísimos de Polanco. Tuve la oportunidad de viajar y hacer muchos sueños realidad. Hice una vida, en resumen.

Laboralmente crecí mucho. De entrar como community manager que no sabía nada de publicidad, hoy me voy como líder de equipo; aprendí a tener gente a cargo, a dar órdenes, a que no se me moviera el piso por subirme a un tabique. En Makken aprendí templanza y eso me lo voy a llevar toda la vida.

También, aunque suene a cliché, encontré una familia a la que he elegido cuidadosamente, empezando por Teté, que sin su ayuda y paciencia, me hubieran corrido a la semana. Luego se fue formando el HHH Cuartel de las feas con Yola y Moyas y más adelante, Fernanda y Alex. Y los que no son del Cuartel, pero igual amo con todo mi corazón, Raquel y Fernando.

Gracias Moy, has sido mi amigo, confidente y hermano. Nos hemos reído como idiotas, comido hasta reventar, estar tristes, llorar y levantarnos del suelo para agitar la melena y seguir de pie. Decir que te amo es muy poco.

He visto pasar muchas generaciones de makkenianos. Desde los que llegaron como fuertes promesas y en eso se quedaron (como diría Moy: estrellitas marineras hemos visto subir y estrellarse en el suelo), hasta los que llegaron sólo para cubrir la vacante y en realidad se convirtieron en grandes elementos a los que muy pronto, esta agencia les quedó chica. Cuando llegué había exactamente seis personas. Hoy es un robusto equipo de 50 personas y contando.

Vi cuentas llegar, otras irse. Tuve a mi cargo cuentas que no me gustaban y otras a las que se les veía una oportunidad. En especial, llegó una marca que he amado desde el día que Hernán y Li confiaron en mí (como pasó desde el primer día que llegué) y me dieron la oportunidad y encomienda de que la formara a mi gusto y parecer. Desde ese día la alimenté, le di forma, voz y personalidad y solita se convirtió en el gigante que hoy es Larousse latam.

Tres años he trabajado con esa marca y durante ese tiempo, ha sido una de mis mejores experiencias laborales. Agradezco profundamente al equipo de Larousse (Luis de la Peña, Montserrat Cisneros y Gerardo Guerrero) que ha confiado y acepta de buena gana casi todas las demencias que les proponemos (como: ¿qué les parece que agarramos una llama, le ponemos lentes y la volvemos culta?).

Al equipo de diseño que me soportó (Gaby, la damita Nathalie , Luis Rey de mi corazón, Melissa, Andrés y Dafnet) y que me ha seguido en las locuras que no sólo a mí se me han ocurrido, también a Fernanda, Claudia y Rodrigo, en quien dejo mi proyecto más querido y al que le he dedicado trabajo, estrés y sobre todo muchísimo amor.

Nunca pensé vivir tanto en un lugar. Cada año que pasaba ponía en Facebook alguna notita conmemorativa; este año puse una foto en la que sale gente con la que he pasado más horas que con mi propia familia. Y es que es mi otra familia: son con los que río, me enojo, les dejo de hablar y luego de un rato, volvemos a reírnos como si nada pasara (y sí, te hablo a ti cabrón, Fabiola Lara).

No diré que no tengo palabras, porque llevo más de una cuartilla, pero en mi corazón sólo guardo agradecimiento y cariño infinito por la agencia que me ha visto crecer como profesionista y persona, y que sin la formación que obtuve aquí (aprendizaje, reconocimiento, chingadazos, aplausos, frustración, regaños…)  no tendría la oportunidad que hoy, a ojos ciegos, me están brindando en otro lugar.

Neta Makken, muchas gracias.

Lo que tengo que decir sobre Déjame entrar (primera parte)

Primero debo aclarar algo: éste no es el tipo de literatura que suelo frecuentar; no me gusta la sangre, la violencia (excepto en las películas de mafiosos), los vampiros ni nada que se le parezca. No me gusta violentar mi mente, vaya. Ya tengo suficiente con ver las noticias.

PERO, en diciembre, durante la fiesta de fin de año, uno de mis compañeros de la agencia, (con el que debería platicar mucho más seguido) me contó de este libro y, la verdad, logró interesarme en la trama. Así que fui a mi segundo Gandhi de confianza más cercano y desembolsé 328 pesos más 70 de la película, versión sueca, obvio. (la verdad me pareció muy caro, pero lo valió).

Hay un par de inconsistencias libro-película, pero de eso hablaré más adelante.

El resumen rapidín para que entiendan de que hablo (en caso de que no les sea conocida) es este: Oskar, un niño de 12 años, está encabronado con la vida porque sus compañeros lo agreden brutalmente. Una tarde cualquiera conoce a Eli, una niña de su edad que es igual de rara que él. Eli vive con un individuo que presuntamente es su padre.

A la par, nos cuenta la historia de Häkan, pedófilo avergonzado de su condición y sujeto a las órdenes de su amada y la del grupo de borrachines locales: Jocke, Lacke, Virginia y Gösta.

¿Hasta aquí todo bien? Sigamos:

La trama es una cosa brutal.

Nunca había leído ninguna historia que tuviera un compendio tan agresivo y explícito de temas tabú como bullying, drogas, violencia, pedofilia y asesinatos. Posiblemente no me hubiera escandalizado tanto si la pedofilia no estuviera tan claramente descrita (aún me acuerdo y me dan nauseas). Pero al final, es una de las patas que sostienen la historia.

Es curioso, pero ante tal despliegue de horror el autor, John Ajvide Lindqvist, trata (y logra) que el lector perdone a Häkan; no lo justifica, pero de alguna forma logra la compasión antes que el odio del lector. Por el contrario, sí logra el desagrado de los acosadores de Oskar, aún cuando son explicados y justificados (es curioso como, sin importar la nacionalidad, los patrones de conducta son universales).

Lo demás, es decir, la sangre, la onda del vampiro y todo eso, salen un poquillo sobrando. Hace poco me preguntaban que si tenía mucha sangre. Contesté (y sostengo), que no es fuerte por eso, sino por las acciones que suceden alrededor.

Sí, es una historia de amor. 

Claramente, el amor es el eje de toda la actividad del mundo y también lo es aquí. Lo que hacen los personajes, de una u otra forma es motivado por algún tipo de amor, ya sea a otra persona, a la familia o, paradójicamente, a la vida. También, el amor se utiliza como arma de supervivencia, motor de lucha y  moneda de cambio.

Como diría Chente Fernández, por tu maldito amor.

El universo vampírico es cosa seria 

La figura del vampiro siempre me ha parecido que tiene un perfil psicológico muy difícil: primero porque moralmente son malos (matan personas) pero pragmáticamente, sólo tratan de sobrevivir (matan para comer, algo que, básicamente, hacemos todos los que somos omnívoros), que algunos ya después lo disfruten, como los vampiros malositos andróginos de Twilight y Lestat, pues ya es otra cosa.

Hay dos cosas que me pregunto siempre sobre este tema: si están desensibilizados ante la muerte, esto significa que no tienen sentimientos, ¿entonces cómo explican su capacidad de amar a otra persona?

y dos: ¿¡cómo jodidos tienen tanto dinero?! ¿Por qué todos los pinches vampiros son ricos?

Ya para terminar la primera parte (porque en la segunda diré mis conclusiones sobre la película), creo que este libro es muy bueno, brutal, pero brillante. En forma, el autor realmente logra impactar desde el principio ya que apela muy duro al morbo del lector. Después se suaviza, pero de principio conecta un amor-odio con el que ya no se puede soltar el libro hasta el final.

Normalmente prefiero leer primero el libro y luego ver la película; en este caso creo que lo pertinente sería hacerlo al revés. La película es una cosa que debe verse como unidad aparte. Decanta casi todo lo horrible del libro, y lo convierte en una historia macabra de amor.

Pero de eso hablaremos otro día (muy pronto).